Maternar el Mundial

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

México dio con una fórmula digna de realismo mágico administrativo: suspender clases por el Mundial y por la ola de calor al mismo tiempo.La SEP adelantó el cierre del ciclo escolar 2025-2026 al 5 de junio, más de un mes antes de lo previsto. La medida toca a millones de estudiantes de educación básica; el regreso a clases queda fijado para el 31 de agosto, con dos semanas de “reforzamiento” en la segunda mitad de ese mes, eufemismo para decir que algo hay que recuperar y mejor llamarlo bonito. 

Lo evidente: mandar a niñas y niños a aulas convertidas en vaporeras no es pedagogía, es cocción lenta. Muchas escuelas mexicanas, con techos de lámina y ventiladores que apenas mueven el bochorno, no están listas para el clima que ya tenemos, mucho menos para el que viene. También es cierto que un Mundial no es cualquier evento: cierres viales, seguridad reforzada, ciudad convertida en cantina global con himno nacional. Pretender que todo seguirá funcionando como martes de junta de condóminos sería ingenuo. O peor: burocrático. Hasta aquí los argumentos a favor.

Una cosa es ajustar el calendario por razones climáticas, y otra es anunciarlo como si las familias mexicanas tuvieran en casa una Secretaría Auxiliar de Cuidado Infantil, abuelas de tiempo completo y un refrigerador emocional lleno de paciencia. Cada día sin clases no desaparece: se traslada. Y aterriza, casi siempre, sobre el mismo escritorio. El de las madres. Sobre todo en un país donde el cuidado sigue operando con el viejo manual nacional de “arrégleselas como pueda, señora”. El Estado suspende clases. No suspende juntas, entregas, turnos ni renta.

Para familias con recursos, la suspensión significa cursos de verano, niñera o el lujo del home office. Para otras es dejar solos a los hijos, pedir favores o llevarlos a un trabajo que probablemente no los recibe. La distancia entre un escenario y otro es, exactamente, la grieta de desigualdad que la política pública debería atender y no lo hace.

Además, la SEP podrá decir que se cumplirá el plan de estudios, pero ¿cómo comprimir más de un mes sin que algo se pierda? El aprendizaje no es una maleta. No basta sentarse encima para que cierre. Y menos después de los rezagos pandémicos, la desigualdad tecnológica y años de escuela pública sobreviviendo a ocurrencias con moño pedagógico.

El mensaje institucional es el más incómodo. Si el problema es el calor, la conversación debería ser por qué las aulas siguen siendo inhabitables. Sombra, agua, ventilación, horarios adaptados. Esta situación lleva décadas escrita en informes que nadie firma con presupuesto suficiente. Cerrar las aulas cuando arden es la solución de quien no quiere preguntarse por qué tantas escuelas siguen preparadas para un clima que ya no existe.

Y el Mundial. El país puede celebrar el futbol sin convertir a las familias en zona de sacrificio. Si la suspensión es seria, tendría que venir acompañada de centros comunitarios abiertos, actividades gratuitas y una red de cuidados visible. No basta decir “no hay clases”.

No estoy defendiendo que las niñas y los niños se rosticen en las aulas. Nadie sensato quiere eso. Lo que pido es que las decisiones públicas dejen de diseñarse como si detrás de cada menor hubiera una madre elástica, disponible y laboralmente inmortal. La suspensión puede ser sanitaria y logísticamente correcta, pero está incompleta. Y una política así es injusta. En México la escuela no sólo enseña: también organiza la vida familiar y permite, simplemente, trabajar. Cuando se cierra, se abre una grieta y por ésa se cuela todo.

Que se proteja a niñas y niños del calor. Que se ordene la ciudad para el Mundial. Que México reciba al mundo sin colapsar en el intento. Lo que no se vale es vender como vacaciones adelantadas lo que para millones será una operación de supervivencia doméstica con horario de refrigerador abierto.

El Mundial durará unas semanas. La ola de calor, quizá unos días más. La improvisación con la vida de las familias mexicanas, en cambio, ya lleva varias temporadas seguidas sin que nadie le marque la falta.