Estrenar la aplanadora…

El panorama en el Deportivo Magdalena Mixiuhca no podría ser más desafortunado. El lugar, que debería ser un centro de actividad deportiva y recreativa, ha sido convertido en una sede alterna improvisada, digna de la política más burda y caótica, para desahogar la ...

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

El panorama en el Deportivo Magdalena Mixiuhca no podría ser más desafortunado. El lugar, que debería ser un centro de actividad deportiva y recreativa, ha sido convertido en una sede alterna improvisada, digna de la política más burda y caótica, para desahogar la reforma al Poder Judicial que el presidente saliente, Andrés Manuel López Obrador, insiste en aprobar a toda costa. El bloqueo de trabajadores del Poder Judicial y estudiantes de derecho en las inmediaciones del Palacio Legislativo de San Lázaro no es una mera protesta, sino un grito desesperado contra un capricho de última hora que, de ser consumado, marcaría con un sello de incertidumbre y conflicto el arranque del nuevo gobierno de Claudia Sheinbaum.

El contexto no podría ser más paradójico: Claudia Sheinbaum, la presidenta electa con la mayor votación en la historia reciente de México, está a punto de iniciar un sexenio con las mejores condiciones imaginables. Una mayoría calificada en el Congreso, que prometía un respaldo sin precedentes para sus proyectos; un momento económico único en décadas, con la oportunidad del nearshoring tocando a las puertas de México y ofreciendo un horizonte de crecimiento inédito. Pero, en lugar de capitalizar este momento, el gobierno saliente parece empeñado en arrinconar a su sucesora con un conflicto innecesario, que sólo sembrará dudas y frenará las oportunidades que el país tiene al alcance.

El bloqueo en San Lázaro no es una simple resistencia; es una señal de alarma. Los trabajadores del Poder Judicial y los estudiantes de derecho están viendo cómo su futuro y el de la justicia mexicana se juega en una cancha improvisada, lejos del Palacio Legislativo, en un arranque que tiene más de desordenado y desesperado que de legítimo y democrático. No es una simple sesión; es el símbolo de cómo un capricho de último minuto puede empañar lo que debería ser un nuevo comienzo. Un arranque que podría marcar el inicio de una administración próspera y transformadora para México se está desvirtuando en un intento de imposición autoritaria que arriesga el equilibrio de Poderes y, peor aún, la certidumbre jurídica del país.

El problema no es únicamente de forma, sino de fondo. Esta reforma y, sobre todo, la manera en la que se está manejando, es un acto tan contraintuitivo como autolacerante para Morena y para el propio gobierno que está por comenzar. Atrapada entre el capricho de un Presidente que se niega a soltar el control y la realidad de un país que necesita estabilidad para crecer, Claudia Sheinbaum se enfrenta a un desafío monumental: cómo gobernar cuando el inicio de su mandato está siendo saboteado por decisiones que no son suyas, pero que, sin embargo, la arrastran a un lodazal de confrontación y desconfianza.

México no merece este espectáculo penoso y desorganizado. Claudia Sheinbaum y su gobierno no merecen arrancar con la sombra de un conflicto que ni siquiera debería estar en la agenda. La incertidumbre jurídica que esta reforma está inyectando en el país es tan innecesaria como dañina; es un lastre que podría impedir que la administración de Sheinbaum despegue con la fuerza y la legitimidad que se le ha otorgado en las urnas.

Si algo nos enseña este arranque en el Deportivo Magdalena Mixiuhca es que los caprichos de un Presidente saliente no deberían hipotecar el futuro de un país entero. Sheinbaum tiene en sus manos la oportunidad de liderar un sexenio histórico, con condiciones envidiables para consolidar a México como un actor económico clave en el mundo, pero para ello necesita distanciarse de las imposiciones del pasado y enfocar sus energías en construir un gobierno con visión y autonomía.

La aplanadora morenista que hoy intenta operar desde una sede alterna no sólo se enfrenta a los gritos de los manifestantes; se enfrenta al juicio de la historia. Y la historia no perdonará que, en el mejor momento para el país, se haya optado por el conflicto en lugar del consenso, por la incertidumbre en lugar de la claridad. El arranque de Claudia Sheinbaum merece ser marcado por el optimismo y el trabajo, no por el lastre de un capricho más de quien no ha sabido retirarse a tiempo.

Temas: