Esa estúpida espiral (nuclear)
Los ataques cruzados entre Israel e Irán esta semana no son un capítulo más de su enemistad histórica. Son la materialización de un cálculo geopolítico perverso: dos regímenes autoritarios uno teocrático, otro ultranacionalista alimentando mutuamente su legitimidad ...
Los ataques cruzados entre Israel e Irán esta semana no son un capítulo más de su enemistad histórica. Son la materialización de un cálculo geopolítico perverso: dos regímenes autoritarios —uno teocrático, otro ultranacionalista— alimentando mutuamente su legitimidad mediante la destrucción, mientras el planeta contiene el aliento ante el riesgo de una guerra nuclear.
Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí desde 2009, ha convertido la “amenaza existencial iraní” en el eje de su proyecto político. A sus 75 años, con cargos de corrupción pendientes y una coalición ultraortodoxa que le ata las manos, necesita una crisis permanente para sobrevivir. Del otro lado, el ayatolá Alí Jamenei, líder supremo iraní desde 1989, instrumentaliza el conflicto para justificar su férreo control sobre una sociedad que exige reformas. Ambos han perfeccionado el arte de gobernar mediante el miedo externo para silenciar las fracturas internas.
El ataque israelí del 13 de junio —con 200 aviones y 300 misiles contra instalaciones nucleares, bases militares y la élite científica iraní— no fue una operación defensiva. Fue la ejecución de una fantasía ideológica: la “Operación León Ascendente” planeada desde noviembre, que eliminó al comandante Hossein Salami y decapitó temporalmente la Guardia Revolucionaria. La respuesta iraní —100 drones y misiles balísticos contra Tel Aviv y Jerusalén— tampoco busca disuadir. Es teatro bélico para consumo interno, en el que Jamenei necesita mostrarse como víctima y vengador simultáneo.
Irán está a meses —quizá semanas— de enriquecer uranio al 90%, necesario para armamento nuclear. Israel, potencia nuclear no declarada, con 90 ojivas, ha cruzado la línea roja al bombardear instalaciones atómicas protegidas por el OIEA. El ataque a Natanz y Fordo no fue sólo simbólico: destruyó centrifugadoras y mató a científicos clave, retrasando el programa años. Pero cada bomba israelí acerca a Teherán a la decisión fatídica: acelerar la militarización nuclear como única garantía de supervivencia.
Los mercados globales ya anticipan el desastre. El barril de Brent subió 10% en horas, el oro alcanzó máximos históricos y las bolsas asiáticas y europeas se desplomaron. No es paranoia: el estrecho de Ormuz —por donde pasa 20% del petróleo mundial— podría cerrarse en cualquier represalia, y las rutas comerciales del Mar Rojo ya están bajo fuego hutí. Una guerra abierta sumiría a Europa en nueva crisis energética y dispararía la inflación global.
Netanyahu y Jamenei han creado un monstruo que quizá ya no puedan dominar. El cálculo israelí —debilitar a Irán sin provocar guerra total— se desmorona ante la muerte de Salami y el ataque a Teherán. La estrategia iraní —replicar con drones baratos para ahorrar misiles— fracasó ante el Domo de Hierro israelí, obligándoles a arriesgarse con proyectiles balísticos.
Mientras, el mundo se divide entre cómplices y espectadores impotentes. Estados Unidos, bajo el gobierno de Trump, avala tácitamente a Israel; Rusia y China condenan la “agresión sionista”; Europa balbucea llamados a la calle. La ONU, otra vez, demuestra su irrelevancia ante el unilateralismo bélico.
Esta crisis tiene nombre propio: dos líderes que confunden interés nacional con ambición personal (o de grupo), dispuestos a incinerar Oriente Medio por su lugar en la historia. El problema es que, en esta partida de ajedrez nuclear, las piezas son pueblos enteros. Y el tablero, nuestro frágil planeta.
