Donald Trump estrenó palabra ayer. De pie en el Gran Vestíbulo de la Casa Blanca, con Xi Jinping a su lado, anunció que hablarían de seguridad, de tecnología y de superinteligencia, y en el mismo aliento la bautizó: SI. Dos letras, como quien le pone apodo a la mascota nueva. La inteligencia artificial ya le queda chica; él negocia con la que viene detrás.
Xi habló menos y midió cada palabra. Dijo que la IA debe mantenerse siempre bajo control humano y que ambos países tienen la responsabilidad de desarrollarla y administrarla para bien. Es la fórmula que repite desde hace años: pide guardarraíles, pero ninguno que frene a China en su carrera.
La visita pesa por sí sola. Es la primera de Xi a Washington como jefe de Estado desde septiembre de 2015, cuando lo recibió Obama. La reunión duró poco más de una hora y dejó lo previsible: la tregua comercial, que vencía en noviembre, se estira hasta el 10 de enero, según Scott Bessent. Xi trajo dos pandas para Atlanta. La diplomacia del oso nunca falla.
Lo que de verdad se movió pasó antes y en voz baja. El Ministerio de Comercio chino confirmó que el viceprimer ministro He Lifeng y Bessent sostuvieron en Nueva York su primera conversación formal sobre inteligencia artificial. Ya hay un canal. Acuerdo, todavía no.
Taiwán parece haber pasado a segundo plano. En mayo, en Pekín, Trump pospuso un paquete de armas de 14 mil millones de dólares para la isla. Wang Yiwei, de la Universidad Renmin, lo resumió para Time sin anestesia: Taiwán ya no es prioridad, la prioridad es la IA.
Y luego vino la cena. Melania vistió de rojo el Salón Este y eligió un espumoso californiano, Schramsberg Blanc de Noir. Lo interesante estaba en las sillas: Jeff Bezos, Sundar Pichai, Elon Musk, Mark Zuckerberg, Tim Cook, Jensen Huang, Satya Nadella, Sam Altman y Greg Brockman, de OpenAI. Los funcionarios estadunidenses aclararon que los controles de exportación de chips no estaban en el menú, que incluía lubina en costra de ajonjolí. Nadie va a una cena de Estado a negociar. Se va a que te vean.
También importa quién no estaba. Dario Amodei, de Anthropic, no aparece en ninguna de las listas publicadas. Hace una semana pidió frenar el desarrollo de la IA en toda la industria. La Casa Blanca respondió que cualquier pausa le regalaría ventaja a China; Pekín, en rara coincidencia, llamó alarmista su advertencia. Altman y Musk se sumaron a su llamado a la prudencia, y ellos tuvieron silla. El que lo propuso primero, no.
Vale la pena mirar la foto de hace 11 años. En la cena de Obama para Xi, Mark Zuckerberg se sentó con la esperanza de que China levantara el bloqueo a Facebook; Cook cuidaba su mercado de iPhones y Nadella quería que Pekín aprobara Windows 10. Lo que cambió es el papel. En 2015 llegaron como vendedores a pedir acceso a un mercado. Esta vez llegaron como parte de la delegación. Los chips se volvieron asunto de seguridad nacional, y quienes los diseñan o entrenan modelos con ellos operan ya como una rama informal de la política exterior. A Xi no hay que explicárselo: en China esa frontera entre empresa y Estado nunca fue ambigua.
Hay una ironía que no logro sacudirme. El país que presume de libre mercado sentó a sus empresarios en una cena de Estado como activos estratégicos, y fue el líder de un partido comunista quien pidió mantener a la máquina bajo control humano.
Para México la lección es incómoda. Las reglas de la tecnología que va a ordenar la próxima década se discuten en una mesa con dos sillas. Nosotros, con el T-MEC en revisión y Querétaro llenándose de centros de datos, vamos a vivir con lo que se acuerde. O con lo que no se acuerde, que puede ser peor.
Trump convirtió la superinteligencia en un SI, que en español suena a consentimiento. Anoche, entre brindis y lubina, sobraban los que dicen que sí. El único que pidió algo parecido a un freno vino de Pekín, y eso debería quitarnos el sueño un rato.
