La SRE y las calamidades
Hace unos días, cuando en el Museo Nacional del Bardo eran secuestrados cerca de 200 turistas por integrantes del Estado Islámico, una de las rehenes tomó su teléfono celular para enviar un mensaje de texto. El destinatario de éste fue un pariente suyo que trabajaba en ...

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
Hace unos días, cuando en el Museo Nacional del Bardo eran secuestrados cerca de 200 turistas por integrantes del Estado Islámico, una de las rehenes tomó su teléfono celular para enviar un mensaje de texto. El destinatario de éste fue un pariente suyo que trabajaba en la oficina consular mexicana en Bruselas, según reportó una nota de El Universal. Así, la representación en Argelia alertó a las autoridades mexicanas de la presencia de ocho connacionales, turistas todos, que se encontraban en aquel grupo de rehenes que, sabemos, dejó 21 personas muertas.
Fue una reacción rápida por parte de la cancillería. Como parte del trabajo que se realiza en la Secretaría de Relaciones Exteriores, están las obligaciones de ésta para atender a los mexicanos que estando fuera de México se enfrenten a cualquier tipo de eventualidad. Un atentado como el de Túnez era por demás coyuntural. Aquellos ocho connacionales eran víctimas de ese grupo terrorista, el Estado Islámico, que ya nos ha mostrado su inexistente nivel de escrúpulos y hasta dónde son capaces de llegar con tal de, dicen ellos, defender su fe. Por fortuna, los ocho mexicanos fueron rescatados —sanos y salvos— y regresados a nuestro país. Juran, eso sí, no tener ninguna intención de regresar a aquellos confines de África.
No corrieron con la misma suerte Víctor Pascual Vidal, Anna Cantos (empleados de la empresa EJ Krause) y Daniela Ayón (maestra de yoga), los tres mexicanos que viajaban en el Airbus A320 de la aerolínea Germanwings. La tragedia, el infierno, la muerte, siempre llegan de manera inesperada. Nunca estamos preparados para ello. Nadie compra su boleto hacia la calamidad. Y los periodistas nunca nos despertamos creyendo que ese día, en específico, nos tocará reportar, reconstruir, narrar a nuestra audiencia los pormenores del horror. Y las autoridades tampoco llegan a sus oficinas esperando que esa mañana les toque no sólo atender la emergencia de connacionales en tierras lejanas, sino atender a sus familias, lidiar con burocracias extranjeras, informarnos con cuidado y responsabilidad, pero también con prontitud a quienes estamos en los medios (y, por lo tanto, a la sociedad); un paso en falso les puede costar la chamba —en el mejor de los casos— o la vida de un mexicano —en el peor—.
“Una de las más difíciles facetas de ser periodista y conductora de noticias es que hay eventos en los que te conviertes, inevitablemente, en narradora involuntaria de las que muchas veces no son meras historias de tragedia y de dolor, sino que también son historias de lo incomprensible. Ello magnifica las dimensiones del abatimiento humano: no entender el porqué de las tragedias las hace doblemente insoportables (...) Y es que se nos ha repetido hasta el cansancio que más gente muere en la regadera que en los aviones. De 93 mil vuelos que hay al día en todo el mundo, ¿quién imaginaría que aquél que uno toma —o un ser querido— será el que caerá en el ínfimo, pero maldito punto cero y algo de la probabilidad de tener un accidente?”, esto escribía hace justamente un año, cuando Malaysia Airlines extraviaba un avión entero con toda su tripulación y pasajeros.
Paradójicamente, un año después estamos dando cuenta de otro accidente aéreo. Terriblemente no el único acontecido en los últimos meses. Incluso, otra aeronave de Malaysia Airlines se accidentaba seis meses después de la desaparición de aquel otro. Tragedias que no pueden preverse, impensables abismos que, a pesar del avance tecnológico, no pueden evitarse. El avión que despegó de Barcelona con una ruta que lo llevaría a Dusseldorf se pulverizó físicamente estrellándose en los Alpes franceses; 160 personas llevaba a bordo. Incluidos los tres ciudadanos mexicanos. Con toda la cautela necesaria ante la falta de certezas en el caso, Reyna Torres (directora general de Protección a Mexicanos en el Exterior de la cancillería) me decía ayer en entrevista en CadenaTres Noticias: “Hay indicios de que fuera más de una persona de nacionalidad mexicana la que hubiera estado volando en el avión que trágicamente sufrió este accidente. No queremos dar nombres ni detalles por respeto a las familias, estamos en contacto con ambas familias...”. El trabajo de la SRE, al igual que en la emergencia de Túnez, fue de reacción rápida y responsable. Y aunque la vida de los mexicanos del avión no pudo en este triste episodio ser salvaguardada, la atención a las familias y a los medios hace toda la diferencia. Porque si a la tragedia se le sumara el abandono, la desatención o la prepotencia de las autoridades, la orfandad y el sufrimiento serían doblemente insoportables. Hay que reconocer cuando el gobierno hace bien su trabajo y, al menos en estos episodios de angustia y de emergencia, la cancillería ha realizado una labor notable que, por lo menos, no ha dejado a los mexicanos involucrados (o a sus familias) en la peor de las orfandades imaginable: la de la angustia o el dolor que la insensibilidad burocrática no hacía antes más que maximizar el infierno ya existente. Felicidades a José Antonio Meade y todo su equipo por acordarse que gobiernan para los mexicanos, estén donde estén y en las circunstancias en que se encuentren.