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Veinticuatro siglos después de que Aristóteles escribiera su Política, sus advertencias sobre las formas degeneradas de gobierno resuenan con inquietante actualidad. El filósofo de Estagira no habría visto con buenos ojos muchos de los sistemas que hoy llamamos ...
Veinticuatro siglos después de que Aristóteles escribiera su Política, sus advertencias sobre las formas degeneradas de gobierno resuenan con inquietante actualidad. El filósofo de Estagira no habría visto con buenos ojos muchos de los sistemas que hoy llamamos “democráticos” ni tampoco los oligárquicos disfrazados de repúblicas que proliferan en el mundo contemporáneo.
Para Aristóteles, la república ideal (politeia) representaba el equilibrio perfecto: el gobierno de ciudadanos virtuosos y educados que anteponen el bien común a sus intereses particulares. Esta clase media política, instruida, pero no corrompida por excesos de riqueza, constituía el fundamento de un Estado estable y justo.
¿Dónde encontramos hoy esta virtud cívica? En EU, país que se autodenomina república, observamos más bien lo que Aristóteles habría identificado como una oligarquía disfrazada. El poder real reside en una élite económica que financia campañas, cabildea legisladores y dicta políticas desde los consejos de administración. Los ciudadanos comunes votan, sí, pero entre opciones previamente filtradas por quienes controlan los recursos.
La paradoja es evidente: mientras más “democrático” se vuelve el discurso político estadunidense, más oligárquico se torna el sistema real. Las decisiones fundamentales se toman en círculos donde la voz popular es apenas un eco distante.
En el otro extremo del espectro político encontramos las “democracias” populistas que han emergido en diversos países. Desde Venezuela hasta Hungría, en donde observamos precisamente lo que Aristóteles temía: el gobierno de las masas movilizadas en beneficio sectorial, no del bien común.
Estos regímenes explotan lo que el filósofo identificó como las debilidades inherentes de la democracia pura: la tendencia a la demagogia, la susceptibilidad a las emociones momentáneas y la tentación de usar el poder mayoritario para redistribuir recursos sin consideración por la justicia o la sostenibilidad a largo plazo.
El populismo contemporáneo promete al “pueblo” que recuperará lo que le han robado las élites. Pero inevitablemente deriva hacia lo que Aristóteles habría reconocido como tiranía: el poder concentrado en un líder carismático que afirma encarnar la voluntad popular mientras elimina sistemáticamente los controles institucionales.
La tiranía moderna raramente lleva uniforme militar. Se presenta con traje y corbata, invoca mandatos democráticos y manipula las emociones públicas a través de medios masivos y redes sociales. Desde Putin hasta Erdoğan, pasando por Xi Jinping. ¿Cómo recuperar el ideal republicano en un mundo dominado por oligarcas, demagogos y tiranos? Aristóteles sugeriría fortalecer lo que más escasea: una clase media educada, virtuosa y comprometida con el bien común.
Esto requiere reformas estructurales profundas. En países como EU, significaría limitar radicalmente el poder del dinero en la política, fortalecer la educación cívica y crear mecanismos para que ciudadanos comunes puedan participar en la toma de decisiones. En sistemas populistas, implicaría reconstruir instituciones independientes y fomentar una cultura de debate racional por encima de la polarización emocional.
La república aristotélica no es una utopía inalcanzable sino un ideal regulativo: la búsqueda constante del equilibrio entre libertad y orden, entre participación popular y competencia técnica, entre responsabilidad ante los electores y visión de largo plazo. Aristóteles nos enseñó que las formas de gobierno tienden hacia la degeneración: las repúblicas se vuelven oligárquicas cuando las élites capturan el poder, o democráticas cuando las masas imponen su voluntad sin límites, y ambas pueden derivar en tiranía cuando surge un líder que promete orden en el caos.
La única defensa contra esta entropía política es la vigilancia constante y el cultivo deliberado de virtudes cívicas. Ni el mercado ni las masas pueden sustituir el juicio prudente de ciudadanos educados y comprometidos con el bien común.
En un mundo donde las “democracias” funcionan cada vez menos y las autocracias se disfrazan cada vez mejor, el llamado aristotélico a la república verdadera no es nostalgia antigua sino necesidad urgente. La pregunta no es si podemos permitirnos el lujo de buscar este ideal, sino si podemos permitirnos el costo de ignorarlo.
