El pozole como símbolo cultural y objeto de interés en estudios científicos
Este platillo ancestral mexicano es símbolo cultural, objeto de estudio científico y ejemplo de soberanía alimentaria en el siglo XXI
Pocas preparaciones tradicionales han despertado tanto interés en la ciencia como el pozole. Más allá de ser el protagonista indiscutible de las fiestas patrias mexicanas, este platillo ancestral se ha convertido en un punto de encuentro entre la cultura popular, la historia culinaria y el análisis académico contemporáneo.
Desde las cocinas comunitarias hasta las universidades, el pozole ha pasado de ser una receta familiar a convertirse en objeto de estudio para antropólogos, nutricionistas y microbiólogos. Su relevancia no radica únicamente en su sabor o presencia simbólica en el calendario nacional, sino en su capacidad para encapsular procesos sociales, conocimientos técnicos milenarios y dinámicas identitarias que aún persisten.
Un legado que atraviesa siglos
El origen del pozole se remonta a prácticas rituales del México prehispánico. Preparado originalmente para ceremonias religiosas dedicadas a deidades como Xipe Tótec, este caldo espeso era mucho más que comida: era un símbolo de renovación cíclica y comunidad. Con la llegada de los españoles, los ingredientes se transformaron, pero el acto colectivo de compartirlo sobrevivió a la colonización.
Hoy en día, esa carga simbólica sigue intacta. Reunir a la familia alrededor de una olla de pozole en septiembre es una expresión de identidad nacional, un ritual contemporáneo que combina elementos prehispánicos y coloniales en cada cucharada.
Diversidad regional, riqueza cultural
Existen múltiples variantes de pozole en todo el país. En Guerrero, el verde incorpora ingredientes como pepita molida y epazote; en Jalisco y Sinaloa, el rojo se tiñe con chile guajillo; y el blanco, de sabor más neutro, es común en estados del centro del país. Esta variedad no solo responde a gustos regionales, sino también a los ecosistemas agrícolas y a la historia gastronómica local.
Cuando el IMSS aprobó al pozole como comida saludable
Investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) han documentado cómo estas versiones del pozole no son meras adaptaciones culinarias, sino reflejos del paisaje cultural y de la apropiación simbólica del alimento en distintas comunidades.
Un platillo bajo el microscopio
El interés científico por el pozole ha crecido en los últimos años, no únicamente por sus propiedades alimentarias, sino también por los procesos implicados en su elaboración. Estudios microbiológicos han analizado la nixtamalización como técnica ancestral que no solo transforma el maíz, sino que mejora su inocuidad al reducir la presencia de micotoxinas.
Por otro lado, investigaciones en sociología de la alimentación han abordado el pozole como vehículo de memoria colectiva, explorando cómo su preparación y consumo refuerzan vínculos sociales, especialmente en contextos migratorios o urbanos donde se revalorizan las raíces culturales.
El pozole en el discurso académico
Durante la última década, universidades como la UNAM y la Universidad Autónoma Metropolitana han incluido estudios sobre el pozole en programas de etnografía alimentaria, salud pública y patrimonio intangible. Se analiza desde su capacidad de adaptación en dietas modernas hasta su papel en procesos de resistencia cultural frente a la globalización alimentaria.
Incluso organismos internacionales como la FAO han mencionado al pozole dentro de estudios sobre soberanía alimentaria en México, destacando el uso del maíz criollo y la transmisión oral de saberes culinarios.
El pozole no es solo un platillo: es una narrativa comestible que se reinventa cada año en millones de hogares. Como objeto de estudio, permite observar cómo la cultura, la ciencia y la historia dialogan en un mismo tazón, haciendo de cada celebración una oportunidad para mirar hacia el pasado con ojos del presente.
La nixtamalización, proceso esencial en la elaboración del pozole, no solo tiene implicaciones nutricionales y sanitarias, sino también económicas. Según datos de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER), el valor comercial del maíz cacahuazintle en 2024 alcanzó un precio promedio de 6 mil 800 por tonelada, representando un cultivo estratégico para pequeños productores de la región centro del país. Este tipo de maíz no se industrializa en masa, lo que permite mantener prácticas agrícolas tradicionales y conservar variedades nativas.
En términos de seguridad alimentaria, el Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo (CIAD) ha señalado que el pozole preparado con ingredientes frescos y procesados adecuadamente (especialmente la carne y el maíz nixtamalizado) presenta un bajo riesgo microbiológico, siempre que se sigan las medidas básicas de higiene durante la cocción y manipulación. Esto lo convierte en una opción segura incluso para poblaciones vulnerables, como adultos mayores o personas inmunocomprometidas.
La diversidad regional del pozole también se manifiesta en su dimensión simbólica. Por ejemplo, en algunas comunidades de Guerrero, se considera un platillo de reconciliación social y se ofrece en celebraciones comunitarias que marcan el fin de conflictos o disputas locales. Esta práctica ha sido documentada por etnógrafos del INAH como una forma de "diplomacia culinaria" que refuerza la cohesión social.
En el ámbito educativo, desde 2023, la Universidad del Claustro de Sor Juana, en conjunto con la Secretaría de Cultura, ha desarrollado un módulo de estudio titulado “Gastronomía ritual y patrimonio culinario”, donde el pozole es analizado como un artefacto cultural, no solo en términos culinarios, sino como herramienta pedagógica para entender procesos históricos de sincretismo, colonización y resistencia cultural.
Datos actualizados del Sistema de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP) indican que, en los meses previos a las fiestas patrias, la demanda de maíz cacahuazintle se incrementa hasta en un 40% respecto al promedio anual, lo que activa temporalmente mercados locales, principalmente en la Central de Abasto de la CDMX, donde se comercializan alrededor de 3 mil 500 toneladas durante agosto y septiembre.
Un estudio reciente del Instituto Nacional de Salud Pública (2024) observó que el consumo de pozole en entornos urbanos ha aumentado su frecuencia fuera de las fiestas patrias, especialmente entre adultos jóvenes que buscan opciones tradicionales bajas en calorías. En encuestas realizadas en CDMX y Guadalajara, el pozole blanco con pollo y vegetales se posicionó entre los cinco platillos típicos más solicitados en menús de fondas y cocinas económicas.
La inclusión del pozole en el discurso sobre soberanía alimentaria, como menciona la FAO, también ha sido recogida por organizaciones como México Alimentaria 2030, que lo presentan como ejemplo de cómo la tradición culinaria puede contribuir a sistemas alimentarios sostenibles, privilegiando ingredientes locales, prácticas agrícolas resilientes y cadenas de distribución comunitarias.
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