Celulares

El acuerdo publicado por la Secretaría de Educación Pública para regular y restringir el uso de teléfonos celulares en los planteles escolares abre una discusión indispensable sobre el entorno en el que se están desarrollando nuestras niñas, niños y adolescentes. Si bien la medida responde a una necesidad apremiante dentro de las aulas y viene acompañada de muy buenas intenciones para mejorar el ambiente de aprendizaje, resulta difícil no mantener ciertas dudas respecto a su efectividad real cuando se confronta con la dinámica cotidiana de la sociedad actual.

Por supuesto que no estoy en desacuerdo con la iniciativa; por el contrario, como padre me parece completamente acertado que se busque limitar el acceso a estos dispositivos durante la jornada escolar. Es evidente que los celulares se han convertido en una fuente inagotable de distracciones que rompen con la concentración, interfieren con la convivencia entre compañeros y desvían la atención de la enseñanza, lo cual contraviene totalmente la función pedagógica de la escuela. Sin embargo, el gran problema radica en que los celulares ya están profundamente arraigados en las rutinas de los estudiantes.

Para abordar este reto con seriedad, debemos ser honestos y mirar hacia el origen del problema. Las redes sociales y las pantallas no llegaron a las manos de los menores por arte de magia; hemos sido los propios padres de familia quienes hemos facilitado estos aparatos desde etapas tempranas. Es cada vez más común ver a chiquitos de menos de dos años sosteniendo un teléfono en la carriola o en los restaurantes para mantenerlos tranquilos. Les entregamos la tecnología como un chupón digital para entretenerlos y librarnos de berrinches, sin dimensionar el daño ni el impacto cognitivo que provocamos.

Resulta contradictorio que hoy nos escandalice ver a niños y jóvenes ausentes, dependientes de las pantallas o incapaces de prestar atención en clase, cuando fuimos nosotros quienes fomentamos esa conducta desde su primera infancia. 

El decálogo de la SEP puede tener la mejor de las intenciones en el papel, pero el verdadero desafío será hacerles entender a los alumnos que no necesitan un celular en la escuela cuando han crecido en un entorno donde la pantalla ha sido su principal fuente de entretenimiento. Sin un compromiso firme y coherente desde el hogar, cualquier regulación escolar se quedará corta frente a la brecha que nosotros mismos creamos.

GABRIEL ÁLAMOS

CIUDAD DE MÉXICO