Birdman (o la magistral recompensa del ego)
“Sólo hay una manera de escapar de la alienación de la sociedad acutal: retirarse por delante de ella”. Roland Barthes en Roland Barthes por Roland Barthes Y el hombre pájaro voló. Lo más alto posible. Es decir: hasta ese cielo ...

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
“Sólo hay una manera de escapar de la alienación de la sociedad acutal: retirarse por delante de ella”.
Roland Barthes (en Roland Barthes por Roland Barthes)
Y el hombre pájaro voló. Lo más alto posible. Es decir: hasta ese cielo en el que corría el peligro de encontrar su propia autodestrucción. Birdman González Iñárritu estuvo dispuesto a sufrir el mismo castigo que Ícaro: que sus alas se incendiaran o derritieran por volar demasiado cerca del sol. Y antier, por fin, supimos que cruzó no sólo intacto, sino victorioso, los aires entre su pasado y su futuro. Y se alzó con unas inesperadas, potentísimas hélices: las del confesionario de espejos, las de la epifanía que es metralla, las del (no tan) sutil desdén de haber aprendido a mirarlo todo desde el sitio que se sabe propio: las alturas…
Y digo Birman-Iñárritu porque quien no haya percibido la naturaleza posmodernamente proyectiva de la cinta que hoy posee cuatro premios Oscar, no entendió en absoluto sus planos secuenciales (y no me refiero a los de la proeza visual lograda por el Chivo). Ésos que tejen la narrativa —la evidente y la cabalística— de ésta, sí, indiscutible obra de arte. Porque Birdman es la metáfora de la metáfora de la metáfora de González Iñárritu y su biografía. Y su grandeza. Y sus abismos. De la autoconciencia del propio poder (y sus poderes casi sobrenaturales). Y la sospecha de su falibilidad. De las glorias que parecen expirar. De su lucidez y su locura. De las hambres por el reconocimiento y las desgracias que derivan de él. Del eterno combate entre desear y obtener. De lo que fue y ya se fue, pero no dejamos ir. De lo que puede ser y no es, y no dejamos llegar. De lo que fui y ya no soy, pero siempre seré. A resumidas cuentas, Birdman es un tratado monumental de la conciencia del “yo”…
González Iñárritu filmó no sólo una brillante analogía de su pasado reciente, sino una profecía hoy autocumplida. Un actor, Riggan Thomson, acosado por la celebridad de su personaje —Birdman— construido y crecido en, desde y para el cine, una máscara que toca ya la frontera del olvido. Un actor que se niega a desaparecer y sabe que debe reinventarse. Y en el intento se topa con todas las fallas del sistema: una industria rapaz y palomera completamente entregada a la taquilla y sus lugares comunes, una prensa tan altanera como infecunda, un gremio que erotiza el aplauso, un mundo digital que compite y desbanca al arte desde la frivolidad viralizada. Pero sobre todo, ante la propia incapacidad de acallar a la voz del pasado propio que parece perseguir y sabotear la transformación. Misma voz que, paradójicamente, es la imprimatura de la propia fuerza. La sombra de Birdman persigue a Thomson, su sicosis y su salvación. La voz del hombre pájaro es el recordatorio de que él, es un hombre alado. Y, literalmente, da un salto mortal para reemprender el vuelo: un salto al vacío que puede rayar en el suicidio. La profecía autocumplida: Riggan Thomson reinventa el teatro al hacer correr su propia sangre en el escenario. González Iñárritu reinventa el cine al hacer correr su propia sangre —y la de todo Hollywood—, en la pantalla. Podía fallar, podía, nuevamente, verse derrotado. Podía ser una apuesta por la autodevastación ese pretender, como Ícaro, volar tan alto.
Pero Iñárritu hizo una película a la altura de sí mismo. En las entrelíneas del guión también anidan, sin temor alguno, la inteligencia y la filosofía. Birdman es también una apuesta por la profundidad del pensamiento —más allá de las citas de Roland Barthes o Raymond Carver o la evidente evocación en el título, las obras del Marqués de Sade. Encuentro encuentros exactos entre los parlamentos de los personajes y los guiños cóncavos (y convexos) a textos de Lipovetsky, de Octavio Paz, de Ayn Rand, de Foster Wallace… Birdman es, sobre todo, un campo de tiro: “La inesperada virtud de la ignorancia” como blanco de ataque, como zona de impacto intelectual.
Escribe justamente Roland Barthes (en el ego-document que es esa delicia de libro Roland Barthes por Roland Barthes): “La arrogancia circula como un vino espeso entre los convidados del texto. El intertexto no abarca sólo textos delicadamente escogidos, secretamente amados, libres, generosos, discretos, sino también textos comunes, triunfantes. Usted mismo puede ser el texto arrogante de otro texto.” Como éste o cualquiera otro (unos más alados que otros —eso, sin duda).
El Negro Iñárritu logró, confesando y exhibiendo magistralmente todas las fortalezas y patologías del ego, lo que su ego siempre había buscado. Más allá del Oscar: el vuelo… Y voló tan por encima, que los heridos blancos de su quirúrgico ataque aéreo no tuvieron más opción que rendirse, premiarlo y aplaudir su genio (al tiempo que seguían sangrando)…