Hay una nueva destreza que los gobiernos del mundo han tenido que desarrollar a marchas forzadas: aprender a planear sin certezas. No es la primera vez que el mundo enfrenta liderazgos disruptivos, pero sí es la primera vez, en mucho tiempo, que la principal potencia del planeta convierte la impredictibilidad en política de Estado.
Desde que Donald Trump volvió a la Casa Blanca en enero de 2025 la incertidumbre dejó de ser un factor accidental de la política internacional para convertirse en su clima permanente. No distingue ideologías. Durante 2025, Trump hirió de muerte la alianza atlántica, humilló a Ucrania, ninguneó el multilateralismo y el derecho internacional, e impulsó una diplomacia del arancel, la extorsión y el peloteo. El dato que resume el tono: más de 40 jefes de gobierno extranjeros viajaron a Washington en 2025, muchos compitiendo en privado por hacer muestras públicas de deferencia, algunos obsequiando lingotes de oro o aviones valuados en 400 mdd. La diplomacia, en pocas palabras, se volvió cortesana.
Lo que hace singular este momento no es la fuerza de EU, sino la estructura del caos. El Consejo de Seguridad Nacional perdió su papel de coordinación y arbitraje, mientras que la Oficina Ejecutiva concentra poder real sin una jerarquía clara ni mecanismos sólidos de rendición de cuentas. El resultado es una combinación de centralización formal, fragmentación operativa e informalidad decisoria que dificulta la coherencia estratégica. Nadie sabe quién decide qué, cuándo ni por qué. Y eso incluye, con frecuencia, a los propios funcionarios de la Casa Blanca. La OMC estima que el porcentaje del comercio mundial que respeta sus reglas se ha reducido a 74%, y proyecta que en 2026 el comercio mundial crecerá apenas 0.5%.
Las reacciones alrededor del mundo han seguido tres patrones. El primero es la deferencia estratégica: sonreír, viajar a Mar-a-Lago, fotografiarse y, entre bambalinas, proteger lo que se pueda. Humilla, pero produce resultados de corto plazo. El segundo es la autonomía acelerada. La UE avanza hacia la autonomía estratégica en materia energética y en una industria de defensa propia. Canadá tomó una decisión que habría parecido impensable hace dos años: abrazarse a China a través de un tratado de libre comercio, en lo que analistas describen como una perfecta declaración de intenciones: prefieren los coches eléctricos chinos a los de Elon Musk. El tercero, más silencioso, es la planificación de escenarios múltiples: gobiernos que han dejado de hacer política exterior con base en lo que Washington diga, y construyen arquitecturas de resiliencia para cualquier versión del mundo que pueda emerger.
Lo paradójico es que Trump está fortaleciendo exactamente lo que pretende debilitar. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 dice abiertamente que Washington quiere corregir la trayectoria política de Europa, fomentar la influencia de los partidos patrióticos europeos y cultivar la resistencia interna en sus estados miembros. Los gobiernos moderados europeos están usando esa amenaza para construir consensos internos. El mundo no está esperando a que Trump cambie. Aprendió que esperar es perder. Lo que está haciendo es construir el orden del día siguiente –no el que viene después de Trump, sino el que sea capaz de funcionar con él y sin él, con aranceles y en su ausencia–. Gobernar en el caos ajeno requiere una habilidad que ninguna escuela de política pública enseña: mantener la brújula propia cuando el mapa cambia cada mañana. Algunos países lo están logrando.
México es un caso aparte: no puede mirar el caos desde lejos porque el caos es su vecino de enfrente. Casi un tercio de su economía depende directamente del comercio con EU, sin contar los efectos indirectos sobre proveedores, cadenas productivas y servicios. La revisión del T-MEC, prevista para julio de 2026, llega con aranceles sobre vehículos, acero y aluminio, con Washington declarando que no tiene sentido extender el tratado si México no cumple, y con señales de que la ruta serán acuerdos bilaterales. A eso se suman: el episodio de los agentes de la CIA en Chihuahua, la campaña anticorrupción filtrada por LA Times, y una relación de seguridad que produce resultados concretos, pero que vive bajo la amenaza de que Washington cambie las reglas sin avisar. Sheinbaum ha combinado firmeza soberana con pragmatismo comercial. Pero México no tiene el lujo de planear en paz. El caos llega a su escritorio cada mañana, con acento gringo y sin cita previa.
