El espectáculo entre el miedo, la polémica y los fracasos televisivos

La caída de El Mencho causó que varios espectáculos fueran suspendidos en Jalisco, mientras que dos programas lucen algo perdidos

Gustavo A Infante

Gustavo A Infante

Última palabra

México vive momentos complejos, tensos y profundamente contradictorios. Mientras, por un lado, el entretenimiento intenta seguir adelante —porque la gente necesita distraerse, cantar, reír y olvidar, aunque sea un par de horas, la realidad—, por el otro la inseguridad vuelve a golpear directamente a una industria que genera miles de empleos y mueve millones de pesos cada fin de semana. Y esta vez el impacto no es menor.

La detención de Nemesio Oseguera

Cervantes, mejor conocido como El Mencho o

El señor de los gallos, presunto líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, no sólo sacudió al ámbito político y de seguridad del país; también provocó un efecto dominó que alcanzó de lleno al mundo del espectáculo.

 

CUANDO LA REALIDAD CANCELA EL SHOW

Durante años, la figura del llamado Mencho fue convertida en personaje casi mítico dentro de ciertos sectores musicales. Corridos, canciones y referencias indirectas lo colocaron como protagonista de una narrativa que mezclaba ficción, admiración y miedo. Hoy, tras su captura, la realidad volvió a imponerse con crudeza.

Los operativos y reacomodos de seguridad comenzaron en Jalisco y rápidamente se extendieron a Michoacán, Guanajuato, Colima, Nayarit, Zacatecas e incluso zonas del Estado de México. Carreteras vigiladas, municipios en alerta y, sobre todo, una sensación generalizada de incertidumbre.

¿Y qué pasa cuando hay miedo? La gente deja de salir.

Los conciertos empiezan a cancelarse.

Los empresarios se paralizan.

Y los artistas pagan las consecuencias.

El primero en hablar públicamente fue Pancho Barraza, quien confirmó la cancelación de varias fechas de su gira debido a las condiciones de seguridad. Pero no nos engañemos: esto apenas empieza. Detrás vendrán decenas de suspensiones más que quizá no se anuncien con tanta claridad, pero que ya están ocurriendo.

Cada concierto cancelado no sólo afecta al cantante.

Impacta a técnicos, músicos, staff, transportistas, vendedores ambulantes, personal de seguridad, hoteles, restaurantes y toda una cadena económica que depende del entretenimiento en vivo.

Miles de empleos temporales desaparecen de un día para otro.

Mientras tanto, el público —con justa razón— piensa dos veces antes de asistir a un espectáculo masivo. Nadie quiere quedar atrapado en medio de una situación violenta cuando lo único que buscaba era pasarla bien.

Y aquí viene la reflexión incómoda: durante años se romantizó una realidad que hoy termina afectando precisamente a quienes viven del espectáculo. La música no crea la violencia, pero tampoco puede fingir que vive aislada de ella.

 

UN TEMA DELICADÍSIMO: JULIÁN FIGUEROA Y LAS DECLARACIONES CRUZADAS

Si el país vive momentos tensos, el mundo del espectáculo tampoco está libre de polémicas profundas y dolorosas. El tema de la muerte de Julián Figueroa —que en paz descanse— volvió a encenderse tras declaraciones que, francamente, debieron manejarse con mucho más cuidado.

Todo comenzó cuando trascendió que alguien habría señalado que el implante de naltrexona que utilizó el hijo de Maribel Guardia no habría servido de nada. La reacción no se hizo esperar.

Julio César Chávez —una leyenda del boxeo, sin duda alguna— se molestó con la prensa y decidió, junto con Maribel, responder mediante una entrevista improvisada. Y aquí es donde, desde mi punto de vista, empieza el problema.

Ni Maribel Guardia es entrevistadora ni Julio César Chávez es especialista médico en adicciones.

Sí, Chávez tiene centros de rehabilitación y una historia personal admirable de recuperación, pero eso no lo convierte automáticamente en autoridad científica para debatir tratamientos médicos específicos frente a la opinión pública.

El tema es extremadamente delicado porque involucra dolor, duelo y salud mental. Y cuando se habla sin precisión, se corre el riesgo de generar desinformación.

Por su parte, Imelda Garza Tuñón declaró que su esposo había dejado la terapia posterior al implante y que, desde su perspectiva, eso influyó en el desenlace. No afirmó categóricamente que el implante lo hubiera matado, pero la interpretación pública convirtió el asunto en una batalla mediática.

Aquí nadie gana.

Ni la familia ni la memoria de Julián ni el público que observa una discusión profundamente sensible convertida en espectáculo.

Lo responsable habría sido permitir que especialistas médicos hablaran, no figuras públicas tratando de “curarse en salud” frente a la opinión pública. Porque cuando el dolor se mezcla con cámaras y micrófonos, el resultado casi siempre termina siendo confusión.

 

LA TELEVISIÓN TAMBIÉN SABE FRACASAR

Y mientras todo esto ocurre, la televisión abierta sigue intentando encontrar fórmulas para recuperar audiencia… con resultados muy disparejos.

Para mi gusto —y lo digo con todas sus letras— el programa ¿Apostarías por mí? ha resultado un fracaso rotundo.

Los números no mienten.

Cada domingo, su rival directo, Exatlón, lo supera aproximadamente por medio millón de espectadores. Y eso que Exatlón, siendo honestos, parece repetir las mismas dinámicas desde hace años: circuitos similares, competencias previsibles y una fórmula prácticamente intacta desde hace dos décadas.

Pero, aun así, gana.

¿La razón? Porque al menos tiene identidad, ritmo y claridad en lo que ofrece.

En cambio, ¿Apostarías por mí? luce perdido entre conceptos, sin emoción real y sin generar conexión con la audiencia. La televisión actual ya no perdona la improvisación ni los proyectos mal aterrizados. El público tiene demasiadas opciones: streaming, redes sociales, plataformas digitales… y si algo no engancha en los primeros minutos, simplemente cambia de canal.

Así de simple.

Hoy la televisión enfrenta una verdad brutal: ya no basta con producir un programa; hay que hacerlo bien desde el origen. Las audiencias son más exigentes que nunca y detectan inmediatamente cuando un formato nace sin rumbo claro.

 

ENTRETENIMIENTO EN TIEMPOS INCIERTOS

Lo que estamos viendo es un retrato del momento que vive México: inseguridad que impacta espectáculos, debates mediáticos que cruzan líneas sensibles y una televisión que lucha por sobrevivir en medio de cambios vertiginosos.

El entretenimiento siempre ha sido un reflejo del país. Cuando la sociedad está tranquila, florecen los conciertos, las giras y los proyectos televisivos exitosos. Cuando hay miedo, todo se detiene.

Hoy el espectáculo mexicano camina sobre una cuerda floja.

Los artistas quieren trabajar.

Los empresarios quieren invertir.

El público quiere divertirse.

Pero la realidad, una vez más, termina imponiendo sus reglas.

Y mientras no exista certeza para salir a un concierto sin preocupación, mientras los temas delicados sigan discutiéndose más desde la emoción que desde la responsabilidad, y mientras la televisión continúe apostando por ideas débiles, el espectáculo seguirá enfrentando un enemigo silencioso: la desconexión con su audiencia.

Porque, al final del día, el público siempre decide.

Y cuando el público tiene miedo… simplemente deja de asistir, cambia de canal y apaga la pantalla.

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