¿Pandemia? ¿Y el presupuesto?
La reciente declaración de emergencia en California por el contagio de la gripe aviar H5N1 a seres humanos es un recordatorio alarmante de lo vulnerables que somos ante las enfermedades zoonóticas. Este virus, que hasta hace poco se consideraba una amenaza confinada ...

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
La reciente declaración de emergencia en California por el contagio de la gripe aviar H5N1 a seres humanos es un recordatorio alarmante de lo vulnerables que somos ante las enfermedades zoonóticas. Este virus, que hasta hace poco se consideraba una amenaza confinada principalmente a aves, ha comenzado a cruzar la barrera entre especies, afectando a trabajadores agrícolas y causando un caso grave en EU. Aunque el número de contagios humanos es limitado, la posibilidad de que el virus mute y facilite la transmisión entre personas plantea un escenario preocupante: el riesgo de una nueva pandemia. Ante esta amenaza global, surge una pregunta clave: ¿están los países preparados para enfrentar nuevamente una emergencia sanitaria? En el caso de México, la respuesta no es precisamente alentadora.
En nuestro país, el sistema de salud enfrenta desafíos históricos que se han agravado en los últimos años. Aunque el presupuesto para la salud alcanzará un récord histórico, su distribución revela profundas desigualdades. La mayor parte de los recursos está destinada al IMSS-Bienestar y al fortalecimiento del sistema de salud para los derechohabientes. Sin embargo, esto deja en una posición vulnerable a los millones de mexicanos sin acceso a seguridad social. De acuerdo con datos del Inegi, más de 30% de la población no cuenta con cobertura médica formal, lo que significa que depende del sistema público general para recibir atención.
El recorte presupuestal destinado a áreas clave como la prevención y control de enfermedades infecciosas es preocupante. En México se ha subestimado la importancia de invertir en vigilancia epidemiológica y preparación ante pandemias. Esto quedó evidenciado durante la pandemia de covid-19 y, aunque se han tomado medidas para fortalecer el sector salud, los avances son insuficientes frente a los retos actuales.
El caso del H5N1 debería servir como una llamada de atención para todos los gobiernos del mundo. Las enfermedades zoonóticas representan una amenaza creciente debido a factores como la deforestación, el cambio climático y las prácticas intensivas en la industria agropecuaria. Estos factores también crean condiciones propicias para que estos patógenos evolucionen rápidamente.
En México, además, enfrentamos desafíos adicionales derivados del contexto socioeconómico. La pobreza y la desigualdad dificultan el acceso a servicios básicos como agua potable y saneamiento, lo que incrementa las posibilidades de propagación masiva en caso de un brote epidémico. A esto se suma la falta crónica de personal médico capacitado para manejar emergencias sanitarias complejas. De acuerdo con la OMS, México tiene un déficit significativo en el número de médicos y enfermeras por cada mil habitantes en comparación con otros países desarrollados.
Por otro lado, hemos visto cómo las prioridades gubernamentales se han enfocado más en proyectos emblemáticos como el Tren Maya o el AIFA, mientras que sectores esenciales como salud y educación han quedado relegados.
La lección más importante que nos dejó la pandemia por covid-19 es que ningún país está a salvo cuando se trata de enfermedades infecciosas emergentes. La globalización ha hecho que las fronteras sean irrelevantes para los virus; lo que comienza como un brote localizado puede convertirse rápidamente en una crisis global si no se toman medidas oportunas y coordinadas. En este sentido, México debe priorizar inversiones estratégicas en salud pública que incluyan no sólo infraestructura hospitalaria, sino también programas robustos de vigilancia epidemiológica y capacitación médica.
El caso del H5N1 aún está lejos de convertirse en una pandemia, pero ignorar su potencial sería un error costoso. Es momento de replantear nuestras prioridades como nación. Invertir en salud pública no es solo un acto ético; es también una estrategia inteligente para garantizar nuestra seguridad colectiva frente a amenazas globales cada vez más frecuentes e impredecibles. Porque, al final del día, ninguna obra monumental será suficiente si no tenemos un sistema sanitario capaz de protegernos cuando más lo necesitamos.