La peste guinda

El partido oficial es una peste, el quinto caballo del apocalipsis, el de la corrupción.

Gabriel Reyes Orona

Gabriel Reyes Orona

México sin maquillaje

Neciamente, por pura y mera ignorancia, hubo un mercadólogo del oficialismo que quiso promover la inexistente palabra “infodemia”, cuando es claro que el griego demos significa pueblo o población, y no enfermedad, por lo que pandemia se refiere a un mal que aqueja a toda la población. Hoy, quieren que los medios de comunicación dejen de comunicar, que no informen de violentas novedades y trágicas noticias, quieren impulsar una ¡mitocracia que adormezca al respetable.

No es casual que, lejos de colores vibrantes, hayan escogido el color que identifica a la sangre putrefacta, el color de la gangrena. Si algo ha abundado en el oscuro periodo narcomunista es la sangre. La muerte flota en el ambiente y nadie está exento, directa o indirectamente, de eventos violentos. Denuestan la palabra neoliberalismo, cuando han podido llegar hasta ahora gracias a las instituciones, caudales y programas que esa divisa produjo. Es cierto que tanto tricolores como albicelestes fallaron, pero no tan dramáticamente como lo han hecho los guindas. Todo les sale mal, todo les sale más caro, sus atracos y raterías superan por mucho las de sus antecesores.

Hace varios años, cuando por primera vez usé el término narcocracia se me llamó exagerado, cuando dije que no alcanzarían los días en este sexenio para señalar los abusos de poder en que incurrió el tabasqueño se me tachó de dramatismo. Pero, lamentablemente, me quedé corto. Hemos cometido el grave error de ser tolerantes ante las trapacerías de quienes han ejercido en provecho propio las potestades propias de quien gobierna. Ellos saben que, en un ejercicio comicial imparcial y serio, no conservarían la mayoría en San Lázaro, como también, que no mantendrían la posesión de la silla. Se saben repudiados.

El INE estaba manipulado desde el poder, y tenía una y mil fugas de control. Es penoso ver cómo, quienes fallaron redactando la normativa electoral tanto en la Carta Fundamental, como en las leyes secundarias, son los que ahora nos quieren invitar a sus nuevas ocurrencias partidarias. Gran error sería el entregarnos a quienes probadamente sentaron las bases de la sobrerrepresentación, dando ocasión a que el cacique macuspano se apoderara de los procesos de la mano del crimen organizado. Los del pandero saben del útil mangoneo, por eso quieren cerrar las brechas. Saben que hay otros cárteles, y no quieren que les pase lo mismo. Con reglas imparciales, tendrían tan malos resultados como Meade, quien, contando con las enormes ventajas de estar en el poder, quedó en tercer lugar.

Le epidemia de sarampión; los peores resultados en materia de seguridad pública, por más porras que se echen a García Harfuch; la inminente crisis de deuda pública; el pago de “programas sociales” con cargo a un déficit presupuestal; la debacle de las grandes empresas del estado, y el derrumbe de la credibilidad gubernamental, son una enfermedad degenerativa que nadie querrá asumir como responsabilidad propia. Sabiéndolo, funcionarios, legisladores y ministros actúan como quien sabe que el volcán está a punto de hacer erupción, sin recato, están en modo de poner en su morral todo lo que encuentran a su paso.

Dice la RAE que peste es una enfermedad grave que causa gran mortandad; algo pestilente, algo que causa gran daño y malestar. El partido oficial es una peste, el quinto caballo del apocalipsis, el de la corrupción, el cual galopa salvajemente entre nosotros. De verdad, ¿vamos a dejar los cargos públicos; las dirigencias de los partidos y la organización de la sociedad civil a los de siempre? Marx Arriaga debe ser el primero de una larga fila de ineptos que deben regresar a su chiquero.

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