No somos iguales… hasta que lo somos

Vianey Esquinca

Vianey Esquinca

La inmaculada percepción

Andrés Manuel López Obrador convirtió el “no somos iguales” en un certificado de superioridad moral y en un repelente frente a cualquier comparación incómoda con el pasado. Los de antes robaban, viajaban con todo lujo, abusaban del poder, colocaban amigos y confundían al gobierno con el partido. Los que llegaron en 2018 venían a transformar todo eso, dándole su toque personal. 

La aportación más reciente a la austeridad republicana llegó desde Quintana Roo, donde Mara Lezama tuvo que explicar varias docenas de vuelos privados documentados en una investigación periodística. La gobernadora aclaró que no fueron pagados con dinero público, por lo que el país estaría ante la primera funcionaria que aprendió a multiplicar milagrosamente no los panes, sino los viajes privados sólo con su sueldo. Después ofreció una razón blindada contra cualquier crítica: según dijo, ella debía combinar sus responsabilidades como servidora pública con su “rol como madre”, argumento que convierte al jet privado en una especie de estancia infantil y deja mal paradas a las millones de mexicanas que combinan doble jornada sin haber pisado ni siquiera el Cablebús. 

Incluso la presidenta Claudia Sheinbaum tuvo que rendirse ante semejante aclaración y, aunque había sido muy crítica con el uso de aeronaves privadas, ahora solo le quedó decir que: “ha hecho algunos viajes con sus recursos personales, esa es la explicación que ella está dando”. 

Algo ha quedado claro, el paladar y el gusto por lo bueno de los morenistas se han ido refinando conforme avanza la transformación. Así, se han ido documentando la forma en que Ricardo Monreal, Mario Delgado, Layda Sansores, diversos legisladores de Morena y el propio Andy López Beltrán interpretan la frugalidad. Ellos han demostrado que necesitan viajar a Europa o Asia para recuperarse de sus extenuantes jornadas de trabajo. Otro que probó de los manjares del poder es Benito Taibo, director de Radio UNAM, que terminó cargando a la UNAM desde langosta hasta cortes de carne y vinos. A estas alturas queda claro que la austeridad puede ser franciscana sin necesidad de renunciar a los frutos del mar. San Francisco nunca dejó instrucciones tan específicas. 

Morena construyó parte de su legitimidad al denunciar esas conductas. El problema nunca ha sido que un político pague de su bolsillo una cena, un hotel o un boleto en business, sino haber convertido la sobriedad personal en prueba de honestidad pública para luego descubrir que, instalados en el poder, la justa medianía puede tener un upgrade.

Lo mismo ha ocurrido con la corrupción. Los escándalos se multiplican, mientras se acumulan señalamientos de infiltración criminal en gobiernos y estructuras partidistas. A esto se suma la velocidad con la que Morena aprendió a usar la mayoría como aplanadora, a colonizar instituciones, a premiar lealtades y a confundir el triunfo electoral con una licencia para desmontar contrapesos. Sin contar con las obras emblemáticas que, a pesar de haberse construido con sobrecostos, siguen sin funcionar. Todo lo anterior ejecutado con una técnica que habría arrancado lágrimas de orgullo en la vieja escuela priista.

“No somos iguales” funcionó mientras la comparación se hiciera con el pasado. El problema es que ahora la única referencia es el presente en el que aparecen los lujos, las tiendas de diseñador, los escándalos y la concentración del poder. López Obrador tenía razón: no son iguales, tuvieron seis años para estudiar a sus antecesores, aprender sus vicios y corregir sus deficiencias. El resultado está a la vista, no vinieron a parecerse a los de antes; vinieron a superarlos.