Tomás Moro, el escritor, pensador, político y teólogo inglés, publicó en 1516 su célebre libro Utopía. De entonces a ahora, el término fijó su significado en el uso corriente para nombrar un lugar ideal donde todo funciona a la perfección; sin embargo, Tomás inventó ese título con una intención que se aclara al conocer su etimología. La palabra surge de la unión de las palabras griegas: ou, que significa no; y topos, que significa lugar, de manera que utopía significa en verdad: “lugar que no existe”. Todavía más, para avisar al lector que se enfrentaba a una ironía crítica, y no a un programa político, nombró Amaurota a la ciudad capital de la isla Utopía, siendo que amauros, en griego, es algo oscuro o difícil de ver, traduciéndose por lo tanto como: “ciudad invisible”. Al río principal lo llamó Anhidro, que significa “sin agua”; y al cargo de gobernante supremo le atribuyó el nombre de Ademus, “sin pueblo”. Y por si a alguien todavía pudiera quedar alguna duda, bautizó al personaje que tiene la tarea de describirnos la isla de Utopía como Rafael Hitlodeo, cuyo apellido deriva del griego hýthlos, o charlatanería, admitiendo la traducción de: “divulgador de disparates”.
El intento de rebautizar el Golfo de México como Golfo de América y la decisión de renombrar la Noche Triste como Noche Victoriosa, la calzada Puente de Alvarado como México-Tenochtitlan o proponer que el Paso de Cortés sea el Paso de los Pueblos Indígenas, puede que compartan una misma esencia: la pugna por el pasado y por cómo ha de contarlo la historia en el futuro. A primera vista, los renombramientos podrían parecer inocuos, pero en un caso presiona hacia la apropiación y en los otros podría acercarnos sin querer a una sociedad que no integre sus partes, que separe su relato oficial de su experiencia real y que se viva dividida contra sí misma. Los mexicanos no somos españoles, es obvio, pero resulta que tampoco exclusivamente indígenas (según el Censo de Población y Vivienda del Inegi, sólo 19.4% se autoidentifica como tal, apenas 9.5% vive en un hogar indígena y únicamente 6.1% habla una lengua indígena). Si resultara que México no es la continuidad intacta de México-Tenochtitlan, aunque tampoco una creación española sin raíces indígenas, sino la transculturización de ambas, sería muy improbable que las sustituciones de nombres compartidos por identidades exclusivistas contribuyan a encontrar una identidad positiva integradora que abarque a todos los mexicanos. De hecho, lo más probable es que estas acciones nos estanquen en una fase de identificación negativa: reconocernos por lo que no somos, en vez de construir el discurso de lo que somos.
En este sentido, circula en redes una representación fantástica de un México mexica moderno, con Tenochtitlan intacta, pirámides junto a rascacielos, canales, náhuatl vivo y tecnología contemporánea. Es fundamental reconocer que se trata de una ucronía. A partir de las etimologías utilizadas por Moro, un filósofo del siglo XIX, Charles Renouvier, acuñó el término como contrapartida histórica de “utopía”, tomando el mismo prefijo de negación, pero cambiando el lexema topos por chronos, que significa tiempo, lo que nos dio el concepto de ucronía. Si Utopía es el lugar que no existe, ucronía es la situación temporal que no existió, es decir, lo que ya no sucedió.
HUMOR
Otro autor que disfrutaba bromeando con las palabras fue el filósofo, y también teólogo, Erasmo de Rotterdam. Erasmo dedicó a Tomás Moro su libro Elogio de la locura (Encomium Moriae) mediante un juego de palabras: moria significa “locura” en griego, pero Moriae se lee como “de Moro”, con ello dedicó a su irónico amigo un elogio igualmente irónico de la locura.
