El mundo no es de izquierdas

Víctor Beltri

Víctor Beltri

Nadando entre tiburones

“Yo nunca fui de izquierdas”, aseguraba el presidente Lula da Silva a la directora del Fondo Monetario Internacional y al canciller de Alemania, durante la reciente reunión del G7 en Évian, Francia. “Yo era un líder sindical que tenía excelentes relaciones con los sindicatos europeos”, explicó sin percatarse que su micrófono estaba abierto.  

“En los EE. UU., los republicanos permanecen en el poder más tiempo que los demócratas; en Francia, los socialistas también duran menos. ¿Qué nos prueba eso?”, preguntó a los líderes que lo miraban atónitos. “Que el mundo no es de izquierdas”, continuó sin cambiar el rostro. “El mundo pertenece al camino del punto medio. Esa es la verdad”, concluyó el político que construyó, junto a Fidel Castro, la mayor organización de partidos políticos de izquierda del mundo. Las declaraciones causarían revuelo en el mundo entero: Luis Ignacio Lula da Silva, con el Foro de São Paulo, no sólo fue el creador del “Socialismo del siglo XXI” sino que terminaría por convertirse en el símbolo de la izquierda latinoamericana. En esta región del mundo, Lula era la izquierda y la izquierda no era nadie más que Lula. 

Da Silva, sin embargo, siempre se ha definido como un político pragmático. La indudable capacidad del brasileño para otear los vientos del ambiente geopolítico, y adelantarse a ellos, quizá sea la clave última de su supervivencia a lo largo de los tiempos. Como sindicalista, como candidato presidencial, como mandatario en su primer y segundo periodo. Como opositor, como preso político, como contraparte comercial de las naciones más poderosas del mundo, en los momentos de la mayor complejidad posible. Momentos como los que estamos viviendo, momentos que requieren de definiciones claras. “Yo nunca fui de izquierda”, trató de convencer a los líderes del G7 desde el fondo de su pragmatismo habitual: el presidente, al parecer, sabe que no le conviene seguir estando en el lado equivocado de la historia y está tratando de reposicionarse. 

“La situación exige cambios urgentes y necesarios”, afirmó por su parte el dictador cubano, Miguel Díaz-Canel, en el contexto del paquete de reformas económicas presentado hace unos días, las mayores de los últimos años. “No se puede seguir haciendo lo mismo esperando resultados distintos”, aseguró mientras presentaba lo que, hasta el momento, no se sabe si es iniciativa propia para salvar el pellejo o una sugerencia realizada por el Departamento de Estado norteamericano con miras a un proceso futuro de sucesión controlada. El pragmatismo terminó por rebasar a la ideología, de una forma u otra: el mundo ha cambiado a pasos agigantados, y quienes han leído las señales replantean su posición geopolítica antes que sea demasiado tarde. Quienes no comprendan que ahora todo es distinto, tendrán que resignarse a las consecuencias de sus propios errores. 

“¿Cómo se convirtió la presidenta de México en la líder de izquierda más popular del mundo?”, se planteaba el prestigioso diario The Guardian —desde Reino Unido— el 11 de junio, en un artículo celebrado y difundido por los seguidores de la mandataria como si se tratara del reconocimiento de una victoria moral. “Son tiempos de cambiar”, declararía Díaz-Canel al día siguiente de la publicación del texto, al presentar su inusitado paquete de reformas. “Yo nunca fui de izquierda”, aseguraría Lula unos días más tarde, el 17 de junio, en un esfuerzo desesperado por alinearse con las potencias del G7. Cuba y Brasil pudieron respirar, aunque fuera por un instante: la carga política de ser reconocidos como los líderes más populares de la izquierda mundial, al menos, ya no les correspondía a ellos. 

“El mundo no es de izquierdas”, fue la frase lapidaria de un presidente curtido y pragmático que ha demostrado saber anticipar el futuro. El mundo tampoco le pertenece a la derecha, sin embargo: “El mundo pertenece al camino del punto medio. Esa es la verdad”.