Nueva York, poder magnético

La cinta de vivos colores, de energía viva, con pincelazos salteados tan negros como la pez, empezará a moverse en el puente de Verrazano y a escribir, como todos los años desde 1970, uno de los capítulos más fascinantes del deporte. Este domingo la mirada del mundo ...

La cinta de vivos colores, de energía viva, con pincelazos salteados tan negros como la pez, empezará a moverse en el puente de Verrazano y a escribir, como todos los años desde 1970, uno de los capítulos más fascinantes del deporte. Este domingo la mirada del mundo estará puesta en el cosmopolita maratón de Nueva York. Acaso la ciudad de mayor atracción en el planeta como en su tiempo lo fueron Ur, Samarcanda, Roma, París.

Nueva York y el maratón son expresiones incomparables. Nueva York no posee la ruta más rápida ni las condiciones climatológicas ideales, tampoco los premios económicos más elevados y atractivos, no obstante ejerce una poderosa fuerza magnética en los atletas. Se trata de una de las competencias mejor organizadas y la atmósfera que se respira, el espíritu cosmopolita, la confluencia de tantas razas, de tantos lenguajes, tantas culturas, sus gigantes de hierro, concreto y cristal, representan con el poder económico la modernidad cimera; la han convertido en la meca del esfuerzo resistencial.

Lo creó en 1970 el rumano-estadunidense Fred Lebow (3/6/1932 - 9/10/1994) apenas con un puñado de atletas. Intervinieron 127 hombres, finalizaron 55; él ocupó el sitio 45. El maratón creció en diversos aspectos. El propio Lebow le dio un giro a la ruta. En 1976 la rediseñó con la idea de que abarcara los cinco principales boroughs o condados. La salida, en el puente de Verrazano y la meta en Central Park; los 42,195 m tocan los cinco barrios más importantes: Staten Island, Brooklyn, Queens, El Bronx y Manhattan. El puente colgante lleva el nombre del navegante florentino Giovanni da Verrazano, primer europeo —si descartamos a Erick El Rojo— que recorrió la parte este de América; en 1524 descubrió la isla mientras buscaba un paso hacia India. Lebow se esmeró en brindar las mejores condiciones de atención y organización a los atletas.

Hoy NY, distinguido hace unos días con el Premio Príncipe de Asturias, forma parte de un grupo de maratones en el que figuran Boston, Chicago, Berlín, Londres y Tokio, que buscan acentuar la repercusión internacional en marcas, número, organización y premios en lo económico. Sólo que NY se ha convertido en la joya más fulgente de la corona de los maratones.

NY es un maratón de abigarradas historias. Antes de que la célebre noruega Grete Waitz, ganadora en nueve ocasiones, rompiera el récord mundial en tres ocasiones (1978-79-80) y la llevara a 2:25.28.7, la atleta estadunidense Kathrine Switzer le dio un toque de reafirmación a la presencia de la mujer de lucha al vencer en 1974. Kathrine, escritora, atleta, comentarista de televisión, fue aquella mujer que corrió como intrusa, con el nombre de K. V. Switzer,  como si fuese hombre, en el maratón de Boston en 1967. Era una época en que flotaba la idea de que las mujeres no podían correr tan ingentes distancias.

El organizador la descubrió, la empujó, “Fuera de mi competencia” e intentó que siguiera corriendo. Recibió la ayuda de su novio y otros atletas. Terminó. Fue una precursora deportiva. Abrió un camino de competencia para la mujer. El maratón femenino ingresó al programa olímpico en 1984 en Los Ángeles. Y ella puso su granito de arena, sudor y valor.

El domingo no perdamos de vista a Wilson Kipsang, explusmarquista mundial, Geoffrey Mutai, dos veces vencedor en NY, el ugandés Stephen Kiprotich, que con 2:07 demuestra que no es necesario correr tan rápido para ganar el oro olímpico y mundial.

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