Scherer, la mañanera y el estilo Sheinbaum

La mañanera fue conferencia, noticiero y púlpito.

Gustavo Rivera

Gustavo Rivera

Cinco Elementos

En México solemos explicar el poder presidencial con el marco de siempre: mayoría legislativa, programas sociales, presupuesto. Todo eso cuenta. Pero el ingrediente decisivo del sexenio de López Obrador fue otro: su comunicación política. No como propaganda, sino como arquitectura de gobierno: un sistema diario para producir conversación pública, sostener legitimidad y disciplinar el conflicto.

Eso se asoma —aunque el libro venga envuelto en pleitos y nombres propios— en Ni venganza ni perdón, de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez. Scherer fue consejero jurídico de Presidencia y escribe desde la cocina: su relato deja una pista mayor que sus ajustes de cuentas. AMLO gobernó, ante todo, administrando la atención pública.

La pieza central fue la mañanera, la conferencia matutina convertida en acto de gobierno. Fue, a la vez, conferencia, noticiero y púlpito. Un presidente hablando todos los días no es una costumbre: es una estructura. Por acumulación, por repetición y por constancia, la mañanera se volvió el centro del sistema: el lugar donde el gobierno explicaba, se defendía y atacaba; donde se premiaba la lealtad y se exhibía la disidencia; donde se convertía un problema técnico en relato político.

La mañanera operó como tres dispositivos que explican buena parte del poder comunicacional de AMLO. Primero, como mecanismo para marcar la agenda: al abrir cada mañana con un tema, el Presidente establecía prioridades en la conversación pública; no imponía qué debía pensar el país, pero sí sobre qué debía discutir, y con qué urgencia. La repetición diaria obligaba a medios, oposición y gabinete a reaccionar dentro del marco temporal y temático que salía de Palacio.

Segundo, como tribunal político y rendición de cuentas escenificada: la conferencia funcionaba como una audiencia en vivo en la que se señalaba, se pedían explicaciones, se mostraban datos o documentos y se distribuían responsabilidades, pero sin los contrapesos, reglas probatorias ni derecho de réplica. La mañanera no sólo informaba: construía autoridad a través del conflicto, instalando sanciones o absoluciones simbólicas.

Tercero, como encuadre: la mañanera no sólo seleccionaba temas, sino que les daba significado, traduciendo asuntos técnicos o administrativos en relatos moralmente legibles —pueblo contra privilegios, honestidad contra corrupción, transformación contra periodo neoliberal—; encuadrar es definir qué está en juego, quién carga con la responsabilidad, qué valores se invocan y cuál es la salida “correcta”. Por eso el recurso es tan potente: cuando el debate se desplaza del terreno de los datos al de los valores, deja de ser una discusión sobre políticas públicas y se vuelve una disputa de identidades, donde el Presidente lleva ventaja por controlar el micrófono y el marco.

El costo de esa estrategia es conocido: personalización del Estado. Un presidente que narra todos los días reduce deliberación técnica y eleva la polarización afectiva. La crítica se vuelve “golpeteo”, el desacuerdo se etiqueta, el adversario se moraliza. La democracia, si no se cuida, se vuelve espectáculo; y el espectáculo tiene una manía: exige más espectáculo.

Ahí entra Claudia Sheinbaum. Heredó el instrumento —la mañanera, la conferencia matutina— pero le está inyectando institucionalidad y sentido de Estado. Ése es el “estilo Sheinbaum”: menos ring por costumbre, más orden; menos adjetivo, más dato; menos pleito permanente, más explicación gubernamental y rendición de cuentas. Su desafío es evidente: un formato más sobrio suele bajar la adrenalina, y la adrenalina mueve audiencias. Pero el giro es saludable: recuperar Estado no significa apagar el micrófono, sino usarlo con prudencia e inteligencia.

Sheinbaum no renuncia a la mañanera: la reconfigura como espacio para debatir, refutar y polemizar cuando sea necesario, sin convertir cada mañana en un plebiscito emocional. Si AMLO demostró que la comunicación puede fabricar poder, la apuesta ahora es más ambiciosa —y más difícil—: que la comunicación fabrique institucionalidad sin perder capacidad de disputa frente a los intereses del pasado que siguen enquistados en el ecosistema mediático. Poder más lento, sí. Pero más durable. Ése, a la larga, es el verdadero “estilo Sheinbaum”.

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