El cosaco y el mineiro

En 2016 se cumplieron 90 años de la publicación de Caballería roja, libro de relatos de Isaak Bábel, autor admirado por Rubem Fonseca.

No me crean a mí, pero créanle, por favor, al filósofo marxista Marshall Berman (1949-2013), quien, citado por el profesor y escritor veracruzano Agustín del Moral Tejeda (Las Choapas, 1956), se refirió a Caballería roja, de Isaak Bábel (1894-1940), como “probablemente el mejor libro nunca escrito sobre la Revolución Rusa”.

Tomo, para mi arranque, esas palabras que Del Moral recoge en su prólogo a la traducción al español del libro de marras que la Universidad Veracruzana publicó, con presentación de Sergio Pitol, en 2013.

Pues bien, este celebrado, aunque no único, testimonio literario del “cosaco” Bábel —nacido en Odesa (a los cosacos, para sintetizar, se los considera los progenitores de la moderna nación ucraniana)— cumple 90 años de publicación en este 2016 que aún respira.

Se sabe que antes de dar a la imprenta Caballería roja, Bábel había combinado sus afanes narrativos con la crónica periodística (tarea que le ayudó a perfeccionar su técnica y que le granjeó poderosos enemigos militares en Rusia) y había publicado Cuentos de Odesa y Debes saberlo todo (Relatos 1915-1937), entre otros pocos títulos.

También se sabe que, siendo un aguerrido comunista, se desempeñó como soldado y, sobre todo, que fue un alumno distinguido de Máximo Gorki, quien, a fines de 1916 (es decir, a unos meses de la Revolución Rusa de febrero de 1917; es decir, falta poco para ese centenario), le proporcionó no sólo un sabio consejo para afianzar su literatura (“recorra el mundo”), sino que salvó Caballería roja de la prohibición, permitiendo, con ese gesto, la propagación de este puñado de relatos y sus múltiples traducciones a partir de entonces.

Caballería roja es más una novela breve contada a retazos que propiamente un libro de relatos, pues las historias que integran el libro están, indefectiblemente, hiladas en tiempo y espacio, además de que todas son contadas por una voz narrativa: Bábel enfundado en la omnisciencia. El resultado es un abanico de relatos acerca de la cruenta vida en batalla. La guerra vista de manera frontal y sin cortapisas. Eso es este libro de Bábel, repleto de actos heroicos, coraje sanguinario y, claro, horror.

¿Y quién es el mineiro del título de este texto? Además de Marshall, Del Moral y Pitol, hay otro escritor que leyó a Bábel con fascinación: Rubem Fonseca (Minas Gerais, 1925). Tanta conmoción le provocó la obra de Bábel al narrador brasileño, que le dedicó una de sus más famosas novelas: Grandes emociones y pensamientos imperfectos, publicada en México por el sello Cal y Arena en 1988, el mismo año de su aparición en Brasil bajo el amparo de Companhia das letras.

Esa vasta, oscura y carnavalesca historia la protagoniza un agobiado cineasta que acepta el reto de unos productores alemanes que lo contratan para filmar, en suelo germano, Caballería roja. Y no sólo eso: en la trama “aparece” un supuesto manuscrito desconocido de Bábel que enturbia el ambiente y envuelve al personaje principal en una frenética y angustiante búsqueda de ese misterioso e invaluable texto del ucraniano. Un texto que, quizá, ni siquiera exista.

Tanto es el fervor que Fonseca le profesa a Bábel que, en su intento por llevar al lenguaje cinematográfico Caballería roja, suele tropezarse y llega a pensar que esa traducción fílmica es imposible, pues —piensa— lo escrito por Bábel no superará jamás a lo que él se imagina visualmente hablando. Para muestra, un botón en la novela:

“Estaba escribiendo la parte del guión que describe la muerte de Dolguchov, para tener una idea de las potencialidades del texto de Bábel. […] Regresé a la muerte de Dolguchov [un soldado con las tripas de fuera]. Bábel no dice cómo el cosaco Afonka da el tiro de gracia a Dolguchov. La escena fue descrita así por Bábel: ‘Conversaron brevemente, no oí las palabras. Dolguchov tendió su identificación al jefe del pelotón. Afonka se la guardó en la bolsa y disparó en la boca de Dolguchov’. Esto era mucho mejor que la escena que yo filmaría. El lector no necesita saber cómo fue que Afonka dio un tiro en la boca de Dolguchov. El lector sabe todo lo que importa en ese instante; a su manera propia, de lector. En la película podría, por ejemplo, enfocar la cámara hacia Liutov [testigo de todo] y el tiro de gracia se escucharía en la pista sonora, pero así anularía la fuerza narrativa. Podría también mostrar el paisaje, el cielo o lo que fuera, mientras sonaba el tiro. Sería un mal truco sintáctico que debilitaría más la escena y privaría al espectador de la tensión creada por Bábel. Pero, ¿tenía eso importancia? ¿Quién entre los millones de semianalfabetas fabricados por las instituciones educativas, consumidores de arte cómodo representado por la música pop, el cine y la TV, conocía a Bábel? Todo lo que sabrían de Bábel sería mi película. O sea, muy poco”.

Aquí, con este brevísimo fragmento de Grandes emociones..., trato de sintetizar el respeto que como creador de imágenes le implica Bábel a Fonseca, pero también intento dejar claro que esta suma de dos genios de la narración —el cosaco y el mineiro— es una de las más afortunadas y feroces coincidencias literarias de la violenta historia del siglo veinte, que se ha esfumado ya.

A nueve décadas de la aparición de Caballería roja, sangriento y avasallante testimonio bélico ruso, vale la pena releer Grandes emociones..., que es un tributo de Fonseca a la literatura de Bábel y otro puente indefinible entre Ucrania y Brasil, como en el caso de la ucraniana naturalizada brasileña Clarice Lispector (1920-1977), aunque la obra de esta brillantísima escritora es tema de otra... muchas columnas más.

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