La hora de la unidad nacional
La Presidenta ya ha escrito páginas relevantes...

Columnista Invitado Nacional
Juan Sabines Guerrero
México conoce las horas decisivas. No son frecuentes. Pero cuando llegan, la historia exige grandeza.
El 1 de junio de 1942, en Palacio Nacional, el presidente Manuel Ávila Camacho convocó al Día de la Unidad Nacional. El país atravesaba un momento excepcional. No era tiempo de disputas menores. Era tiempo de cerrar filas.
Y ahí estuvieron los expresidentes Lázaro Cárdenas, Plutarco Elías Calles, Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez. Cárdenas saludó a Calles. El gesto no fue trivial. Las diferencias entre ambos eran hondas, públicas, históricas. Pero ese día comprendieron que la nación estaba por encima de cualquier desencuentro.
No pensaban igual. No representaban las mismas corrientes. No compartían el mismo proyecto de país.
Pero compartían algo superior: la convicción de que México debía permanecer unido.
Ávila Camacho no pidió uniformidad. Pidió unidad. Y esa fue la lección de aquella generación: entender que hay momentos en que la pluralidad no desaparece, pero se ordena alrededor de la República.
Hoy vivimos otra hora de excepción. No comparable en naturaleza ni en circunstancias. La historia no se repite. Se transforma. Pero la exigencia moral permanece.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha asumido una decisión firme frente al crimen organizado. Un golpe profundo contra una estructura que durante décadas sembró miedo y violencia en vastas regiones del país.
No es un episodio más. Es un parteaguas.
Respaldar esa decisión no es un acto partidista. Es un acto de Estado.
Por eso sorprende que no veamos hoy un gesto semejante al de 1942. No vemos a los expresidentes cerrando filas. No vemos la señal clara de que, más allá de diferencias ideológicas o personales, hay causas que obligan a elevar la mirada.
La crítica es necesaria en la democracia. La discrepancia fortalece. Pero el exabrupto y la descalificación en el momento en que el Estado actúa con determinación no abonan a la cohesión nacional. En 1942 nadie renunció a su pensamiento. Nadie abdicó sus convicciones. Simplemente entendieron que, como dijo Guerrero, la patria es primero.
Hoy el desafío es distinto. No es una confrontación exterior. Es la reafirmación interna de la autoridad del Estado frente a quienes quisieron sustituir la ley por la violencia. Precisamente por eso exige cohesión moral.
Y si algunas voces institucionales han optado por el silencio o la estridencia, el pueblo ha mostrado claridad. Los ciudadanos de a pie, las familias que cada día trabajan y sostienen el país, han entendido el significado del momento. Se han unido en torno a la Presidenta porque reconocen en esta decisión una acción histórica en favor de la paz.
La ciudadanía respalda cuando el Estado actúa para recuperar la tranquilidad y garantizar la seguridad. Es tiempo de unidad nacional. No para cancelar el debate. No para uniformar conciencias. Sino para recordar que la paz es condición de toda libertad.
México ha superado pruebas severas cuando sus liderazgos han sabido estar a la altura. La presidenta Claudia Sheinbaum ha dado un paso que exige carácter. El Ejército ha cumplido con su deber constitucional. Corresponde ahora a la clase política demostrar que entiende la dimensión del momento.
La Presidenta ya ha escrito páginas relevantes en la historia pública del país. Ésta es una más. Una que quedará registrada como una decisión de firmeza en una hora compleja. Mi admiración y mi convicción nacen de esa certeza.
Lo escribo como ciudadano. Desde la libertad de quien no ocupa cargo alguno, pero sí asume responsabilidad cívica.
La historia no concede muchas oportunidades de grandeza. Cuando lo hace, distingue con claridad.
México no necesita estridencias, necesita cohesión. No necesita cálculo, necesita estatura.
Como aquel 1 de junio de 1942, la patria no pide unanimidad; pide unidad.
Y la unidad, en tiempos de excepción, es el acto más alto de responsabilidad nacional.