Acordeones para el desastre
Este 1 de junio, México vivirá su primera elección judicial, esa clase de hazaña que empieza mal, sigue peor y remata este domingo. Lo que comenzó como una “gran reforma para democratizar la justicia” terminó convertido en un ejercicio nacional de confusión, ...
Este 1 de junio, México vivirá su primera elección judicial, esa clase de hazaña que empieza mal, sigue peor y remata este domingo. Lo que comenzó como una “gran reforma para democratizar la justicia” terminó convertido en un ejercicio nacional de confusión, cinismo y acordeones.
Esta reforma fue producto de una mente rencorosa con mayoría legislativa que decidió que los ministros, magistrados y jueces debían ser electos por voto popular, pero sin explicar cómo, con qué criterios ni bajo qué garantías. A la gente no se le dijo ni qué hace un juez de distrito, un magistrado o un ministro, pero eso sí, hoy se les envía a las urnas con boletas multicolor.
Entre los miles de candidatos registrados para ocupar alguno de los 881 cargos judiciales federales, se apuntó de todo: desde académicos serios hasta exfuncionarios cuestionados, ministras acusadas de plagio y/o ignorancia y personajes con oscuros vínculos. Cuando comenzaron a salir nombres que olían a pólvora y peligro (abogadas del narco, operadores políticos, acusados de acoso, etcétera) todos se lavaron las manos y resultó que nadie los había propuesto, nadie los había evaluado y nadie los conocía, pero hoy están en las boletas.
Las campañas fueron un espectáculo penoso. Aspirantes vendiendo justicia como si fuera gel antibacterial en pandemia, comparándose con un chicharrón o recurriendo al baile como último recurso de credibilidad. Todo sin reglas claras, sin control y con menos presupuesto que una tanda vecinal.
Los escándalos fueron presentándose y el INE respondió como lo ha hecho en los últimos años con llamados tan tibios que hacen que un té de manzanilla parezca un espresso doble. Cuando se detectaron los famosos acordeones, su presidenta Guadalupe Taddei aseguró con solemne burocratismo que inducir el voto con acordeones es “tan delito como invitar a no votar”. Es decir, lo mismo es organizar un fraude en masa que pedirle a la tía que mejor no participe para que no pierda entre 10 y 15 minutos de su valioso domingo. Un equilibrio moral tan exquisito como poético.
Eso sí, el INE “confía plenamente en la inteligencia del votante”. Lo que no explica es cómo espera que dicha inteligencia se active frente a boletas con tantos nombres que parece guía telefónica y con candidatos que nadie conoce. Una cosa es confiar, y otra es dejar a la ciudadanía sin brújula en un laberinto jurídico lleno de tecnicismos.
Por si todo esto no fuera suficiente, los votos no serán contados por ciudadanos funcionarios de casilla —lo que daba toda la credibilidad a los procesos electorales— sino por autoridades del INE que, además, tardarán hasta 10 días en contar debido a la alta complejidad de las boletas.
La elección de hoy es el cierre de una obra escrita por Andrés Manuel López Obrador, fue su último gran capricho, un sistema de jueces electos sin garantías de independencia, sin formación judicial obligatoria y, en varios casos, sin idea de lo que hace un juzgado. Si algo define esta elección es el caos institucional, impreso en formato de acordeón. Eso sin contar los miles de millones de pesos que costó esta farsa a la que quieren disfrazar de voluntad del pueblo.
El resultado será un Poder Judicial más débil, más politizado y sometido. No porque así lo quiera la gente, sino porque así se diseñó desde el poder. El problema no es sólo lo que pase este domingo, sino lo que viene después, una incertidumbre creciente para las personas y también para las inversiones. Con la economía como está, frágil, global, alérgica a la improvisación, el horno que nunca estuvo para bollos hoy está a punto de provocar un incendio mayúsculo. Esto no detuvo a Morena ni a la presidenta.
