Todavía se puede hablar

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Hay asambleas que se olvidan al día siguiente y otras que se leen como el acta de un cambio de época. La 81 Asamblea General de Naciones Unidas, que arrancó el martes en Nueva York y cierra el lunes 28, tiene todo para pertenecer al segundo grupo.

António Guterres abrió con su último informe como secretario general. Su balance no admite maquillaje: más guerras, más fracturas geopolíticas, una desigualdad de muchas caras y un clima que dejó de ser amenaza futura. Advirtió del riesgo de una “gran fractura”, un mundo partido en dos bloques, y pidió reformar un Consejo de Seguridad que se quedó en otra época. Se va en diciembre, y Santiago Peña ya reclamó que el próximo liderazgo de la ONU le toque a América Latina y el Caribe.

Después vino Donald Trump. Más de 50 minutos para decir que mientras otros hablan él actúa. Amenazó con aniquilar a la República Islámica si Irán no acepta un acuerdo, y la delegación iraní abandonó el salón casi completa. A México le dedicó unas 300 palabras, según el conteo de Raymundo Riva Palacio: somos “el epicentro de la violencia de los cárteles”, un territorio que debe recuperarse de manos de “los enemigos de la humanidad”. Y enseguida presumió muy buena relación con la Presidenta.

El contrapeso llegó de varios lados. Lula habló de un Consejo de Seguridad bloqueado y defendió combatir al crimen organizado sin intervenciones militares extranjeras. Macron, en su última comparecencia como presidente francés, defendió la justicia internacional que Trump había despreciado. Pedro Sánchez fue más lejos y propuso eliminar el veto de los cinco miembros permanentes. Masoud Pezeshkian dijo que Irán no teme a la guerra, aunque tampoco rehúye negociar. Zelenski llegó tras pactar con Trump buscar el fin de la guerra con Rusia antes del invierno. Y Delcy Rodríguez, primera voz venezolana en ese podio desde 2018, prometió elecciones horas después de reunirse con el presidente que capturó a su antecesor. Ninguna novela se atrevería a tanto.

Tres nombres pesaron esta semana sin pisar el pleno. Xi Jinping no fue a Nueva York; el miércoles aterrizó en Washington, donde Trump lo esperó al pie de la escalerilla para una visita de Estado. La cumbre que puede mover el tablero de verdad se juega en la Casa Blanca y no en la ONU. El mismo día, el Consejo de Seguridad escuchó a Sam Altman y a Dario Amodei. Rivales en el mercado, coincidieron en pedir normas internacionales para la inteligencia artificial. Pocas veces se ha visto a los fabricantes de una tecnología pedir más freno que el gobierno del país donde la fabrican.

Al salón de la Asamblea llegó México sin su Presidenta. Claudia Sheinbaum decidió no ir, igual que el año pasado, y el canciller Roberto Velasco escuchó ahí mismo lo que Trump dijo de nosotros. Su turno llega este viernes por la tarde.

Ojalá su mensaje vaya más allá del guion diplomático. Ojalá Velasco use el atril para ofrecer lo que a esa Asamblea le falta, que es alguien capaz de hablar con todos. México tiene con qué. Somos vecinos y socios de Estados Unidos, mantenemos relaciones con Irán y con Ucrania al mismo tiempo, y cargamos la tradición de Contadora. Tender puentes tampoco es ser tibio. Se puede reconocer que el crimen organizado es un problema compartido y, en la misma frase, rechazar que la respuesta sea una bota extranjera. Contestarle a Trump con otro grito sería lo fácil. Lo útil es demostrarle a la sala que con México todavía se puede hablar.

Queda lo más importante, que es la ONU misma. Trump la recorta, Lula la ve bloqueada, Guterres se despide advirtiendo que sus instituciones pertenecen a otro siglo. Todo eso es cierto y, aun así, no tenemos otra casa. Es el único lugar donde Pezeshkian y Trump respiran el mismo aire. Debilitarla porque no funciona como quisiéramos equivale a dinamitar el único puente que queda porque cruje. Hay que repararla, y desde dentro. México, que nunca ha tenido más discurso que el del derecho y la institucionalidad, debería ser el primero en decirlo el viernes.