Gobernando por el rating

La mañanera terminó por devorar al gobierno. El novedoso “ejercicio circular”, planteado por el Presidente al inicio de la administración, le permitió dar un nuevo giro a una idea que ya había funcionado, hace veinte años, para hacerse de la agenda pública.La ...

Víctor Beltri

Víctor Beltri

Nadando entre tiburones

La mañanera terminó por devorar al gobierno. El novedoso “ejercicio circular", planteado por el Presidente al inicio de la administración, le permitió dar un nuevo giro a una idea que ya había funcionado, hace veinte años, para hacerse de la agenda pública.

La premisa era sencilla. Ante la opacidad de los gobiernos anteriores, y la poca confiabilidad de los medios tradicionales, el Presidente se comunicaría de manera directa con el pueblo, informando todos los días sobre los avances de su gestión, y respondiendo a cualquier pregunta que se le formulara. Un contraste absoluto con sus predecesores.

El experimento funcionó, y la mañanera causó furor desde un principio. El Presidente ha sabido aprovechar su instinto respecto al malestar de la gente, y las declaraciones —y ocurrencias— del mandatario han sido suficientes para desactivar, sin mayor repercusión, crisis que hubieran puesto en vilo a cualquier gobierno. La estridencia gubernamental lo acapara todo, y ha sido suficiente para generar, incluso, una industria en su entorno: comentaristas; exégetas del mensaje presidencial, youtubers, periodistas improvisados que aprovechan los nuevos espacios en su propio beneficio.

El público —sin embargo— es un monstruo insaciable, que siempre quiere un poco más. A los chistoretes y refranes han seguido —como en cualquier programa de variedades matutino que pretende mantener el rating— la inclusión de nuevos personajes y secciones; invitados especiales, rifas espectaculares, canciones nostálgicas, gastronomía mexicana —y los chismes del momento sobre sus enemigos— con los que la producción espera mantener la popularidad de un Presidente que en los hechos ha dejado de gobernar, para —tan sólo— dedicarse a generar los contenidos del programa del día siguiente.

Mientras tanto, los problemas continúan y se incrementan. La mañanera ha devorado al gobierno, y el conductor de televisión devoró a un mandatario para el que su propia imagen se convirtió en lo único importante, a despecho incluso de sus propios principios y sus colaboradores más cercanos. La tolvanera de los últimos días no ha terminado, pero sus efectos ya pueden advertirse, tanto en el entusiasmo de la oposición —ante las victorias más recientes— como en la zozobra, cada vez más notoria, de un primer círculo presidencial que se advierte tan desconcertado como el resto de nosotros, mientras recibe ataques tan arteros como el sufrido por la secretaria de Educación, por parte del propio Presidente, a los que no puede responder. Lealtad ciega, se exigió desde un principio.

Lealtad ciega, que no es correspondida. Las líneas de comunicación al interior del gobierno federal están rotas, y no existe coordinación entre las diferentes áreas, ni mucho menos entre éstas con el Ejecutivo, a menos que le puedan proveer de contenido para la conferencia matutina. Los funcionarios deberían saber, empero, que su cargo conlleva responsabilidades de las que no podrán sustraerse en un futuro y que, en algún momento, deberán justificar las decisiones que hoy están asumiendo por quedar bien con alguien más.

La pandemia continúa, y las muertes se siguen acumulando, bajo la gestión de un secretario de Salud que subordina su opinión a la de un subsecretario fatuo; el Estado de derecho se debilita, sin que la secretaria de Gobernación —que además fue ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación— se atreva a intervenir y hacer algo al respecto. La economía se desploma, mientras se descalifica a los expertos; los ecosistemas nacionales se degradan, y nuestras especies se extinguen a la vista del mundo entero, sin que ninguno de los que tendrán que asumir la responsabilidad histórica se atreva a levantar la cara, y decirle —por fin— que no, a quien tan sólo los ha estado utilizando para cumplirle al monstruo insaciable de su propia soberbia.

Llevamos ya tres años, e incluso quienes entraron al gobierno aportando su 10% de preparación, pero su 90% de lealtad, se están dando cuenta. ¿Hasta cuándo seguirá esta locura?

Temas: