Cuando el plomo deja de doler

El daño no fue físico, sino simbólico: el poder quedó expuesto.

Cuando Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan, fue asesinado la indignación se hizo presente. Su muerte sacudió al país, los periódicos nacionales e internacionales replicaron la noticia, las redes sociales ardían con trending topics relacionados al político que cometió el pecado de ser independiente y de enfrentarse al crimen organizado.

La tragedia alcanzó para lo de siempre: discursos de “cero impunidad”, condolencias y reuniones urgentes de seguridad. Incluso la propia presidenta Claudia Sheinbaum tuvo que salirse de su guion habitual y hacer frente a la presión que exigía una postura inmediata. No faltó el consabido “Plan Michoacán” versión 4.0 y la ya tradicional costumbre de la 4T de culpar a Felipe Calderón. Sin embargo, en el mundo digital la efervescencia inicial fue bajando y para este viernes el tema prácticamente había quedado desplazado de las tendencias nacionales. El enojo social se concentró únicamente en Michoacán, donde las marchas y los reclamos por justicia mantienen cierto interés mediático y publicaciones en portadas en algunos periódicos.

No sólo es inquietante el crimen, sino la eficiencia emocional con que se ha procesado. México ha perfeccionado el arte del duelo exprés, de la ira se pasa a la aceptación en cuestión de días. Es justamente a eso a lo que le apuestan los políticos; el partido en el poder y el gobierno federal saben que México ha desarrollado una forma de anestesia cívica que se conmueve e indigna, pero fácilmente olvida. Para que ese enojo se convierta en cambio debe presentarse una fuerza mayor capaz de aglutinar la indignación y canalizarla hacia la movilización social que no se extinga con el siguiente escándalo. Esa figura, movimiento o partido que logre mantener vivo el reclamo más allá del ciclo noticioso hoy no se ve claramente. Esa es quizás la victoria más contundente y triste del régimen, que no necesita reprimir el repudio y desaprobación, sólo esperar que se evaporen solos, rogando que no venga otro episodio que vuelva a detonar la crisis.

Esa ceguera voluntaria, ese pacto tácito de mirar hacia otro lado, es lo que ha normalizado que los alcaldes y políticos locales sean asesinados. La tragedia del interior de la República tiene un problema de marketing, ocurre muy lejos del centro. Las balas suenan sin la misma estridencia que cuando se escuchan en Polanco.

Resulta especialmente obsceno que los que salieron a acusar a quienes opinaban sobre esta tragedia de actuar como “buitres” y “carroñeros” fueron precisamente quienes durante años hicieron del ejercicio de la carroña una práctica política. Esos que politizaban el precio de la gasolina, que convirtieron la Casa Blanca en telenovela nacional, los que usaron Ayotzinapa como bandera electoral durante años y quienes nunca dejaron de pasar una tragedia sin sacarle rédito político, exigen ahora silencio y “no lucrar con la tragedia”. Los buitres no dejaron de serlo sólo por estar ahora en el gobierno o en el Congreso.

Ese sentimiento de vulnerabilidad que se vive en los municipios no fue ajeno a la mandataria cuando un hombre alcoholizado la acosó mientras caminaba por las calles del Centro Histórico. Bastaron unos segundos para poner en evidencia que ni la máxima autoridad del país está realmente protegida. El daño no fue físico, sino simbólico: el poder quedó expuesto.

Afortunadamente, Sheinbaum decidió denunciar, lo que garantiza un cambio de política en el tema de acoso; desafortunadamente Manzo, aunque denunció, la justicia nunca le llegó, pidió ayuda y recibió flores en su funeral porque si bien las violencias no distinguen jerarquías, la justicia sí.

Temas: