Descubriendo el agua tibia
Claro, cuando lo hace el gobierno es “participación ciudadana comprometida”.
El coordinador de Infodemia del gobierno federal, Miguel Ángel Elorza, acudió el jueves pasado a la mañanera presidencial con un semblante grave y el aire de quien está por revelar los secretos mejor guardados del Pentágono.
Con gráficas y capturas de pantalla, el funcionario desenmascaró lo inconfesable: la marcha de la Generación Z de este 15 de noviembre no era orgánica, había intereses detrás, financiamiento y, lo peor, había (pausa dramática) ¡gente coordinándose! En efecto, descubrió el agua tibia, el hilo negro y, de paso, que el cielo es azul, revelando que detrás de la convocatoria había panistas, priistas, empresarios, influencers, bots y extranjeros.
La estrategia de descalificación no es invento de este sexenio. Andrés Manuel López Obrador la perfeccionó hasta convertirla en arte, así cualquier marcha en su contra era “golpista”, fifí, “conservadora” o, el adjetivo todoterreno, “neoliberal”. Si alguien se manifestaba, era parte de una conspiración internacional; si había alguna crítica era bajo sueldo de Claudio X. González.
Desde el punto de vista de Morena, la marcha de este sábado no podía ser una expresión legítima de hartazgo juvenil o ciudadano, tenía que ser un complot orquestado por la derecha internacional. Admitir que hay personas genuinamente molestas sería demasiado incómodo para la narrativa oficial.
Ahora que son gobierno se hacen los sorprendidos, cuando su movimiento perfeccionó el uso de redes sociales y granjas de cuentas falsas mucho antes de que la Generación Z supiera qué era Twitter. Ahora resulta que cuando la oposición hace lo mismo amerita un espacio y presentación en PowerPoint.
La rigurosísima investigación que presentó Elorza daba entre ternura y risa, porque creer que en este país algo surge por generación espontánea es de una candidez casi conmovedora. ¿Alguien piensa realmente que las multitudes se materializan en el Zócalo para los informes presidenciales sólo porque les dio el gustito de escuchar dos horas debajo del sol ardiente un discurso? ¿De verdad hay quien cree que esos miles de ciudadanos llegaron por su propio pie, pagaron su camión y se llevaron su torta desde casa? Ahí están los autobuses pagados, los lonches garantizados y el acarreo perfectamente aceitado. Claro, cuando lo hace el gobierno es “participación ciudadana comprometida”.
El funcionario también descubrió que había cuentas creadas en octubre específicamente para la marcha. ¡Vaya revelación! ¿Y las cuentas que aparecen cada tres años sólo para defender al gobierno en turno? Encontró que influencers que hablaban de tips y entretenimiento ahora hablan de política ¡escándalo mayúsculo! Por supuesto, fue muy conveniente que olvidara mencionar que sus propios aliados del Partido Verde fueron multados por el INE precisamente por contratar influencers para pedir el voto en plena veda electoral. Eso sí era orgánico, seguramente.
Además, utilizando la universal técnica Vilchis (al vil chilazo) calculó que la estrategia digital costó 90 millones de pesos. Sería interesante que hiciera las cuentas de cuánto cuesta mantener el aparato de propaganda gubernamental, las conferencias mañaneras con escenografía y toda la maquinaria digital oficial.
La realidad es que en México y en el mundo siempre hay alguien detrás de los movimientos. Siempre hay intereses, financiamiento, estrategia y coordinación. Lo hay en las marchas opositoras y lo hay en las movilizaciones oficialistas, pero asumir que cada participante es un adversario pagado y manipulado no es más que un ejercicio de pensamiento simplista y empobrecido.
