Entre Olga Guillot y Toña La Negra

El musicólogo cubano Cristóbal Díaz Ayala cumple 87 años el martes.

A mediados del siglo XVI, nos dice el historiador cubano Cristóbal Díaz Ayala, los ataques incesantes de corsarios, piratas y filibusteros obligaron a las naves españolas a viajar juntas. Ese sistema fue llamado de Flotas y su aplicación se extendió hasta el siglo XVII. Esta manera de arribar a las colonias americanas desde el viejo continente facilitó el control del comercio, además de que brindaba protección a las embarcaciones.

Cada año, prosigue don Cristóbal, partían dos flotas desde Sevilla, que “aprovechando la corriente del Golfo, se dirigían una a México y otros puertos de América Central, y otra a Cartagena y a veces hasta Argentina”. Ambas flotas, continúa el también experto en música popular, “debían reunirse en el invierno en La Habana, y de ahí hacer el viaje de regreso, juntas otra vez, en marzo. Estos itinerarios tenían cambios, pero básicamente La Habana era el punto de reunión”.

Ese tiempo de espera de varios meses de fiesta y ocio en el puerto cubano, asegura el puntilloso investigador, “se convertía en un verdadero laboratorio de experimentación musical”. El estudioso de la música cubana —afincado en Puerto Rico desde 1960 y que pasado mañana cumplirá 87 años— ubica en ese periodo el germen de una de las expresiones artísticas más populares de nuestro tiempo: la música cubana. Y esa semilla, de hecho, está conformada por la música que transportaron los marineros y soldados sevillanos, andaluces, canarios y de otras regiones, mezclada de manera incipiente con los ritmos producidos por los esclavos africanos —música recogida justamente en La Habana y otros puertos— e incluso con algunos ecos de las manifestaciones musicales indígenas.

Es decir, esa mixtura que logró un entramado cada vez más complejo a lo largo de los siglos tiene su esencia en elementos culturales que pueden situarse históricamente. Pero la notable labor de don Cristóbal no se constriñe a la creación de un catálogo exhaustivo de la música cubana —con una cronología impecable de canciones, álbumes, compositores e intérpretes—, sino que rebasa ese ámbito para hacer una formidable “arqueología” musical, desentrañando su génesis, desarrollo y éxito comercial rotundo.

Autor de libros de referencia para los interesados en la cultura popular de la isla —títulos que lamentablemente no se consiguen muy fácil en México—, don Cristóbal ha ganado a pulso un sólido prestigio en el campo de la musicología en el ámbito popular. En su bibliografía, que va de Música cubana: del areyto a la nueva trova a La historia del pregón musical latinoamericano, pasando por el indispensable Cuando salí de La Habana. 1898-1997: cien años de música cubana por el mundo o Cuba canta y baila. Discografía de la música cubana. 1898 a 1925, Díaz Ayala brinda un panorama documentado y ameno acerca de una expresión inagotable, vigente y, hoy por hoy, global. Esa documentación, por ejemplo, destaca, ya en los albores del siglo XX, cuáles fueron los géneros musicales más frecuentemente interpretados en esos años, traza con peculiar empeño el auge de los trovadores y las danzoneras, y brinda detalles del surgimiento del son y de los grandes artistas que se consagraron en el legendario Teatro Alhambra.

Hace ya ocho años, gracias a los oficios y gentileza de dos buenos amigos, los “salsófilos” Andrés Rosales y José Antonio Pérez, este redactor tuvo el privilegio de conocer personalmente a don Cristóbal en su casa de San Juan, Puerto Rico. Así, pudo comprobar que Díaz Ayala resguarda un amplísimo acervo de discos, grabaciones, partituras, libros, fotografías y documentos que ha ido reuniendo a lo largo de su vida y que exhiben fehacientemente no sólo su pasión coleccionista, sino también la fabulosa trayectoria que ha tenido esta música de exportación.

Amable, simpático, jovial y lúcido, el erudito habanero respondió con paciencia y generosidad todas las dudas que sus visitantes mexicanos le expresaron con respecto a la música caribeña: su germen y su gloria, sus arraigos y sus exilios, sus épocas de auge y también sus etapas de declive. De aquella entrañable conversación, este reportero rememora una respuesta indeleble y gentil de don Cristóbal. La charla, que ya estaba en su punto final, derivó hacia las mejores cantantes de la música popular latinoamericana. Quizá haya sido la última pregunta y por eso recuerdo el momento con emoción:

—Don Cristóbal, ¿quién es su cantante favorita de todos los tiempos?

Después de meditarlo un poco, contestó:

—Mire, siendo cubano, yo debería decirle, sin dudarlo un segundo, que Olga Guillot, pero, acá entre nos, es Toña La Negra

La sonrisa gentil y espontánea que se le dibujó en el rostro al sabio historiador después de pronunciar el nombre de la prodigiosa cantante veracruzana, por encima de la gigantesca bolerista santiaguera, indicó, sin ambages, que su respuesta era genuina.

ESTRIBO Y CUENTA

El INAH aprobó un proyecto para construir un edificio de seis niveles sobre una estructura volada que se erigirá sobre los vestigios del Templo de Ehécatl y el Juego de Pelota, presentados hace días en la calle Guatemala 16. Aunque hay certeza de que esos tesoros serán preservados de la mejor manera, el proyectó no sólo desató polémica en redes sociales, sino resquemor hacia este diario —nos cuentan— dentro del propio INAH. ¿Será que en la dependencia siguen creyendo que enojarse con el mensajero es resolver la controversia?

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