La semana pasada releí la obra: Le roi se meurt, del representante franco-rumano del teatro del absurdo, Eugène Ionesco. Además de seguir creyendo que es excelsa, conforme avanzo en edad su lectura comienza a parecerme cada vez más imprescindible. En ella se tratan, metafóricamente, algunos aspectos a los que indefectiblemente nos enfrentaremos cuando nos llegue nuestro turno de morir (a menos de que, antes, el transhumanismo nos ofrezca la inmortalidad cibernética y nosotros la aceptemos). Particularmente, son interesantes los personajes de las dos esposas del rey: la joven María y la madura Margarita. La primera representa las pasiones de rey; la segunda, su razón. Esta vez he caído en la cuenta de que María abandona definitivamente el escenario suficiente tiempo antes del desenlace final del rey, dejándolo solo con Margarita. Una secuencia, sin duda, premeditada por el autor. Si bien las pasiones son generalmente las que nos motivan, también generan apego y hay circunstancias en las que esto nos puede llevar a extraviarnos. Cuando toca resignarnos a soltar, es cuando conviene renunciar a ellas y confiar en la reposada, calculadora, fría y más atinada razón.
En la Grecia antigua se creía que, estando próximos a expirar el último soplo de aliento vital, con el cual el alma abandonaba el cuerpo, los seres humanos podían acceder a verdades profundas y hasta proféticas (mánticas), justo antes de morir. Dicha intuición popular halló eco en grandes pensadores. De Platón a Spinoza, pasando por san Agustín, Tomás de Aquino y Blaise Pascal, sólo por mencionar algunos, encontramos la idea de que, a medida que el ser humano madura y las pasiones se apaciguan, es más probable llegar a descubrir grandes verdades, no por miedo a la muerte, sino porque tenemos el pensamiento más tranquilo y claro, libre del ruido pasional.
Con lo anterior en mente, recordé el reciente deceso de dos reconocidos actores, quienes, antes de partir, dejaron una última reflexión grabada. En su mensaje, James Van der Beek (Dawson’s Creek), quien falleció hace un par de semanas, el 11 de febrero, compartió que al verse obligado a “mirar a los ojos su propia muerte”, tuvo que cuestionarse quién era. Primero, se respondió: un actor, un padre, un esposo, etcétera, pero eventualmente, según dijo, alcanzó la conciencia de que sencillamente era un ser digno de amor, por el sólo hecho de existir. Por su parte, Eric Dane (Grey’s Anatomy), dejó un mensaje dedicado a sus dos hijas, con cuatro consejos. El primero, que vivieran el presente; el segundo, que se enamoraran, de alguien y de algo; el tercero, que buscaran amigos y se dejaran encontrar por ellos, entregándose por completo a la amistad; y el último, que lucharan por su vida “con cada onza de su ser y con dignidad”. Ambos actores aseguraron sentirse profundamente agradecidos por haber existido.
En todo esto, pareciera ser que al final de nuestra existencia hay un patrón de pensamiento generalizado e independiente de las circunstancias. Por ejemplo, el músico Ozzy Osbourne, antes de fallecer, declaró que había tenido una “vida estupenda”, sin importarle el haber estado aquejado por una enfermedad degenerativa, y Stephen Hawking, el destacado físico, antes de morir aseguró haber llegado a la conclusión de que no hay paraíso ni vida después de la muerte y, sin embargo, a pesar de su enfermedad motoneural degenerativa y progresiva que, como es sabido, lo postró en una silla de ruedas, paralizándolo y dejándolo sin voz, aseguró sentirse “extremadamente agradecido”.
Corolario
De lo anterior se concluye que, al final, lo más sabio y quizá lo único que nos queda es satisfacer esa célebre sentencia popular que aconseja: “No llores porque se terminó; sonríe porque ocurrió”.
