Gonzalo Rojas, torrente hondo
El próximo martes se cumple el centenario del natalicio del poeta chileno, autor indispensable en la lírica hispánica del siglo XX
Su voz, que fue acerada, amplia, altísima, impetuosa, de registro contundente como el trueno y serena como luz lunar, no suena igual de platinada en inglés, alemán, francés, portugués, ruso, italiano, rumano, sueco, chino, turco o griego como en su español chileno, y sin embargo, todas esas lenguas han acogido su poesía y han tratado de copiar sus ecos, sus recovecos, su profundidad sonora, su regocijo envolvente, su potencia sanguínea.
Se trata de la voz profunda del escritor chileno Gonzalo Rojas, quien detentó y detenta una suprema carga literaria: haber sido uno de los poetas más importantes en español, pues su obra lírica está reconocida como una de las aportaciones más vigorosas de Hispanoamérica. Es el mismo Gonzalo Rojas que falleció el 25 de abril de 2011, pero cuyo centenario de nacimiento se conmemora este martes.
Nacido el 20 de diciembre de 1916, el nombre en mapuche de su cuna, Lebu (capital del Arauco, en la región del Bío Bío), presagiaba, con el tintineo con que se mecen esas palabras, un destino fluido e incontenible: torrente hondo. Y hondo también fue su lazo primigenio con la palabra, es decir, con la poesía, que lo tocó desde pequeño. En una entrevista concedida al escritor chileno Juan Andrés Piña en 1990 y publicada en el libro Conversaciones con la poesía chilena, Rojas rememoraba con claridad el germen de su talante lírico: “Yo tendría unos cinco o seis años, y una noche la casa se estremecía por uno de esos ventarrones furiosos de esa parte del sur del golfo. Parecía que la casa se iba a desarmar por el viento, cuando de pronto uno de mis niños-hermanitos dijo ‘relámpago’. Y ese relámpago como palabra esdrújula pudo más en mí que todo el espectáculo de la cohetería preciosa en el cielo que se derrumbaba, de los relámpagos reales, de los rayos, de los truenos. Se me quedó fijada esa palabra: la palabra era más poderosa y despertaba más en mí que el episodio natural”.
Como transubstanciada en el relámpago aquel que estrujó su infancia, la voz de Rojas —famosa en recitales públicos y masivos— se cuela entre una audiencia atónita como un indomable ventarrón entre la neblina: “Oh voz, única voz: todo el hueco del mar, / todo el hueco del mar no bastaría, / todo el hueco del cielo, / toda la cavidad de la hermosura / no bastaría para contenerte...”, afirma Al silencio, poema incluido en su antología Contra la muerte, en el que parece lanzar un reto al sordo abismo de sus dudas.
Y si uno de los temas sustanciales de la poesía de Rojas es la muerte —meta final de nuestro paso efímero por la vida—, otros son el viaje y la casa, es decir, el mapa y el origen. En una charla entre él y el crítico literario peruano Julio Ortega, publicada en el número 30 de la Revista Chilena de Literatura (Universidad de Chile, noviembre de 1987), el autor de La miseria del hombre (1948) traza —tras la curiosidad de Ortega acerca de estos dos tópicos— su ruta personal: “Mapa y morada. Conforme. La verdad es que esto se aviene con la lectura de esta poesía, de esta palabra poética que es un viaje al fondo de lo desconocido (¿lo nuevo?), o quiere darse con la fisonomía, con el aire del viaje. De un viaje raro, por supuesto, como todos los viajes en la poesía, o como muchos de los viajes de los poetas, que asumimos la realidad como un gran viaje. Fosforescencia y permanencia: relámpago. La mudanza en la permanencia, como decía Valèry. Alguna vez me dije, en algún texto por ahí: ‘el viaje mismo es un absurdo’. ¿No te pasa a ti también que de golpe se te impone la evidencia de que no había para qué ir tan lejos? Soy un sagitariano y, por sagitariano, condenado al viaje, como la flecha al espacio, al vuelo”.
Entonces, prosigue Rojas con afán de brújula, “no he podido sino jugar este juego del gran desplazamiento, de la movilidad sin fin, y ahí empieza, acaso, esta suerte de vertiginosidad más que velocidad, que suele darse en esta palabra”. Y de ahí, sólo vértigo, porque así es la poesía de Rojas, con toda su fuerza batiente, con todo su sístole y diástole frenéticos, con todo su arrastre emocional e inquisitivo: “Me arranco las visiones y me arranco los ojos cada día que pasa./ No quiero ver ¡no puedo! ver morir a los hombres cada día./ Prefiero ser de piedra, estar oscuro,/ a soportar el asco de ablandarme por dentro y sonreír/ a diestra y a siniestra con tal de prosperar en mi negocio./ No tengo otro negocio que estar aquí diciendo la verdad / en mitad de la calle y hacia todos los vientos: / la verdad de estar vivo, únicamente vivo,/ con los pies en la tierra y el esqueleto libre en este mundo./ ¿Qué sacamos con eso de saltar hasta el sol con nuestras máquinas/ a la velocidad del pensamiento, demonios:/ qué sacamos/ con volar más allá del infinito/ si seguimos muriendo sin esperanza alguna de vivir/ fuera del tiempo oscuro?”.
Por fortuna, la obra de Rojas sigue publicándose en el mundo, en especial en Hispanoamérica, y me gusta pensar en que, de ese modo, los lectores de su seductora palabra compartirán con el nacido en Lebu su vocación torrencial. Abrevar en la poesía del chileno es arriesgarse al vértigo, a la velocidad, al filo del amor y el erotismo, a la inquisición sobre el origen, a la lumbre hecha verbo.
Estribo y cuenta
La caballada enflacó en los últimas años, por eso este humilde redactor promete solemnemente no sorprenderse ni indignarse ni mucho menos alegrarse por la persona que la Presidencia de la República designe para sustituir, en el timón de la Secretaría de Cultura, al finado Rafael Tovar y de Teresa. Hay nombres que ni al caso. Otros, que nomás hacen arquear las cejas. Los menos, francamente asustan.
