Autoayuda para gobernar

Vianey Esquinca

Vianey Esquinca

La inmaculada percepción

Hay países en los que cuando el Ejecutivo pierde una votación en su Congreso se considera una derrota. En México no, en el país perder es una fase del proceso, una etapa pedagógica, una jugada maestra y un acto de amor al pueblo que no estaba enterado que necesitaba ese acto de desprendimiento y generosidad.

Como es sabido, la Presidenta envió su reforma electoral a la Cámara de Diputados y la vio estrellarse contra la aritmética legislativa. Al día siguiente explicó que aquello “no era una derrota”, porque “todos sabíamos que no se iba a aprobar” y que ella ya le había cumplido al pueblo al presentarla.

La duda natural que podría surgir en mentes incrédulas es evidente: si ya se sabía que la iniciativa no pasaría ¿para qué presentarla? Pero esa pregunta revela una comprensión muy limitada de una nueva filosofía política que está gestándose desde la Presidencia, un nuevo credo político. Algo así como el pensamiento positivo, pero en versión legislativa.

El principio es sencillo, el fracaso no es fracaso si uno ya sabía que iba a fracasar; la derrota, en realidad, sólo existe en la mente de la oposición. Si la iniciativa no pasa, no es porque el gobierno haya perdido, sino porque el gobierno decidió demostrar que podía perder. Fue una especie de prueba donde se envían reformas no para ganarlas, sino para confirmar que se tenía razón.

Esta filosofía revolucionaria es tan poderosa que incluso podría trascender el Congreso. Si, por ejemplo, la Selección Nacional mexicana quedara eliminada en octavos de final durante el próximo Mundial, el director técnico podría explicar que no se trata de una eliminación, sino de una estrategia cuidadosamente planeada. El equipo ya sabía que no iba a llegar a la final; su misión era presentarse a jugar y lo logró.

Por lo pronto, la reforma electoral naufragó en el Congreso, pero el episodio dejó otras enseñanzas de superación personal, donde los aliados se convirtieron en maestros inesperados del crecimiento interior.

Durante años, el Partido Verde y el del Trabajo habían acompañado disciplinadamente las iniciativas del oficialismo. Esta vez decidieron votar distinto, dándose cuenta de que si podían alzar la mano, también podían bajarla. Se dijeron mutuamente que los verdaderos amigos no siempre dicen que sí; fue algo así como una especie de independencia emocional legislativa. Por supuesto, hasta que la diplomacia de los dineros los ilumine nuevamente.

Sin embargo, la filosofía presidencial no se detiene en redefinir la derrota. La 4T, desde tiempos de Andrés Manuel López Obrador, ha demostrado una capacidad de resiliencia con el alfabeto completo, si el plan A no prospera, siempre existirá un plan B y si éste se complica, quedan muchas letras disponibles. Da escalofrío pensar que en alguna oficina de Palacio Nacional hay un archivero con carpetas de la A a la Z, por cada tropiezo futuro.

La reforma electoral acaba de entrar justo de camino interior. Ahora vendrá un nuevo intento que se enfoca en congresos locales, cabildos municipales, presupuesto a los partidos. Fue notable la velocidad entre la derrota que no fue derrota y la presentación del plan B. No dejaron que la oposición y aliados celebraran como se debe. Si el duelo tiene cinco etapas, negación, ira, negociación, depresión y aceptación, la nueva corriente de autoayuda de la Presidencia descubrió cómo saltárselas y darle la vuelta.

Claro que, como toda doctrina emergente, se tiene un lado oscuro y en ésta es la soberbia. Hace falta una dosis considerable de arrogancia para perder una votación, declarar que no fue así, regañar a los que votaron en contra y salir al día siguiente con una nueva propuesta.