Nadie quería esto
México se ha convertido en el país de un solo hombre: no es preciso ser de izquierda o de derecha para advertirlo. México se ha convertido en un país que marcha al ritmo que le toquen cada mañana, México es un país en el que hemos dejado de debatir lo que será ...

Víctor Beltri
Nadando entre tiburones
México se ha convertido en el país de un solo hombre: no es preciso ser de izquierda o de derecha para advertirlo. México se ha convertido en un país que marcha al ritmo que le toquen cada mañana, México es un país en el que hemos dejado de debatir lo que será mejor para el futuro para centrarnos, día con día, en cómo cumplir con los caprichos de una sola persona.
México se ha convertido en un país gobernado desde un púlpito, desde el que lo mismo se imparte justicia que se denuncian conspiraciones, en el que se decide sobre lo que hablaremos y cómo deberíamos sentirnos al respecto. Un púlpito que no conoce la empatía, que premia la lealtad absoluta de algunos, y suelta la jauría sobre otros, en un espectáculo cotidiano con el que se distrae la atención en tanto llega la siguiente elección, mientras que los verdaderos problemas del país —aquellos por los que se le brindó el voto a la administración actual— siguen sin resolverse.
Nadie quería que México se convirtiera en esto. Nadie, ni siquiera el propio Presidente, quien albergaba un sueño de gloria que nunca se esforzó por ocultar, quien soñaba con que su mero arribo al poder sería suficiente para que los problemas se solucionaran, terminando por creer —a fuer de repetición— en su propia mentira, repetida mil veces. Quien creía en sus propias soluciones simplistas a problemas complicados, quien estuvo esperando durante años la oportunidad que, finalmente, desperdició.
Y de qué manera. De haberse podido convertir en el prócer al que aspiraba, por la vía pacífica de los resultados, la dureza de la realidad le ha obligado a cambiar de rumbo y revelar, desde ahora, sus verdaderas intenciones autoritarias. Quien pretendía un cambio moral, resultó estar rodeado de corrupción; quien no ha sido capaz de demostrar resultados en su gestión, hoy está inmerso en un asalto frontal a las instituciones que defraudaría no sólo al Andrés Manuel de otros tiempos, sino que tendría que ser motivo de decepción entre quienes, desde hace décadas, han querido brindarle el beneficio de la duda.
Quienes han luchado por la democracia, que han derramado sangre y cuyos compañeros han perdido la vida, no pueden estar de acuerdo con el amago de sedición —y las amenazas a la autoridad— de la semana pasada, realizado por un priista violento, y presunto violador, solapado por el Presidente. ¿Eso es la izquierda? Quienes han luchado por el Estado de derecho, y han librado mil batallas en contra de la injusticia y el abuso de las autoridades, no pueden estar de acuerdo con el flagrante acto de autoritarismo con el que se ha puesto a la SCJN entre la espada y la pared. ¿Es eso ser republicano?
Quienes han asumido como suyas las luchas por la igualdad no pueden estar de acuerdo con la falta de comprensión hacia las causas de las mujeres, hacia los niños con cáncer y sin medicamentos, hacia el medio ambiente y el desarrollo sustentable. Quienes se asumen como ciudadanos no pueden estar de acuerdo con la agresión constante a los derechos humanos de quienes son como ellos; quienes presumen ser responsables no pueden estar de acuerdo con los atentados sistemáticos, y persistentes, en contra del medio ambiente.
El próximo 22 de abril se celebra el Día de la Tierra, y los agravios se acumulan. Las políticas públicas en materia ambiental —como tantas otras en este sexenio— han sido un fracaso monumental cuyas repercusiones pueden observarse, todos los días, en el aire que respiramos. Los incendios de las últimas semanas no son normales, sino la consecuencia directa de las políticas irracionales de austeridad, y del mal diseño de programas públicos como Sembrando Vida, que sólo ha fomentado la deforestación, o disparates como el Tren Maya y la refinería de Dos Bocas, que sólo han traído un ecocidio y la destrucción del manglar. El futuro es de todos, pero en especial de nuestros hijos: México se ha convertido en el país de un solo hombre, pero ha llegado el momento de regresarlo a todos los mexicanos. Nadie, nadie quería esto.