May you live in interesting times…
Las relaciones multilaterales se encuentran comprometidas por la amenaza de guerra entre Estados Unidos y Corea del Norte

Víctor Beltri
Nadando entre tiburones
...Como los que vivimos, sin duda. La frase se ha considerado, durante siglos, como una maldición china inmemorial que, a pesar de no serlo, resulta tan ominosa en sus designios como si lo fuera. Tiempos interesantes, como serán vistos a la distancia, pero que mientras transcurren no representan sino tribulación e incertidumbre, a todos los niveles, para la mayor parte del mundo occidental.
A todos los niveles. En el ámbito global, las relaciones multilaterales se encuentran comprometidas por la amenaza de guerra latente entre Estados Unidos y Corea del Norte, y la volatilidad de una situación que depende del criterio de dos individuos que llegaron al poder de manera incidental. En los diversos ámbitos políticos nacionales, la escena está poblada, en todos los países, de escándalos de corrupción y del embate de las fuerzas políticas más conservadoras, que encuentran un nicho en el descontento de los electores, como lo muestra el ascenso de los movimientos de ultraderecha en Reino Unido —que lograron el Brexit— así como los de Francia y Países Bajos, que, si bien no llegaron al poder como en Estados Unidos, en cambio han puesto en evidencia el desgarramiento del tejido social. Un tejido social —tercer ámbito— que en todos los países se enfrenta a una división cada vez más profunda, que en Estados Unidos ha llevado a la sociedad a una crispación tal que podría ser la semilla de una guerra civil.
Tribulación e incertidumbre. En Europa, la unión en riesgo, el regreso de la ultraderecha, la crisis de los refugiados. En Estados Unidos, la pérdida de liderazgo y la guerra inminente, la colusión de Trump y sus allegados, las protestas que terminan en asesinatos. En nuestro país, el tratado que ha sido nuestra espina dorsal en riesgo, los escándalos de corrupción incesantes, la inseguridad y una sociedad tan desesperada que está dispuesta a creerle al lobo a pesar de que lleva dos elecciones viendo cómo se pone el disfraz de oveja.
Tiempos interesantes, como todos los que anteceden un gran cambio. El sistema ha llegado al límite, y quien tendría el poder de transformarlo no tiene la capacidad de advertirlo. Al contrario. Trump se enfrenta al cambio con regresión, y pretende imponer políticas cuya profundidad requeriría de un Dickens para poder describirlas cabalmente. Políticas públicas sin pies ni cabeza, a final de cuentas, pero cuya estridencia ha sido proporcional, en cada momento, al tamaño de los escándalos personales que han tratado de opacar: está documentado —por ejemplo— que la declaración sobre las tropas transgénero coincidió con el cateo al domicilio de su director de campaña, así como la tensión con Corea del Norte se ha incrementado, sin razón aparente, conforme la investigación se ha acercado a su entorno, y así también cómo ha alimentado el odio de los grupos cuyas acciones homicidas se ha negado a condenar, porque sabe que constituyen su base más dura. Trump está jugando con fuego a varios niveles, y cada una de las acciones que está tomando podría tener consecuencias abrumadoras a largo plazo: desde un conflicto termonuclear hasta una guerra civil o, lo que necesariamente habrá de ocurrir, el desmantelamiento de un sistema presidencialista que, tal como lo conocemos, confiere poderes que pueden representar un gran peligro en las manos equivocadas. En unas manos como las de Donald Trump.
Hoy, nos enfrentamos al riesgo de un conflicto nuclear administrado por dos cretinos, a los sistemas políticos nacionales inmersos en la desconfianza, a las sociedades que se dividen por cuestiones que creíamos resueltas hace medio siglo. Hoy es el día en el que la intolerancia es, de nuevo, un hecho. El día en el que las swastikas han vuelto a desfilar, el día en que se ha vuelto a matar por la diferencia en las ideas. Tiempos interesantes, sí. Una maldición china, casi, también.