Ángel ‘Matute’ Morales no olvida su época con Cruz Azul

El futbolista argentino guarda recuerdos, errores y aciertos, de su paso por el Cruz Azul, y del clásico joven contra el América

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CIUDAD DE MÉXICO, 29 de agosto.- A la fecha, Ángel Morales (Avellaneda, 1975) no sabe quién le puso Matute. A veces cree que fue algún amigo o conocido de casa. Sin estar del todo seguro, menciona también al policía de Don gato y su pandilla. Pero aún así desconfía. Lo cierto es que si alguien lo llama por su nombre, es difícil que se dé vuelta. Es más, una vez en México le dieron un cheque de patrocinio con el apelativo de Matute Morales. Luego tuvo que regresarlo, porque no lo pudo cobrar.

Aunque hay jugadores que la pasan mal, Morales no sintió el bajón del retiro. Si bien pensó en construir escuelas de futbol y ser entrenador, terminó como representante junto a algunos amigos.

A lo largo de su carrera, Morales sobrellevó multas y enojos por cuestiones de indisciplina.

Viendo a mi hijo de 18 años cómo hace su vida, cómo entrena y descansa, creo que mi carrera pudo ser otra”, reflexiona. “No sé si fue capricho. En esa época, mi capacidad técnica ayudaba a sortear los errores que cometía. En poco tiempo hacía las cosas bien para llegar a un cierto nivel y luego descuidaba todo. No tenía un equilibrio. Por eso mi carrera fue de picos muy altos y bajos”.

Con el Cruz Azul, Morales llegó a la final de la Copa Libertadores (2001) contra Boca Juniors. Jugó el partido de ida en el Estadio Azteca, pero después enfermó. Había salido de noche en la fría Buenos Aires y se perdió el regreso. A pesar de salir a calentar, Matute no pasó la prueba.

Me inyectaron, pero no podía mover las piernas. En 18 años que jugué al futbol no vas a encontrar una foto mía besando el escudo de una camiseta como lo hice con la del Cruz Azul. No pude jugar la final. Pensaba que iba a dar una ventaja al rival, porque no estaba para hacerlo. Intenté y no pude. Lloré mucho después de eso, sobre todo lo que pude haber ayudado. Pero son maneras de vivir.

Los recuerdos siguen siendo los mejores. Ganarle al Boca en su casa parece que no significara nada, pero nadie lo había hecho. Hubo torneos en los que fuimos líderes y otros en los que la pasamos mal, pero llegó el momento en el que mi nivel alcanzó su máximo. Y eso con nada se paga”, agrega.

A propósito del partido de hoy ante el América, el argentino recuerda lo que le tocó vivir. No comparte las afirmaciones de que sea un partido igual que el resto, aunque el resultado numérico así lo indique.

Era el partido más esperado por la historia del clásico y de los equipos. Uno mentalmente se preparaba de otra forma. El mismo periodismo te lo hacía entender durante toda la semana. Un clásico es así, diferente y emocionante. Nosotros le ganamos una semifinal en el Azteca (Invierno 99) con dos jugadores menos y seguro también pesa. Para mí no es un partido más. Es cierto que son tres puntos, pero en lo anímico te da cosas diferentes”, concluye.

Morales jugó casi siempre como enganche. Hacía túneles y gambetas, pero la comida y los retardos lo persiguieron hasta el final. Aún así, fue feliz jugando futbol.