Boxeo de sombra

Silvano Espíndola

Silvano Espíndola

Ornitorrinco

El 12 de octubre de 1492, la expedición de Cristóbal Colón llegó al continente americano e inició un proceso de conquista y colonización que transformó la vida de los pueblos originarios. El término Día de la Raza fue acuñado por el español Faustino Rodríguez-San Pedro en 1913. Como se puede percibir en el célebre ensayo de José Vasconcelos: La raza cósmica (1925), en aquel tiempo “raza” no era solo una categoría biológica, sino que mezclaba los conceptos de ascendencia, lengua, cultura e identidad. Lo que pretendía ensalzar el concepto era la existencia de una comunidad en el mundo, hermanada por su historia y lengua. La celebración conservó ese nombre hasta hace seis años, cuando el Congreso cambió su denominación por Día de la Nación Pluricultural. La intención parece loable, pero quizá quepa preguntarse si en estos tiempos no sería más conveniente mantener el foco en la comunidad, es decir, en lo que nos une, que en la pluralidad, o sea, en lo que nos diferencia.

El cuestionamiento del nombre de la celebración del 12 de octubre podría estar fundamentado en ideas tergiversadas. Se suele decir que con la anterior denominación del festejo, si bien se hablaba de una comunidad, ésta se concebía en términos jerárquicos de una nación civilizadora (los españoles), frente a los pueblos americanos (los indígenas), y que esto ocultaba la violencia de la conquista. Con el cambio publicado en el Diario Oficial de la Federación el 18 de diciembre de 2020, se supone que la nación ya no se narra como unidad racial idealizada, pero esto es por lo menos cuestionable, debido a que nos autodenominamos mexicanos. Nuestro gentilicio deriva de México Tenochtitlan, la capital de los mexicas. Sin embargo, los mexicanos de hoy no somos mexicas. Los mexicas fueron un pueblo específico cuyo poder imperial terminó con la caída de Tenochtitlan en 1521. Si nos llamamos así es porque ése era el nombre náhuatl de la ciudad-isla donde vivían los mexicas y porque en algún punto tomamos la decisión histórica de adoptar sus símbolos y mitos para identificarnos, por encima de los mayas, purépechas, zapotecas, mixtecas, totonacas o tarahumaras, entre muchos otros. En pocas palabras, nuestro propio gentilicio es una idealización que no pocas veces nos lleva a nosotros mismos a confundirnos con los mexicas.

No comprender lo anterior pudo habernos llevado a un malentendido que hoy está en boga. Por ejemplo, en torno a estas fechas, el novelista español Arturo Pérez-Reverte suele recordar en sus redes sociales que en una ocasión un periodista mexicano le preguntó si no tenía remordimientos por ser español y genocida, porque, según le dijo: “Ustedes vinieron a América a violar a mujeres y destruir nuestra civilización”. El novelista cuenta que le preguntó al reportero cómo se apellidaba. Le contestó que Sánchez. Entonces él le aclaró que sus abuelos nunca vinieron a América, como sí lo hizo, por lo visto, el abuelo del periodista, así que le sugirió: “Pídale cuentas a su abuelo genocida, no a mí”. Estos reproches no tendrían lugar si distinguiéramos que ni los españoles actuales son los conquistadores ni nosotros los conquistados. Posiblemente la identificación automática con los vencidos nos esté llevando a hacer una especie de “boxeo de sombra” contra un enemigo inexistente, ¡o peor!, contra nosotros mismos, si al final resulta que somos un pueblo mayoritariamente mestizo.

TREGUA

Con su alrededor de 2 mil 600 nahuatlismos registrados en el español de México, la lengua española es una buena metáfora de los mexicanos. Y la declaración de la líder indígena y ganadora del premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú de que “el español es una lengua que nos une a todos”, quizás contenga una moraleja.

Temas: