¿El inicio de una guerra con Trump?
Cuando Musk se aburre o se siente traicionado, se convierte en un generador nuclear de oposición.

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
La ruptura era previsible. Elon Musk, el enfant terrible de la disrupción tecnológica, ha anunciado su salida del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), una criatura de laboratorio creada por Donald Trump para recortar el gasto público federal con una motosierra que, al parecer, terminó oxidada antes de hacer un sólo corte profundo. La noticia sacude tanto a Silicon Valley como a Washington D.C., porque el divorcio entre Musk y Trump no sólo implica un revés a un experimento tecnocrático, sino además el posible nacimiento de una nueva oposición de alto voltaje a la segunda administración del magnate neoyorquino.
Musk se va del DOGE tras sólo cinco meses. ¿Por qué? Porque, en sus palabras, le “decepcionó ver el enorme proyecto de ley de gastos” aprobado recientemente, que lejos de podar el gasto lo infla y amenaza con incrementar aún más el déficit presupuestario. Así lo expresó en una publicación breve, pero fulminante, como las que acostumbraba lanzar en X antes de dejarse arrastrar por el remolino político. El DOGE prometía recortar dos billones de dólares. Al cierre de su gestión, Musk y compañía apenas lograron ahorrar 175 mil millones —una cifra considerable, pero lejana a la promesa de campaña—. Además, esos “ahorros” han sido puestos en duda por diversos analistas económicos que advierten que varios de ellos eran ajustes ya planeados por otras agencias antes de la llegada de Musk.
A eso se suma un problema más terrenal: Tesla. Sus beneficios se han desplomado 71% y los inversionistas presionan al CEO para que regrese de tiempo completo a su hábitat natural: los laboratorios, las líneas de producción automatizadas, las gigafábricas. Y no la Casa Blanca. Lo cierto es que el experimento político-muskiniano fracasó por ambos frentes: no logró transformar el gasto público desde dentro y terminó debilitando el frente empresarial que le dio su aura de semidiós.
La salida de Musk representa una pérdida estratégica para Donald Trump. No sólo pierde al tecnólogo estrella que daba cierto barniz de modernidad a su administración, sino que también podría haber sembrado la semilla de un enemigo formidable. Si el exconsejero de eficiencia comienza a criticar públicamente los errores fiscales, el populismo inflacionario o las políticas migratorias de Trump, lo hará desde una plataforma con millones de seguidores y con la autoridad de quien ya probó —y rechazó— el juego político desde dentro.
Y el eco puede ser internacional. El paso en falso de Musk es también una advertencia para otros gobiernos que coqueteen con la idea de incorporar iconos empresariales como figuras redentoras del gasto público. Si ni Elon pudo cambiar la lógica del elefante burocrático —y terminó más bien pisoteado por él—, es difícil que alguien más lo logre sin terminar electrocutado por su propia ambición.
Por ahora, Musk dice que se retira de la política. Pero ya lo hemos visto: su silencio es sólo una pausa estratégica. Tal vez pronto lo veamos reaparecer con nuevas ideas, críticas o candidaturas. Porque si algo ha dejado claro este capítulo es que, cuando Musk se aburre o se siente traicionado, se convierte en un generador nuclear de oposición.
Y si eso ocurre, que se agarre Trump. Porque el hombre que lleve autos a Marte podría querer regresar al planeta Tierra… con una agenda.