Ribeyro y su ars fumatoria
Hoy se cumplen 22 años de la muerte del autor peruano, cuya vida, obra y muerte estuvieron estrechamente ligadas al cigarrillo
Al cigarrillo, escribió Guillermo Cabrera Infante en su erudita crónica Puro humo, “le debemos tanto humo como mitología urbana. Le debemos la femme fatale con su larga boquilla blanca o negra, el gigoló parisino, las películas de serie B (donde tanto a héroes como villanos los unía el ser fumadores), la filosofía de Bogart (en The Big Shot, el catecismo de las películas del gángster-que-huye, exhala virtualmente su último suspiro desde un Camel... El cigarrillo aún no se había convertido en la bète noire), el ars amatoria de Bette Davis y su accesorio favorito para la conquista”.
En ese sentido, me gusta pensar que a ese cigarrillo-creador-de-mitos-urbanos también le debemos una muy buena parte de la obra del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro (1929-1994), quien falleció un día como hoy, pero de hace 22 años, es decir, casi una semana después de haber recibido el entonces llamado Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (hoy, Premio FIL de Literatura), que se otorga anualmente, dese 1992, en Guadalajara.
¿Es descabellado pensar que casi toda la escritura de Ribeyro esté asociada inexorablemente a su manera de fumar? Él mismo lo explica en el que es para mí no sólo uno de sus mejores relatos (autobiográfico, por cierto), sino también una de las referencias ineludibles del cuento en español, Sólo para fumadores: “Para encontrar referencias literarias a este vicio hay que llegar al siglo XX. En La montaña mágica, Mann pone en labios de su héroe, Castorp, estas palabras: ‘No comprendo cómo se puede vivir sin fumar… Cuando me despierto me alegra saber que podré fumar durante el día y cuando ceno tengo el mismo presentimiento. Sí, puedo decir que como para fumar… Un día sin tabaco sería el colmo del aburrimiento, sería para mí un día absolutamente vacío e insípido, y si por la mañana tuviese que decirme hoy no puedo fumar, creo que no tendría el valor para levantarme’”. La observación me parece muy penetrante y revela que Mann debió ser un fumador encarnizado, lo que no le impidió vivir hasta los 80 años. Pero el único escritor que ha tratado el tema del cigarrillo extensamente, con una agudeza y un humor insuperables, es Italo Svevo, quien le dedica treinta páginas magistrales en su novela La conciencia de Zeno. Después de él no veo nada digno de citarse, salvo una frase en el diario de André Gide, que también murió octogenario y fumando: “Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar”.
Ribeyro da una muestra de su erudición con respecto al indisoluble vínculo entre escribir y fumar, pero también exhibe un don férreo para detectar en lo que lee —que seguramente fue mucho en toda su vida— esos guiños en “la literatura de otros” que le ayuden a “justificar” su propio hábito fumador.
Resulta claro que la obra de Ribeyro no se constriñe al soberbio y nicotinómano cuento de marras, publicado en 1987. El autor tiene en su haber casi una centena de relatos y un puñado de novelas y ensayos que sacan a la luz su magistral talento. Entre sus títulos más destacados están Los gallinazos sin plumas (escrito en París en 1955), cuyo cuento que le da nombre al libro exhibe la miseria de una parte urbana de Perú a través de dos niños que extravían la candidez infantil de manera macabra; Los cautivos (1972), en donde destaco La estación del diablo amarillo, pues este relato se hermana con Sólo para fumadores debido a que cuenta parte de la “pobreza parisina” que padeció Ribeyro; Silvio en el rosedal (1977), serie de 15 cuentos en el que sobresalen el que da nombre al libro, Tristes querellas en la vieja quinta y El marqués y los gavilanes.
Asimismo sus tres novelas: Crónica de San Gabriel, Los geniecillos dominicales y Cambio de guardia, que, aunque sólidas, no son comparables con sus relatos, en los que predomina lo urbano como telón de fondo de unos personajes casi siempre salidos de la miseria, del dark side limeño o parisino. El propio Ribeyro se refiere a su perfil cuentístico en la introducción de La palabra del mudo, que reúne todos sus relatos publicados hasta 1974: “Cuentos, espejo de mi vida, pero también reflejo del mundo que me tocó vivir: oscuros habitantes limeños y sus ilusiones frustradas, escenas de la vida familiar, Miraflores, el mar y los arenales, combates perdidos, militares, borrachines, escritores, hacendados, matones y maleantes, locos, putas, profesores, burócratas...”.
Y dentro de este corpus alza la vista, como viruta de humo, Sólo para fumadores, que es, según yo, una rapsodia al cigarrillo, ars fumatoria, elegía que se desvanece, pero, sobre todo, una férrea defensa del humo y una conmovedora declaración de principios a favor de un hábito tan placentero como mortal, porque fumemos o no (Ribeyro
dixit), de todas maneras nos vamos a morir.
Estribo y cuenta
El miércoles pasado, la Unesco declaró a la rumba cubana como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. En esa misma sesión, celebrada en la capital de Etiopía, la delegación isleña dedicó el reconocimiento a Fidel Castro, quien falleció cinco días antes de la declaratoria. Lo anterior, por supuesto, no es sorprendente, pues se trata de hacer un homenaje coyuntural y plenamente político al líder cubano. Lo que llama la atención es que el jefe de los barbudos siempre mostró no un desprecio, pero sí una franca indiferencia por los ritmos locales. Para estar seguro de mi afirmación, consulté el asunto con mi amigo, el filósofo Juan Armando Ramírez, experto en historia de la Revolución Cubana. “El reconocimiento se lo hubieran brindado a Camilo (Cienfuegos). Él sí era un gran bailarín”. Eso respondió y agradezco su sensata elocuencia.
