Frente Amplio Democrático: no es por ahí

Vamos, Chemita. No, no es por ahí. La estrategia con la que el PRD y el PAN pretenden contender por la presidencia en el 2018 la construcción de un Frente Amplio Democrático FAD entre partidos de oposición tiene problemas de fondo que podrían terminar complicando, ...

Víctor Beltri

Víctor Beltri

Nadando entre tiburones

Vamos, Chemita.

No, no es por ahí. La estrategia con la que el PRD y el PAN pretenden contender por la presidencia en el 2018 —la construcción de un Frente Amplio Democrático (FAD) entre partidos de oposición— tiene problemas de fondo que podrían terminar complicando, aún más, la posición de los partidos que pretenden adoptarla tras la conclusión del proceso.

Y es que el cordon sanitaire que pretenden imponer para llevar a la Presidencia a un candidato común no resistirá la pregunta que el Frente Nacional por la Familia le habrá de plantear más temprano que tarde: ante el cuestionamiento sobre la causa del matrimonio igualitario —y los derechos de género— ninguno de los dos partidos puede dar una respuesta que sea, al mismo tiempo, congruente con sus valores y compatible con la de su aliado. Si la respuesta fuera a favor de las posturas progresistas, el PAN se encontraría en un callejón sin salida en el que no está —sin duda— dispuesto a colocarse, y los conservadores llevarían sus votos al rebozo que quisiera cobijarles. Si la respuesta fuera en contra, el PRD perdería el último vestigio de legitimidad que les permite asumirse como una institución de izquierda.

En términos tácticos, un frente como el FAD, planteado entre aliados que albergan posturas irreconciliables —el cordon sanitaire—, funciona en contra de un, y sólo un, planteamiento ideológico: en otros países, la extrema derecha, los separatistas, los comunistas. En el nuestro, en el 2000, Sacar al PRI de Los Pinos; en el 2006, el Peligro para México; en el 2012 la Guerra contra el narco. Pero en el 2018 difícilmente podrían construir una causa que les permitiera enfrentarse con un rival, primero, y luego con el otro que tendrían que derrotar: la causa en contra del PRI no puede convertirse también en la causa en contra de Andrés Manuel. En términos prácticos, además, el frente constituye una traición para la militancia de ambos partidos: quienes han trabajado durante años en la construcción de una carrera, con una visión compartida con una institución a la que el compromiso le ha afiliado, se merece, al menos, la oportunidad de competir, y asumir los cargos que en justicia le corresponderían. Es difícil, por ejemplo, imaginar a un equipo tan comprometido como el de Margarita ponerse a las órdenes del de Mancera, o a uno con las estructuras de poder tan definidas como las del jefe de Gobierno haciéndolo con las de quien ha luchado durante años por brillar con luz propia. Aquí, lamentablemente, no existe un ganar-ganar.

No existe un ganar-ganar porque son tantos los obstáculos, y tan poco claros los objetivos, que termina por parecer que el único objetivo es la obtención del poder a toda costa. Si el objetivo fuera, en realidad, que la democracia se fortaleciera, la lucha sería por reforzar las instituciones para garantizar un proceso irrebatible. Si el objetivo fuera evitar la continuidad del PRI, la lucha tendría que ser la misma, como también lo sería si lo que trataran, en realidad, fuera satisfacer a su propia base de electores. El proyecto es tan ambiguo en sus bases, tan incompatible en sus discursos, tan irrealizable en su ejercicio que difícilmente podrá ser explicado tras el cisma que habrá de provocar, necesariamente, con las alas más congruentes de cada instituto político.

No es por ahí. Un Frente Amplio Democrático, llevado a sus últimas consecuencias, terminaría por debilitar a sus integrantes y a las instituciones, y favorecería a cualquiera de las opciones que hoy pretenden evitar: la que les pone penultimátums y la que parece estar dispuesta a cualquier cosa —incluso a la infamia de pinchar teléfonos— con tal de permanecer en el poder. México no necesita más confrontaciones, ni una guerra de lodo que —en las condiciones actuales— no puede tener buen resultado: la única manera de vencer a la corrupción, y a las instituciones e individuos que la promueven, es establecer los mecanismos para que no pueda ocurrir. Quien llegue, bajo esas reglas, en realidad no importa.

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