La final de la Copa del Mundo FIFA de Qatar 2022 ha sido el evento deportivo más visto en la historia de la humanidad. En comparación, la audiencia que presenció el Super Bowl número LIX de 2025, el más visto hasta ahora, representa apenas 9%, y la audiencia que siguió la inauguración de los Juegos Olímpicos de París en 2024, 12%. El futbol no es la justa deportiva más antigua ni la más costosa de organizar, ésos son los Juegos Olímpicos; tampoco es la que tiene la franja publicitaria más cara, ésa es la característica distintiva del Super Bowl, pero sí es el evento que a más seres humanos de distintas culturas concentra de manera simultánea. Puede ser que esto se deba a que, en un tiempo que caduca demasiado pronto (como la vida), se condensa lo típicamente humano: el error y la jugada que parece un milagro, la impotencia y la realización, el coraje y el júbilo, lo posible y lo irremediable. Estudios antropológicos y sociológicos han buscado desentrañar la fascinación que causa. Algunos lo atribuyen a la sencillez de su objetivo central: dos equipos que alternativamente intentan avanzar un balón hasta introducirlo en la portería rival, al tiempo que salvaguardan la propia. Otros estudiosos han considerado que su éxito se debe a que es una competencia simbólica-deportiva, en la que se descarga la tensión de la competencia real-social. Incluso se ha llegado a hablar de “sublimación” psicoanalítica a través de enfrentamientos alegóricos entre “clanes” que defienden colores, emblemas y territorios; en otras palabras, que puede llegar a ser un conveniente sucedáneo de la guerra y una sana manifestación representativa de pulsiones animales. Sea como fuere, si el futbol cumple su objetivo real, para cuando un árbitro pita el final desconocidos se han abrazado como hermanos y queda la sensación de haber pasado un tiempo menos solos en el mundo.
Tarde o temprano, los aficionados al futbol solemos hacer dos cosas: calcular nuestra vida en Mundiales y preguntarnos si las ocasiones serán suficientes para ver a nuestro equipo campeón. Para mí, Argentina 78 llegó demasiado temprano y le siguió España 82, en el cual México no participó. Fue un miércoles de junio de 1986 cuando atestigüé por primera vez un partido mundialista de mi selección. Entre matemáticas e inglés, la profesora de español entró penosamente al aula cargando una pesada televisión de bulbos en la que sintonizó a México contra Bélgica (2-1). Conservo en la memoria los gritos de júbilo y asombro de aquel entonces por el gol que un tal Manuel Negrete le anotó a Bulgaria. A estos recuerdos le siguieron, más nítidos, los de los Mundiales subsecuentes, como salir a la calle a gritar que Jorge Campos le había atajado un penal decisivo a Stoichkov (1994); la remontada ante Bélgica (1998); Borgetti anotándole de cabeza ni más ni menos que al incombustible Buffon (2002), un infausto golazo de volea (2006); haber vencido al postrero campeón del mundo (2010); ¡no, señor, “no era penal”! (2014); el contragolpe perfecto, culminado por Hirving Lozano (2018); y otro golazo, esta vez fausto, de Luis Chávez (2022). Ahora estamos cerca de un nuevo Mundial y, considerando las circunstancias, decir que al mundo le podría venir bien no está de más. Por mi parte, calculo unas siete, quizás ocho, oportunidades para tener la fortuna de ver a mi representativo ser campeón.
AFICIÓN
Estudios etnográficos distinguen tres tipos de adeptos al futbol: los espectadores, los cuales disfrutan el mero espectáculo deportivo; los aficionados, que padecen la competencia como un jugador más; y los fanáticos, quienes acaban por estar más interesados en animar la tribuna que en el propio juego.
