El balón rodó, a pesar de todo. Las amenazas no llegaron a cumplirse y el Mundial de futbol se inauguró sin mayor problema. La realidad sobre el país en el que nos hemos convertido, sin embargo, quedó expuesta ante el mundo entero. México es un país violento y radicalizado, cuya gobernabilidad no puede asegurarse por el Estado sino en virtud de negociaciones inconfesables.
Todo salió bien, aunque todo hubiera podido salir, también, muy mal. Desde los actos radicales de cualesquiera de los grupos que buscaban aprovechar la visibilidad del evento hasta la falta de preparación y logística de las autoridades para garantizar la seguridad de la ciudadanía. Lo que ocurrió en el centro de la ciudad, en el contexto del Fan Fest del Zócalo y las manifestaciones de los maestros, bien podría haber terminado en una tragedia inimaginable: los accesos estrechos, las aglomeraciones; las vallas retiradas por la multitud, la falta de revisiones ante una marabunta que rebasó a las autoridades. Un solo petardo hubiera sido suficiente para ocasionar una catástrofe.
Los maestros, al final, terminaron por recular. La CNTE elevó demasiado la apuesta, y había llevado la situación hasta un límite que ellos mismos sabían no podrían rebasar: no es lo mismo asfixiar al gobierno, estrangulando las calles, que realizar actos de terrorismo en un evento que sería observado por mil millones de personas. La aparición de explosivos, entre quienes se sumaban a la protesta, debe haber encendido los focos rojos en ambos lados de la frontera: lo que había iniciado como una mera protesta local se convertía, por instantes, en un asunto de seguridad hemisférica. La Coordinadora no come lumbre, y sabe bien tanto el territorio que está pisando como sus posibles repercusiones: el movimiento magisterial, y sus aliados más visibles, se han puesto bajo la lupa de las agencias de seguridad del mundo entero. Con todo lo que esto implica.
El balón rodó, a pesar de todo, y rodó bien. La alegría se desbordaba y envolvía a un pueblo que necesitaba, con urgencia, de una victoria en común. Un triunfo cualquiera, una razón para poder celebrar todos juntos, sobre todo después de tantas decepciones en lo nacional y denuestos provenientes del exterior. En México, por unas horas, supimos estar unidos de nuevo: aquel jueves por la tarde la tormenta atemperó los ánimos y nadie vio chairos o fifís en las calles, sino mexicanos orgullosos para quienes las diferencias políticas habían dejado de existir, mientras festejaban con la camiseta verde bien puesta. En aquellos momentos, y por un breve instante, el país vivió un sueño en el que los problemas parecían no tener importancia.
Al despertar, sin embargo, el dinosaurio todavía estaba allí. El campeonato de futbol será un distractor hasta bien entrado julio: para bien o para mal, el desempeño de la Selección Nacional marcará el rumbo próximo de las emociones colectivas. En este marco se realizan las últimas negociaciones del acuerdo trilateral, mientras que la presión de las autoridades norteamericanas por detener al, sin lugar a dudas, primero de varios lotes de políticos ligados al narcotráfico, se incrementa cada vez más. Los grupos violentos, mientras tanto, han aprendido cuáles son los límites y debilidades del Estado, tanto en sus tácticas operativas como en su capacidad de respuesta. Vivimos momentos peligrosos: un solo petardo, en estas circunstancias, sería más que suficiente para ocasionar una catástrofe.
Popularidad y gobernabilidad no son lo mismo: la primera se puede conseguir fácilmente con apoyos sociales y polarización interna, pero la segunda requiere —por fuerza— de un compromiso a largo plazo con el estricto cumplimiento de la norma y el fortalecimiento del Estado de derecho. El cambio de estrategia en el momento adecuado, como demuestra la historia, es lo que distingue a las estadistas de las herederas.
