El suelo que no aguanta

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Cuando ayer por la mañana empezó a temblar en Colombia era lunes 10 de agosto y en San José del Palmar, un pueblo del Chocó, un sismo de magnitud 7.4 se liberó a casi cien kilómetros de profundidad y viajó bajo tierra hasta sentirse en Bogotá, Cali, Manizales, Medellín, Ecuador, Panamá y Venezuela. La torre de la catedral de Manizales se vino abajo. Siete aeropuertos suspendieron operaciones. El presidente Abelardo de la Espriella declaró desastre nacional. Las primeras cifras hablaban de, al menos, 111 muertos, aunque el dato va a seguir subiendo porque los sismos siempre suben. Fue el temblor más fuerte que Colombia ha sentido en la última década, y llega en un año en que la región lleva cargando cadáveres por decenas de miles.

El 24 de junio, Venezuela fue partida por un doblete: dos sismos de magnitud 7.2 y 7.5, separados por apenas 40 segundos, con epicentros entre Yaracuy y La Guaira. Al 3 de agosto, la Asamblea Nacional reconocía 6,125 muertos confirmados y más de 61 mil hospitalizados. El Banco Mundial calculó los daños físicos en 20 mil millones de dólares y la ONU los ha estimado en 37 mil millones. Es el sismo más fuerte que ha golpeado Venezuela en más de 125 años. El 18 de julio, un sismo de 5.1 en Chupaca, Junín, dejó siete muertos en Perú y grietas en dos hospitales. El 28 de julio, un 7.1 sacudió Kumamoto, en Japón, con 38 muertos y el colapso de un centro comercial, incluso en un país donde los edificios están diseñados para bailar sin caerse.

La ciencia tiene explicaciones y no son místicas. En el norte de Venezuela, la placa del Caribe se desplaza hacia el este contra la placa Sudamericana, a razón de veinte milímetros por año. Ese roce se administra por tres grandes fallas de deslizamiento lateral: Boconó, San Sebastián y El Pilar. El geofísico José Antonio Ávila García, de la UNAM, describe al país como un “rompecabezas tectónico” y explicó que el primer sismo, generado por Boconó, transfirió el estrés a San Sebastián y encendió el segundo en cuarenta segundos. Estaba cargándose desde hacía más de un siglo. En Colombia, la protagonista es otra: la placa oceánica de Nazca se hunde bajo la Sudamericana a unos siete centímetros por año, y el USGS confirmó que el sismo de hoy fue del tipo intraslab, ocurrido dentro de la placa de Nazca mientras baja, a más de cien kilómetros de profundidad. Colombia, además, vive sobre el llamado Nido Sísmico de Bucaramanga, cerca de Los Santos, donde se concentra 60% de la sismicidad del país; sólo hay dos anomalías comparables en el mundo, en Rumania y en el Hindú Kush afgano. En Perú, la misma placa opera bajo la costa. El Instituto Geofísico ya advirtió del riesgo de un sismo de magnitud 8.8 en Lima; el último grande en la capital fue hace 270 años.

Las placas se mueven a milímetros por año. Los muertos no se cuentan por milímetros. Los cuentan las viviendas mal levantadas, los hospitales con grietas, los gobiernos que llegan tarde. El ingeniero civil Juan Carlos Vielma recordó que, tras el deslave de Vargas en 1999, la administración de Hugo Chávez levantó vivienda a la carrera y multiplicó los edificios de planta baja flexible, con menos columnas abajo para permitir garajes, un diseño que colapsa en cadena bajo un sismo fuerte. Los mapas de microzonificación existían desde el proyecto conjunto japonés-venezolano posterior a Vargas. Nadie hizo nada con ellos. Cuando el subsuelo se mueve, lo primero que se ve es la calidad del subsuelo institucional.

Nada de esto ocurre en el vacío. Venezuela, ya vaciada por casi 10 millones de migrantes en la última década, enfrenta ahora un desplazamiento nuevo. El sociólogo Tomás Páez describe 27 años de destrucción de activos que hoy valen una fracción de lo que valían y advierte que la falta de atención médica va a acelerar la salida; Colombia sigue siendo el principal país receptor y Brasil y Guyana se consolidan como rutas alternas. Colombia, receptor de esa diáspora, es también el país que hoy tiembla y que va a necesitar reconstruir su propio Eje Cafetero por segunda vez desde 1999. México sigue siendo país de tránsito, destino, retorno y otra vez origen, porque el reciente sismo de magnitud 7.4 cerca de las costas de Chiapas fue uno de los más fuertes desde el 19 de septiembre de 2017 y volvió a activar la memoria colectiva del derrumbe. La geología no respeta pasaportes; las crisis migratorias, tampoco.

El nudo gordiano es ése: sabemos por qué tiembla, sabemos cuál falla se va a mover, tenemos mapas de riesgo desde hace 20 años y, aun así, nos alcanza la lista de muertos. Colombia lo descubrió ayer por la mañana en tiempo real. Venezuela lo lleva enterrando desde el 24 de junio. Perú lo espera con el reloj corriendo bajo Lima. Y todo esto sucede mientras el suelo, que es lo único que suponemos firme, hace lo que siempre ha hecho: moverse.