La fecha que nadie celebró

Ayer 11 de octubre, se cumplieron 35 años de que el Congreso de la Unión decretara la creación del Instituto Federal Electoral, aquella institución que nació en 1990 con la misión de “de contar con una institución imparcial que dé certeza, transparencia y ...

Ayer 11 de octubre, se cumplieron 35 años de que el Congreso de la Unión decretara la creación del Instituto Federal Electoral, aquella institución que nació en 1990 con la misión de “de contar con una institución imparcial que dé certeza, transparencia y legalidad a las elecciones federales”, lo cual se convirtió en una especie de chiste local porque durante sus primeros años de vida, el IFE era presidido por el secretario de Gobernación en turno que operaba las elecciones como si fuera el organizador de una tómbola de feria patronal. Ganaba quien el poder determinaba, al menos hasta 1994.

Hubo que esperar hasta 1996 para que José Woldenberg llegara como el primer consejero presidente ciudadano y el organismo finalmente dejara de ser ventrílocuo del Ejecutivo. Ése sí fue un logro. Eso sí merecía celebrarse. En cambio, lo de ayer fue como recordar al cumpleañero en su propio funeral.

Woldenberg navegó las aguas turbias de la transición democrática y construyó la credibilidad del instituto desde cero. Después vinieron otros, cada uno cargando su propia cruz. Lorenzo Córdova llegó en tiempos de populismo galopante y resistió embates del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador y sus huestes que hubieran hecho que cualquiera saliera corriendo a buscar una notaría o un cargo de elección popular para tener fuero. Todo ese esfuerzo, toda esa épica democrática que tomó décadas consolidar, parecía garantizar que México jamás volvería a los tiempos oscuros. Parecía…

Hoy, en 2025, el INE tiene un nuevo guardarropa institucional, donde prevalece un tono guinda. Ese color que Morena adoptó como bandera y que ahora parece haberse metido hasta en el ADN de instituciones que juraron mantenerse neutrales

La prueba del delito llegó con la asignación de diputaciones plurinominales tras las elecciones de 2024. Ahí, el INE realizó una proeza matemática y convirtió 54% de los votos de Morena en casi 73% de los escaños en la Cámara de Diputados. Magia pura. Alquimia electoral. Una sobrerrepresentación tan descarada que permitió que Morena obtuviera el poder absoluto para reformar la Constitución a placer, como si el país fuera plastilina moldeable según el antojo del momento.

La institución que debía garantizar que ningún partido pudiera hacer trampa en la cancha electoral ahora parece más preocupada por no incomodar al poderoso de turno.

La tragedia puede ser completa con la reforma electoral que ahora se cocina. Si antes el INE estaba herido, esta reforma amenaza con darle el tiro de gracia, porque hoy el poder necesita todo menos una democracia saludable. Los promotores de la reforma quieren desmantelar lo que costó décadas construir para regresarlo a los tiempos en que el gobierno era juez y parte.

Si cumplen sus amenazas, cuando cumpla 36 años, no habrá velas que soplar. Por eso, quizá el mejor homenaje al IFE no sea celebrarlo, sino recordarlo. Recordar que alguna vez hubo consejeros con voz y carácter y ciudadanos que salieron a las calles para gritar: “A eso vine… a defender al INE”, “Se ve, se siente, el INE está presente”, “Obrador, Obrador, ya pareces dictador”,

El 11 de octubre, que no fue festivo para la democracia, debería ser un examen de conciencia nacional. Si el pasado forjó un instituto autónomo, el presente podría convertirlo en cenizas si se permite que reformas lo conviertan en correa de transmisión ideológica. El día que debió celebrarse como un día de valentía cívica, se conmemoró como un momento de grietas y nuevas concesiones al poder que harían ser muy felices a los Fernandos Gutiérrez Barrios o a los Patrocinios González Blanco.

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