Desde el martes 3 de noviembre, el celular de un niño de primaria o secundaria en México será, durante la jornada escolar, un objeto que pesa en la mochila y nada más. Podrán llevarlo al plantel, pero tendrá que quedarse guardado y sólo saldrá ante una emergencia o alguna situación particular. La Presidenta lo resumió con la frase que cualquier madre ha repetido en la cocina: ni en clase ni en el recreo.
Hace unas semanas escribí aquí que en este tema se mezclaban dos discusiones, la del teléfono en el salón y la de la edad para abrir una cuenta en redes. El gobierno eligió la primera, la más manejable, y me parece sensato. Nadie le va a pedir a una niña de diez años que verifique su edad con una selfie. Se le pide que guarde el teléfono de 8 a 1.
Hay que reconocer algo poco frecuente en la política educativa mexicana: las 32 entidades la aprobaron sin una sola excepción, después de una encuesta en la que 81 por ciento de más de 565 mil docentes pidió regular los dispositivos. El maestro deja de negociar solo, papá por papá, una norma que ahora tiene respaldo nacional. Quien haya visto a un profesor discutir con una madre molesta por un decomiso sabe lo que eso vale.
¿Y los beneficios? Más de lo que parece y menos de lo que se promete. En Países Bajos, a un año de la restricción, se reportaron mejoras en la concentración, en el ambiente social y en el rendimiento de secundaria. La revisión de Argentinos por la Educación concluye que estas medidas casi siempre reducen el uso del celular y las distracciones, y que las mejoras académicas, cuando aparecen, son moderadas y se concentran en alumnos de bajo desempeño o de sectores vulnerables. Ese dato es el argumento más fuerte en un país como el nuestro: si la distracción le cuesta más al que ya va atrás, quitarla es una política de equidad, aunque no se anuncie así. Y el recreo, con 40 adolescentes callados mirando cada uno su pantalla, necesitaba que alguien pusiera un alto.
Ahora, el otro plato de la balanza. En Inglaterra, la Universidad de Birmingham siguió a 1,227 alumnos de 30 escuelas y no halló diferencias significativas en bienestar, ansiedad, sueño o calificaciones entre planteles con y sin prohibición. Su autora, Victoria Goodyear, lo dijo sin rodeos: prohibir, por sí solo, no alcanza. El niño que no toca el teléfono de 8 a 1 puede pasar seis horas con él de las 2 en adelante. La escuela resuelve su parte; la casa sigue igual.
Luego está la ejecución, que es donde estas cosas se caen. En Países Bajos, los docentes cargaron con más trabajo para hacer cumplir la regla y hubo un ligero aumento del acoso físico. Aquí la solución es la mochila, que parece práctica y sólo traslada el problema. Si un celular desaparece en el patio, ¿quién responde? Si un maestro lo decomisa, ¿cuánto tiempo lo retiene y con qué registro? Hasta la semana pasada la SEP no había aclarado el resguardo ni las excepciones. El texto del Diario Oficial tiene que hacerlo, porque la palabra “particular” abre una puerta que cada director interpretará a su modo.
Hay, además, un riesgo muy mexicano. En Culiacán o en ciertos municipios de Guanajuato y Michoacán, el mensaje de “¿ya saliste?” es una medida de seguridad, no un capricho. La regla contempla la emergencia, pero ahí la emergencia llega sin aviso y el protocolo tendrá que decir con claridad quién decide y cómo. Tampoco debería quedar sin canal el alumno que hoy usa el teléfono para grabar un abuso.
Y queda el hueco más grande. En media superior cada plantel fijará sus propios límites. La regla nacional se detiene justo antes de los 15 años, la edad en la que los datos de salud mental empiezan a preocupar en serio. Mario Delgado anunció en paralelo una estrategia para jóvenes de 14 a 18; habrá que ver si tiene dientes.
Mi balance: la medida es correcta, llega tarde y servirá mientras no se confunda con la política completa. Es un buen piso. No va a resolver la ansiedad adolescente ni el algoritmo que espera en casa, y menos a los adultos que revisamos el teléfono en la mesa, en el semáforo y en la fila de la salida. El 3 de noviembre, a las 2 de la tarde, miles de niños van a salir de la escuela y lo primero que harán será abrir la mochila. Lo que pase después depende de nosotros.
