Oba oba
País privilegiado lleno de razones. Tierra maravillosa, bendita por dios y bonita por naturaleza. Con la mayor reserva de agua dulce del planeta y donde hay más fauna y flora en el mundo. Con ese río demencial de tan abundante. Y de mujeres insólitas que caminan como el ...
País privilegiado lleno de razones. Tierra maravillosa, bendita por dios y bonita por naturaleza. Con la mayor reserva de agua dulce del planeta y donde hay más fauna y flora en el mundo. Con ese río demencial de tan abundante. Y de mujeres insólitas que caminan como el mar, con su cuerpo dorado ondulante, que hacen cimbrar.
Gracias a la conquista de los portugueses, quienes fueron en su tiempo grandes aventureros, fenomenales navegantes y absurdos soñadores: Brasil se convirtió en un mito tras otro. Lecho mágico de macumba y samba donde los fundadores, os bandeirantes, escribieron sagas acerca de la Amazonia y sus leyendas. Los filmes Fitzcarraldo o La Misión regalaron una probadita de tal fábula.
En el tema de las carreras de autos, los brasileros han creado grandes estrellas. Si bien es cierto que los carnavales y el imán del futbol parecerían las dos únicas causas de regocijo para ese pueblo lleno de cracks y de danzantes, así como de cantores soberbios.
Es poco conocido que ya desde antes de 1950 tenían su reputación en la velocidad gracias al Gran Premio de Río de Janeiro, que se corría en la pista de La Gávea. Allá triunfaban Nino Crespi e Irineu Correia en la década de los 30, dos pilotos autóctonos accidentados y muertos, quienes acrecentaron el deseo por las carreras. Un buen día llegó un garoto con sus patillas bastante indiscretas que sumaba adeptos y triunfos, por los aciertos y trofeos que venía consiguiendo en la F1. Como si hubiera mandado hacer Interlagos para sí, Emmo se impuso en las dos primeras ediciones de los GP brasileños reconocidos oficialmente.
A las dos fenomenales victorias de Fitti, hubo otro golpe de efecto magnífico: el triunfo de José Carlos Pace, en 1975, en casa. El tal malhadado Josecá fue un piloto de suma rapidez quien pronto se ganó el fervor de la torcida; pero como el Brasil también está lleno de tragedias: se mató —infelizmente— en una avioneta. Contaba apenas los 32 años. Un desastre a tan sólo dos años de haberse impuesto en Interlagos; que hoy, venturoso, lleva su nombre. El mito había nacido y sobre ese cimiento se fincó una enorme afición.
Vinieron los grandes triunfos de Nelson Piquet, el almirante, y por encima de todos: la epopeya con el alumbramiento del más grande piloto de Brasil, y tal vez de toda la historia de este deporte, el genial volante, Ayrton Senna, mágico en toda la extensión. Con tres campeones mundiales en su currículo (Fittipaldi, Piquet y Senna) y los logros de otras buenas camadas de timones que han sabido seguir las huellas de los mentores. Sin restar importancia al hecho de contar con el piloto más longevo en la competición desde siempre, Rubens Barrichello, quien apenas en 2011 se jubiló, dejando tras de sí 323 largadas.
