El domingo pasado, Javier Aguirre oficializó la lista de los futbolistas convocados para participar en la gran justa internacional que arrancará el próximo 11 de junio. El mismo 31 de mayo, desde el Monumento a la Revolución, el poder oficializó otra alineación. La diferencia es que mientras en el futbol todavía existen convocatorias, en la política existen favoritismos y sucesiones.
La entrenadora en jefe ya llevaba semanas definiendo a sus titulares. A los jugadores de mayor confianza les asignó lugares clave en la cancha, mientras que varios de los heredados del cuerpo técnico anterior se fueron a la banca. Con una nueva alineación, aprovechó su acto en el Monumento a la Revolución para dirigirse a la afición, volviendo a colocar la soberanía como eje de su discurso. Aunque sus palabras fueron aplaudidas por la tribuna oficial, el VAR estadunidense pidió revisar la jugada varias veces.
El primero en reportarse fue el técnico emérito. Desde La Chingada, el hombre que armó al equipo original salió de pseudoretiro para mandar instrucciones por carta. Nadie tiene claro si alguien lo llamó a la concentración o si simplemente escuchó el silbatazo desde su rancho y decidió entrar a la cancha. Juró que la actual entrenadora era la mejor y atribuyó el mal humor del árbitro del norte no a las jugadas sucias mexicanas, sino a sus “falsos amigos y consejeros”. La versión oficial lo llamó respaldo; la repetición en cámara lenta lo llamó por su nombre: vendarse la rodilla antes de que llegue la entrada.
De la cantera, en cambio, subió la gran promesa de apellido pesado. Quien es mejor conocido como Andy renunció a su cargo en el club guinda para buscar una ficha como diputado por Tabasco. Acto seguido, apareció en una foto junto con su padre, pese a que, según él, nada está heredado y disputa su lugar en la selección morenista como cualquier prospecto juvenil surgido de fuerzas básicas.
Mientras tanto, el único equipo que de verdad tocó el balón esta semana fue el magisterio e incluso metió algunos penales. La CNTE invadió la cancha de Reforma, derribó y desvistió las estatuas conmemorativas, bloqueó accesos estratégicos y hasta se echó una cascarita bajo la lluvia. Consiguieron, como siempre, tiempos extra en las mesas de negociación y nuevas concesiones.
Entonces, desde el norte se sacó una tarjeta roja. El diario LA Times difundió versiones sobre presuntas investigaciones del gobierno de Estados Unidos contra los gobernadores de Sonora y Tamaulipas. Ellos respondieron, mano en el pecho, que siguen en la alineación titular y que conservan su visa, lo que llevó a la porra contraria a decir que sí las tenían físicamente porque no han intentado cruzar la frontera para que se las quiten. La banca de expulsados morenistas comienza a verse concurrida.
Todo eso sucede mientras el país acelera los preparativos para recibir los reflectores internacionales. Los estadios se remodelan, el aeropuerto intenta no caerse a pedazos. En la Ciudad de México, algunas líneas del Metro se cierran para terminar contrarreloj las obras que llevan al estadio, y los puentes peatonales cambian de color a la velocidad de un camaleón político: de amarillos a morados, para regresar a ser amarillos. El objetivo es echar el polvo debajo del tapete antes de que lleguen los invitados.
Aguirre cerró su preparación y se concentra para el debut; la otra selección, la política, llega a la inauguración confiada en que su afición no pedirá jamás la repetición. Aquí, los jugadores acumulan amonestaciones, expulsiones e incluso visas canceladas. En el futbol, las tarjetas sacan a los jugadores de la cancha, en Morena son parte del uniforme.
