Con el agua al cuello

México se enfrenta nuevamente a la devastación provocada por las lluvias torrenciales, una tragedia que, lamentablemente, se repite año tras año en diversas regiones del país. Este 2024 ha sido particularmente doloroso para comunidades que, literalmente, han quedado ...

México se enfrenta nuevamente a la devastación provocada por las lluvias torrenciales, una tragedia que, lamentablemente, se repite año tras año en diversas regiones del país. Este 2024 ha sido particularmente doloroso para comunidades que, literalmente, han quedado con el agua al cuello. Acapulco, apenas recuperándose del brutal impacto del huracán Otis, fue golpeado nuevamente por John; en Veracruz, el desbordamiento de un río dejó más de 4 mil  viviendas afectadas; y en Chalco, los habitantes volvieron a enfrentar inundaciones que arrasan con lo poco que tienen.

Las cifras son contundentes y desalentadoras. En Acapulco, más de 100 mil personas fueron directamente afectadas por Otis, y cuando la ciudad comenzaba a levantar cabeza, John volvió a sumirla en el caos. Mientras tanto, en Veracruz, el desbordamiento de un río provocó que miles de familias perdieran sus hogares y, en Chalco, una zona históricamente vulnerable a las lluvias, las imágenes de calles convertidas en ríos son recurrentes cada temporada.

Estas tragedias no son fenómenos aislados. La vulnerabilidad de estas zonas ante lluvias intensas se ha convertido en una constante debido a varios factores: la urbanización desordenada, la falta de infraestructura adecuada, la deforestación y, por supuesto, el cambio climático, que ha intensificado la frecuencia y magnitud de los eventos meteorológicos extremos. Según datos de la Conagua, las precipitaciones en México han aumentado en intensidad 20% en las últimas dos décadas, y el país se encuentra dentro de 30% de las naciones más vulnerables al cambio climático. Acapulco, Veracruz y Chalco son ejemplos trágicos de un problema estructural que las autoridades –las de antes y las de apenas– no han podido –o querido– abordar a fondo. Año tras año, las lluvias torrenciales llegan y, con ellas, el colapso de las viviendas más frágiles, la pérdida de cosechas, la destrucción de caminos, y lo más lamentable, la pérdida de vidas humanas. Y en cada ocasión, los gobiernos activan mecanismos de emergencia, pero rara vez se emprenden acciones de fondo que eviten que se repita.

Tomemos el caso de Chalco, por ejemplo. Desde la década de los 90, la región ha sufrido constantes inundaciones debido a la sobreurbanización y a la insuficiencia de infraestructura de drenaje pluvial. En Veracruz, la cuenca del río Papaloapan ha sido foco de alertas por desbordamientos desde hace más de tres décadas, pero las soluciones han sido, en el mejor de los casos, parches temporales. Y, en Acapulco, la creciente urbanización en zonas montañosas y costeras, sin planificación, ha aumentado el riesgo de desastres naturales. El problema es claro: no estamos invirtiendo lo necesario en prevención. Mientras los planes de desarrollo urbano continúen ignorando los estudios de impacto ambiental y la infraestructura de drenaje siga siendo insuficiente, las comunidades más vulnerables seguirán enfrentándose a la tragedia de perderlo todo.

La respuesta inmediata de la presidenta Claudia Sheinbaum en Acapulco, tras el paso de John, fue notable. En cuanto se conocieron los primeros estragos, no dudó en desplazarse a la zona y coordinar los esfuerzos de ayuda. El gobierno federal desplegó brigadas de emergencia, distribuyó víveres y comenzó a trabajar en la restauración de servicios básicos. Sin embargo, incluso con esta pronta respuesta, queda claro que el problema va más allá de la asistencia inmediata. La Presidenta se comprometió a impulsar un plan integral de reconstrucción, similar al que se planteó tras Otis, pero es crucial que estas medidas vayan acompañadas de soluciones estructurales de largo plazo. El cambio climático continuará intensificando estos fenómenos, pero la verdadera tragedia es la falta de previsión y acción. Si seguimos destinando los recursos a atender emergencias en lugar de prevenirlas, seguiremos con el agua al cuello. Las políticas públicas deben enfocarse en evitar que los hogares de miles de familias, en cualquier tormenta, se conviertan en ruinas.

Claudia Sheinbaum ha mostrado total compromiso por atender las emergencias. Apenas en el día dos de su administración viajó y anunció el plan de atención para Guerrero y Michoacán tras la devastación de John, pero el verdadero desafío será cambiar el enfoque de reacción por uno de prevención. Sólo así podremos aspirar a que las lluvias en México no se conviertan en sinónimo de destrucción y tragedia crónicos en estos tiempos de emergencia climática global.

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