El fenómeno de las rodadas en grupo organizadas por motociclistas se ha vuelto una constante en la vida cotidiana de la Ciudad de México. Es comprensible que existan comunidades que busquen compartir esta pasión. Sin embargo, cuando estas caravanas invaden vías primarias, el límite entre la recreación y la imprudencia se vuelve preocupantemente delgado, generando un riesgo constante para todos en la ciudad.
Ver grupos de hasta 20 motociclistas ocupando dos o más carriles simultáneamente es una escena frecuente en arterias clave como Universidad, Patriotismo o Eje Central. El problema principal no radica sólo en el espacio que ocupan, sino en las dinámicas que se desatan durante el trayecto. Con frecuencia se observan maniobras arriesgadas y frenados intempestivos que alteran por completo el flujo vehicular, transformando las avenidas en pistas de exhibición sin las medidas mínimas de protección.
A esta situación debo señalar que la mayoría de quienes integran estas caravanas son jóvenes que parecen no dimensionar el peligro. Es alarmante notar cómo circulan sin los aditamentos básicos de seguridad para salvaguardar su vida. Esta falta de prevención resulta aún más evidente y preocupante en el caso de las acompañantes, que en su mayoría son mujeres; resulta impactante ver cómo muchas de ellas viajan en la parte trasera sin llevar siquiera un casco de protección, totalmente expuestas ante cualquier impacto.
La mayor preocupación radica en el peligro latente para todos los usuarios de la vía pública. Si tan sólo uno de estos jóvenes llega a perder el control o sufre una caída por una maniobra fallida, el margen de reacción para el resto del convoy es nulo. Los compañeros que vienen detrás no podrán frenar a tiempo, y la amenaza se extiende de forma directa hacia los automovilistas que circulamos detrás o a los lados, ya que al intentar esquivarlos para evitar una tragedia podemos provocar accidentes graves.
Yo no pretendo prohibir el motociclismo, pero la convivencia vial exige responsabilidad y respeto al reglamento de tránsito. Es urgente que las autoridades capitalinas supervisen con mayor rigor estas vialidades primarias para prevenir conductas de riesgo.
Al mismo tiempo, creo que los colectivos deben tomar conciencia de que la seguridad no es opcional y que una imprudencia puede derivar en consecuencias irreparables.
MARIANO LIZAMA
CIUDAD DE MÉXICO
