Durante décadas, el mundo hispanohablante sostuvo un pacto de silencio, adornado con aplausos y risas grabadas, alrededor de Julio Iglesias. Nos vendieron la imagen del latin lover definitivo: el truhán, el señor, el hombre que “amaba a las mujeres”. Pero hoy, tras las graves denuncias de sus exempleadas en 2026 y la viralización de su hemeroteca, es urgente llamar a las cosas por su nombre. Lo que durante años se celebró como “encanto” y “picardía”, hoy se revela como lo que siempre fue: una cultura sistemática de acoso y abuso de poder.
El escándalo actual no debería sorprendernos; las señales siempre estuvieron ahí, transmitidas en vivo y en directo a millones de hogares. La televisión, ese gran normalizador de violencias, fue el escenario donde Iglesias desplegó su manual de dominación bajo la máscara de la galantería.
Basta con revisar los archivos, esos que hoy circulan en redes como prueba irrefutable de una incomodidad colectiva que tardamos demasiado en verbalizar. Vemos a Verónica Castro, una gigante de la televisión, siendo besada en la boca en plena transmisión, un acto que no buscaba el afecto, sino la demostración pública de posesión. Vemos a Thalía, entonces una joven estrella, siendo sujetada de la cabeza y besada a la fuerza ante las cámaras; un gesto que, años después, ella misma describiría con la impotencia de quien sabe que reaccionar en vivo podría costarle la carrera: “Corta la cámara porque te voy a dar un madrazo”, pensó, pero el show tuvo que continuar.
Es vital corregir y precisar la memoria colectiva para entender la magnitud del patrón. Aunque a menudo se confunden los nombres en la vorágine mediática, es el testimonio de la periodista Ana María Alvarado (frecuentemente confundida en redes con Ana María Lomelí) el que termina de dibujar el perfil del acosador tras bambalinas. Alvarado relató cómo, al pedir una foto profesional, Iglesias le exigió: “¿No prefieres sentarte en mis piernas?”. Una frase que resume la reducción de la mujer profesional a un objeto decorativo, un juguete para el ego del ídolo.
Lo más doloroso de esta revisión histórica no son sólo los actos de Iglesias, sino la complicidad de un sistema que nos enseñó a ver esto como “normal”. Cuando figuras como Susana Giménez salen hoy a defenderlo bajo la etiqueta de “caballero”, estamos viendo el último aliento de una generación adoctrinada para creer que el acoso, si viene de un hombre poderoso y perfumado, es un halago. El feminismo nos ha dado las gafas para ver la realidad: no era coqueteo, era coacción. No era un donjuán, era un hombre que no entendía (o no le importaba) el concepto del consentimiento.
Esta revisión histórica también nos obliga a confrontar la incómoda pregunta que muchos lanzan hoy desde la ignorancia: “¿Por qué no se quejaron antes?”. La respuesta radica en la brutal asimetría de poder que Iglesias manejaba con maestría. En aquellos platós, él no era solo un cantante, era una institución intocable, una vaca sagrada de la industria. Para mujeres como Thalía o Verónica Castro, en ese momento preciso, reaccionar con un empujón o un rechazo tajante ante el “Dios” de la balada romántica no sólo habría sido visto como una descortesía, sino como un suicidio profesional en directo. Esa risa nerviosa, esa parálisis corporal disfrazada de sonrisa diplomática que hoy analizamos en los videos no es complicidad; es el mecanismo de supervivencia de quien sabe que está siendo vulnerada, pero no tiene el espacio seguro para defenderse sin ser tildada inmediatamente de “histérica”, “difícil” o “ingrata” ante la generosidad del ídolo.
Se acabó el tiempo de separar al artista de su misoginia. El mito del galán español se ha roto, y entre los pedazos, lo único que queda es la verdad desnuda de un hombre que nunca amó a las mujeres; sólo amaba disponer de ellas (como tantos, tantísimos otros). El verdadero legado que nos dejan este tipo de escándalos no está en sus discos de oro o de platino (ni en su poder del pasado), sino en la lección aprendida de que ningún pedestal es lo suficientemente alto como para proteger a un agresor cuando las mujeres deciden, por fin, dejar de callar.
