Cyclospora Cayetanensis

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Se llama así, con nombre de villana de telenovela y apellido de parásito, que es justo lo que es. Cyclospora cayetanensis es el organismo microscópico que estas semanas tiene a Estados Unidos corriendo —literalmente— al baño. Desde el primero de mayo, los CDC contabilizan casi siete mil posibles contagios repartidos en 34 estados, con más de mil 600 ya confirmados y una cifra que amenaza con romper el récord nacional de 2019. La prensa gringa, siempre generosa con las imágenes, ya bautizó el cuadro clínico: “diarrea explosiva”. Semanas —a veces meses— de un malestar que los análisis de rutina ni siquiera detectan, porque el bicho se escurre de los estudios comunes.

¿Y de dónde salió el enemigo invisible que puso a temblar a la potencia? Aquí viene lo mejor. La FDA rastreó el brote más grande —más de mil 600 enfermos que comieron en unos Taco Bell de cinco estados— hasta un solo proveedor de lechuga iceberg. Lechuga importada. De México. Taylor Farms ya retiró “indefinidamente” toda la que traía del centro del país. De modo que la minipandemia que angustia a Ohio, Michigan y Kentucky viajó, muy probablemente, en una caja de verdura mexicana. Exportamos aguacate, exportamos mano de obra, exportamos talento y, resulta que también exportamos parásitos. Qué orgullo. Pero lo interesante de la Cyclospora no es sólo el síntoma: es la metáfora perfecta. Un agente que uno ingiere sin darse cuenta, que incuba en silencio una semana entera, que estalla cuando ya es imposible reconstruir qué comiste, y cuya fuente las autoridades tardan días en nombrar mientras aseguran que “no hay motivo de alarma”. Si eso no describe con precisión clínica la vida pública contemporánea, no sé qué lo haría.

Tomemos las redes. Uno abre X por la mañana y se somete, por voluntad propia, a una diarrea explosiva de información: un chorro incontenible de indignación, rumor y bilis que consumimos por gusto y que, a media tarde, ya nos revolvió el estómago. Nadie nos obligó. Nos servimos solitos. Tomemos la política nacional, que lleva meses ofreciéndonos el mismo malestar intestinal: esa certeza de que algo se está yendo por la cañería y que, por más que uno pregunte, nadie quiere nombrar al proveedor. Sabemos que la lechuga viene contaminada; lo que no conseguimos —Sinaloa lo grita— es que alguien acepte de qué granja salió. En lo global la simetría es todavía más golosa. Mientras Washington nos señala la lechuga, del otro lado de la frontera nos llega su propio contaminante de temporada: los aranceles, que también incuban callados, también estallan sin previo aviso y también ponen a medio continente a correr buscando dónde acomodar el desajuste. Ellos nos mandan la factura; nosotros les mandamos el parásito. Comercio justo, al fin.

Y está el detalle diagnóstico, que es el que más me gusta. La Cyclospora se les escapa a los estudios de rutina: hay que sospechar de ella, pedir la prueba correcta, teñir la muestra a propósito. Igualito que ciertos males públicos —la corrupción, la impunidad, la captura— que jamás aparecen en el panel estándar de las conferencias matutinas porque nadie ordena el análisis específico. No es que no estén. Es que decidimos no buscarlos. Hasta aquí la ironía. Ahora, en serio.

Que el brote haya nacido —al parecer— de lechuga mexicana debería preocuparnos mucho más que la posibilidad de que “nos llegue”. No nos va a llegar: es probable que ya esté aquí y no lo sepamos. La Cyclospora prospera donde el agua de riego se contamina donde el saneamiento falla. En verano, con nuestras hortalizas de exportación y de consumo diario, con las salsas crudas, las aguas frescas y la ensalada de la esquina, el terreno está servido. La diferencia con EU no es que ellos tengan el parásito y nosotros no. La diferencia es que ellos tienen vigilancia epidemiológica que lo detecta.

Para los inmunocomprometidos, para los niños y los adultos mayores, esto no es un chiste escatológico: son semanas de deshidratación que, sin el antibiótico adecuado, se alargan. Y el antibiótico sólo llega si alguien, primero, se atreve a buscar al bicho. Ése es el nudo. No la lechuga: el agua que la riega, y la costumbre nacional de no ordenar el análisis que nos incomoda. Cyclospora nos hizo el favor de ponerle nombre en latín a una sensación que ya cargábamos. Ahora falta lo difícil: dejar de fingir que no la sentimos. O estar listos para salir corriendo…