Dice el refrán que cuando el río suena, agua lleva, una máxima de sospecha y verdades a medias. Pero en la frontera más transitada del planeta este aforismo ha tomado la forma de un desastre ambiental de gran impacto que ha perdurado por décadas.
Hoy, si el río Tijuana resuena en el mundo es porque en su torrente no lleva agua viva, sino aguas residuales, basura y veneno industrial que serpentea desde Tijuana hasta San Diego, donde llega al estuario y, finalmente, desemboca en el océano Pacífico con afectaciones en la salud de las personas y la biodiversidad.
El estuario del río Tijuana es un ecosistema único, uno de los pocos deltas protegidos de alto valor ecológico en la costa oeste de Estados Unidos que, junto a las playas de Imperial Beach, hoy reciben un coctel de materia orgánica y metales pesados.
Hasta el aire que se respira en los alrededores está contaminado por las emanaciones de sulfuro de hidrógeno. Esa zona, dicen los habitantes, huele a huevo podrido. Eso no es lo peor, los daños a la salud van desde dolores de cabeza, náuseas, delirio, afectaciones al sistema respiratorio, irritación en piel y ojos, sólo por mencionar algunas consecuencias.
El lado mexicano, desafortunadamente, es responsable debido a la falta de infraestructura para el tratamiento de aguas residuales, como resultado del crecimiento demográfico caótico de Tijuana y la instalación de plantas manufactureras, muchas estadunidenses, a lo cual se suma la falta de inversión prioritaria en infraestructura hidrosanitaria y a fallas recurrentes en las estaciones de bombeo, lo cual ha convertido al cauce en una cloaca a cielo abierto.
La historia de este río debe verse como la de una omisión binacional crónica. A pesar de que el Tratado de Aguas de 1944 ha intentado regular los caudales, las actas 328 y 333 —que ponen soluciones de forma específica a la crisis de contaminación y saneamiento—, corren el riesgo de ser, nuevamente, promesas incumplidas. Como señaló Hernando Durán, director de Tijuana Verde, el pilar ambiental de Tijuana Innovadora, el problema es que como los gobiernos federal y local cambian cada determinados años —en ambos lados—, los proyectos no se concretan y la contaminación permanece. Por ello, la propuesta que emerge desde la sociedad civil es impulsar un cambio de paradigma en la gestión de esta cuenca compartida.
De acuerdo con Durán, enfrentar una crisis ambiental de esta magnitud “requiere mucho más que diagnósticos, necesita proyectos capaces de generar información confiable, involucrar a las comunidades y construir soluciones sostenibles desde lo local”. Bajo esta premisa, Tijuana Innovadora propone una Agenda ciudadana sin fronteras binacional “para monitorear y revisar todo lo relacionado con el río Tijuana para que se cumpla y se llegue a una solución definitiva y a largo plazo” por parte de los gobiernos. El director de la organización de la sociedad civil indicó que uno de los problemas más importantes es que la información que hay sobre el río Tijuana está fragmentada y no siempre coincide, porque son 24 agencias gubernamentales involucradas, 12 de México y 12 de Estados Unidos, como la Conagua, la Comisión Estatal del Agua, los ayuntamientos de Tijuana y Tecate, la Cofepris, la Semarnat, la CILA, Border Patrol, los CDC, las ciudades de San Isidro y San Diego, entre otros organismos, lo cual hace difícil tener acceso a la data.
De ahí que una de las primeras acciones es concentrar y democratizar la información pública disponible en una sola plataforma, esta es Tijuana River Index, para que a través de ella la ciudadanía pueda saber lo que pasa.
Y no está de más, puesto que los gobiernos no se caracterizan por ser muy transparentes que digamos y más cuando se trata de desastres ambientales. Así, esta plataforma de origen ciudadano pretende que cualquier persona sepa si una obra está atrasada o si los niveles de toxicidad en el aire requieren el uso de filtros, como los que ya ha empezado a entregar el gobierno de Imperial Beach del condado de San Diego, uno de los lugares más afectados por la contaminación del río Tijuana. De hecho, las playas llevan más de mil días cerradas por el peligro de toxicidad. Al índice se suma otra iniciativa conocida como Centinelas por el río, apoyada por la embajada de Suiza en nuestro país, que capacitará a estudiantes universitarios de las carreras de bioquímica y de ingeniería civil para recoger muestras y supervisen las estrategias para reducir el flujo de las aguas residuales que llegan al estuario del río Tijuana, y la información recabada será validada por instituciones académicas, como el Tecnológico de Tijuana.
Las propuestas de Tijuana Innovadora, fundada por José Galicot, están basadas en un modelo de hidrodiplomacia ciudadana, por tratarse de una cuenca compartida entre México y Estados Unidos. Hay que ver este esfuerzo no como un mecanismo para obligar a los gobiernos a rendir cuentas, sino como un apoyo permanente para solucionar problemáticas ambientales que requieren de todos, aquí y del otro lado de la frontera.
La tragedia del río Tijuana demuestra que en la era de la triple crisis ambiental no existen soluciones aisladas, porque pretender que un problema de contaminación debe resolverse sólo de un lado y no de ambos es volver a hacer nada.
Una condición indispensable para asegurar la viabilidad de la vida en la frontera común es el cuidado de sus habitantes, el agua y la biodiversidad. No debe olvidarse que grupos ambientalistas estadunidenses exigen a su gobierno que, a través del T-MEC, se sancione a nuestro país, cuestión que ya se analiza en Washington.
