AMLO no es Chávez, Anaya no es un guitarrista, y Meade no es Peña
Llamo a la cordura. Lo hago porque me asusta el tono que están tomando estas elecciones aún antes de que comiencen, y la fractura que supondrán para un país que, como el nuestro, ya está dividido por razas y clases sociales. Me asusta que llamados públicos a “no postular criminales” o a “seguir las reglas del juego electoral” sean interpretadas como partidistas. Somos mejor que esto, mexicanos.
Somos mejor que la bandera que el día de ayer colgó de cabeza en el Campo Marte, por la incapacidad de quien comandó la ceremonia, a la bandera.
Somos mejor que el Ejército que, cargando el ataúd de un fallecido, por descuido lo dejó caer al suelo soltando al muerto al pavimento en plena vista de todos. El grito desconsolado de los familiares que no pueden creer que, aún después de fallecido, su ser querido sufra las incompetencias del Estado, no debiera jamás haber existido.
Somos mejor de lo que estas elecciones han demostrado, y debe ser nuestra responsabilidad mostrarlo, en vez de apuñalarnos unos a otros por candidatos que no dan respuesta a nuestros problemas.
AMLO no es Chávez ni convertirá a México en Venezuela. Su agenda es más moderada en términos redistributivos que lo que propone Anaya, quien se ha pronunciado en favor de aumentos más que significativos en el salario mínimo y un Ingreso Único Universal. Aun bajo el supuesto que su agenda fuera una mentira piadosa que nos cuenta a todos para luego, cuando tenga el poder, convertirse en Chávez, no podría convertir a México en Venezuela. Venezuela fue la catástrofe que fue porque tenía una absoluta dependencia (privada y pública) del petróleo, y un congreso mayoritariamente chavista que le permitió aprobar leyes macroeconómicamente irresponsables. AMLO llegaría al poder con, si bien le va, una tercera parte del congreso y una oposición ciudadana importante.
Cuando me preguntan si AMLO será una catástrofe económica, yo digo que no: la catástrofe es no tener una clase media fuerte y nadie que nos dé una respuesta cómo lograrlo.
Anaya no es un niño “pirruris” cantando una rola del TRI, ni el guitarrista de sonrisa cautivada por el niño del Movimiento Naranja. Anaya es un estratega político sin par y al que todos los candidatos tienen que respetar. Es Anaya el que ha logrado crear una coalición donde no la había, y promover una agenda más puntual y más progresiva que cualquier candidato del que tengamos memoria. Sin mencionar a nadie por nombre, ha dejado en claro que su gobierno no tolerará la corrupción. Sin hacer referencia a las élites del poder, ha dejado en claro que este país tiene una desigualdad inaceptable.
Cuando me preguntan si Anaya cumplirá sus promesas, yo me encojo de hombros. No veo cómo redistribuir la riqueza sin entrar en conflicto con muchos.
Meade no es Peña Nieto, o al menos eso esperamos todos. Su carrera ha sido la de un tecnócrata de alto nivel al que se le han encargado grandes responsabilidades y las ha sacado a flote. Sin medallas, sin protagonismos. Lo suyo es operar cosas que le encomiendan, de la misma forma que ahora los priistas le han encomendado su partido. Su candidatura representa el miedo de un partido, el PRI, que sabe que perderá la elección si postula a alguno de los suyos, y por ello postula a uno de sus tecnócratas, al que siempre los saca del aprieto sin cuestionarles lo que pasa tras bambalinas. Me parece, y espero estar en lo correcto, que cuando Meade declaró que continuaría las buenas cosas que ha hecho Peña Nieto, se refería a la intención de mejorar la educación pública y formalizar el empleo.
Cuando me preguntan si Meade será el defensor de “Duartes” y corruptos, yo espero que no: creo que será nomás el defensor de una tecnocracia que hasta hoy, desafortunadamente, no ha dado resultados.
Así, hago un llamado a la cordura.
Evitemos lo que hoy está sucediendo: México está decidiendo hoy, para el mal de todos, tener una campaña que, lejos de estar basada en propuestas, está centrada en caricaturizar al enemigo con premisas falsas o exageradas y en satanizar a cualquier individuo o grupo que parezca favorecer a una ideología diferente.
Exijamos de nuestros candidatos favoritos respuestas y propuestas, más que criticar a nuestros candidatos menos preferidos. No es momento de ser porrista de nadie, sino de exigir.
