Donald Trump necesitaba en Carolina del Sur lo que necesita cada vez que se acerca una elección: un personaje. El miércoles lo encontró al sur del Bravo. Contó a sus simpatizantes que la Presidenta de México lo había llamado, que es una mujer buena y agradable, que tiene una de las voces más bonitas que ha escuchado y que fue bailarina de ballet. Remató con la pregunta que seguramente le pareció ingeniosa: cómo diablos pasó una bailarina a ser Presidenta de México. El público se rio. Él también.
Conviene detenerse en el inventario antes que en el chiste. De una jefa de Estado con la que ha negociado aranceles, fentanilo, agua y despliegues militares, Trump retuvo su voz, su belleza y unas zapatillas de punta que colgó hace más de cuarenta años. Es la ficha que llenaría un director de casting. El piropo, en su repertorio, es la alfombra que se extiende para que el desdén entre sin hacer ruido.
La pregunta, además, se contesta sola en cuanto uno mira quién la formula. Un desarrollador inmobiliario que heredó el negocio, quebró casinos, condujo un reality show donde despedía gente frente a cámara y llegó dos veces a la Casa Blanca se pregunta por las trayectorias improbables. Si alguien en ese mitin tenía una biografía difícil de explicar, era el que sostenía el micrófono.
Los datos, para quien los quiera, son públicos. Sheinbaum bailó desde los seis años y ella misma ha contado que, al entrar a la Facultad de Ciencias de la UNAM, tuvo que escoger entre ser bailarina o la Física. Escogió la Física. Luego vinieron una maestría y un doctorado en Ingeniería Energética, la investigación doctoral en el Lawrence Berkeley National Laboratory y su ingreso al Sistema Nacional de Investigadores. Lo que Trump presenta como un salto inexplicable es una continuidad para quien mire una pirueta con atención. La bailarina que gira sobre una punta y recoge los brazos acelera sin empujarse con nada: conserva su momento angular, reduce el radio y gana velocidad. La disciplina del ballet y la de la física comparten algo que en los mítines escasea, el respeto por las leyes que no se negocian.
Lo que de verdad incomoda está en la segunda parte del relato. Según Trump, cuando decretó que el Golfo de México se llamaría de América, ella lo llamó para suplicarle: no, no, por favor, señor presidente, dígame que está bromeando. Quienes vimos aquella mañanera de enero de 2025 recordamos otra cosa: a una Presidenta que, sin levantar la voz, desplegó un mapa del siglo XVII donde buena parte de Norteamérica aparecía como América Mexicana y propuso rebautizar a los vecinos. En el teatro de Trump cada interlocutor termina rogando, porque él no sabe narrar una conversación entre iguales. Una mujer que le contesta con serenidad y argumentos no le cabe en el libreto, así que la reescribe de rodillas y con voz bonita.
La caricatura también lleva un recado para México. La bailarina que llega a Presidenta pinta un país improbable, donde cualquier cosa pasa. Es la vieja estampa del vecino pintoresco, que le sirve a la base republicana en campaña y a presiones que nada tienen de broma.
Queda el dardo final, y conviene lanzarlo con precisión, porque la exactitud es lo que separa a estos dos personajes. El 9 de octubre el Comité Noruego entregó el Nobel de la Paz a la jurista sudafricana Navi Pillay. Trump respondió que nunca había oído hablar de ella y que el premio quedó desacreditado para siempre por un grupo de ideólogos radicales. Guarda la medalla que le regaló María Corina Machado, aunque el Instituto Nobel ya aclaró que el galardón no se transfiere. La bailarina fue una de las autoras del Cuarto Informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, el organismo que recibió el Nobel de la Paz en 2007. Eso que él, Trump, ha querido hasta comprar para sí mismo, ella, Sheinbaum, ya lo tiene en su CV.
Recoger los brazos para girar más rápido o abrirlos ante la multitud para recibir el aplauso fácil. En física eso tiene una explicación muy sencilla. En Carolina del Sur, por lo visto, todavía no la conocen.
